El domingo 22 de febrero se dieron hechos violentos en Jalisco y en distintos estados del país, luego del intento de captura y que derivó en la muerte del líder del Cártel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Rubén Oseguera, mejor conocido como “El Mencho”. En más de dos décadas de la llamada “guerra contra el narcotráfico”, México ha visto múltiples capturas y “abatimientos” (es decir, el fallecimiento durante en el intento de captura) de líderes de cárteles. Cada operativo es presentado como una victoria estratégica, como un golpe decisivo contra el crimen organizado. Sin embargo, la pregunta fundamental sigue vigente: ¿En realidad la captura o muerte de un gran capo en el pasado ha significado el fin de la violencia?
La evidencia empírica disponible sugiere que, lejos de resolver el problema, estas acciones frecuentemente lo reconfiguran (o hasta lo empeoran). Estudios académicos con datos a nivel municipal han encontrado que la captura o eliminación de líderes criminales suele estar asociada con aumentos en los homicidios en los territorios donde operan. La razón es relativamente clara: la desaparición de una figura dominante puede generar disputas sucesorias, fragmentación interna y conflictos entre facciones rivales que buscan controlar mercados altamente lucrativos. Es decir, el problema no desaparece, sino que se fragmenta.
Este fenómeno ha sido observado de forma consistente en distintos momentos de la historia reciente. El abatimiento de Nacho Coronel en 2010, la recaptura de Joaquín “El Chapo” Guzmán en 2016 o la captura del Mayo Zambada en 2024, no implicó el fin del Cártel de Sinaloa. Por el contrario, el grupo continuó operando bajo nuevos liderazgos y, en otros casos, desatando cruentas luchas entre las distintas facciones por ocupar el poder.
Lo mismo ha ocurrido con otras organizaciones criminales, donde los llamados “golpes decapitadores” han derivado en reorganizaciones violentas, más que en su desaparición. De hecho, según algunos análisis, difíciles de confirmar, el origen del Cártel Jalisco Nueva Generación se asocia con la muerte de Nacho Coronel hace 16 años, a manos del Ejército Mexicano.
Esto ocurre porque el centro del problema no es la existencia de un líder individual, sino la persistencia de mercados ilegales extremadamente rentables. Mientras existan estas ganancias potenciales, siempre habrá incentivos para que nuevos actores intenten capturarlas. La eliminación de un líder no elimina el mercado. Solo libera el espacio para que otros compitan por ocuparlo.
En este contexto, resulta insuficiente reducir la discusión a explicaciones simplistas o reduccionistas, como la idea de que “la causa principal del crimen es la pobreza”. Esta narrativa, ampliamente difundida, no solo es incompleta, sino que puede reforzar estigmas sociales que asocia pobreza con criminalidad. La evidencia muestra que el crimen organizado es, ante todo, una estructura económica compleja, sostenida por mercados ilegales con altos niveles de rentabilidad y baja regulación estatal. No depende de la simple existencia de población con altas carencias sociales.
Por eso, una estrategia centrada exclusivamente en la captura o eliminación de líderes difícilmente puede producir una pacificación sostenida. Sin una política integral que reduzca las rentas de los mercados ilegales, fortalezca las capacidades institucionales del Estado y abra una discusión seria sobre alternativas regulatorias y estrategias de pacificación (y no de guerra), los supuestos “éxitos” por la eliminación de líderes de cárteles, en realidad podrían traducirse en consecuencias aún más graves para la ciudadanía.
Combatir el poder de los cárteles criminales requiere más que operativos espectaculares que van por sus líderes y ocupan las primeras planas de los periódicos y noticieros mundiales. Requiere transformar las condiciones estructurales que hacen rentable sus actividades, así como estrategias de paz. Porque si algo ha demostrado la experiencia reciente es que “eliminar la cabeza” de organizaciones criminales no necesariamente desmantela el crimen organizado, sino que, con frecuencia, solo lo reorganiza. De ahí que, en el caso jalisciense, desgraciadamente, se pueda esperar un agravamiento de hechos violentos para semanas o meses próximos. Esperemos que éste no sea el caso.

