La guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán se transformó con rapidez en un conflicto de múltiples frentes que ya incluso rebasa al Medio Oriente. Estamos de lleno ante uno de los escenarios que aquí mismo analizamos hace pocas semanas, cuando advertíamos no solo sobre los riesgos, sino sobre cómo, en determinadas coyunturas, los planes y proyecciones pueden salirse de control según la forma en que los distintos actores reaccionan. El punto central es que las definiciones de victoria o derrota varían dependiendo del actor del que estemos hablando y, por lo tanto, la decisión de detener las hostilidades no se juega en un solo plano, sino en varios al mismo tiempo. Aun así, el mando efectivo de lo que estamos viendo, y, por ende, la decisión sobre cuándo parar, parece seguir concentrado en una sola persona: Donald Trump. Esto ocurre en un momento en el que ese presidente percibe que no existen contrapesos internos ni externos suficientemente fuertes como para impedirle implementar su visión del mundo y del papel que, a su juicio, debe desempeñar el país que dirige. Así, incluso si hay actores tanto dentro de EU como fuera de ese país —Israel incluido— cuyos intereses hoy se encuentran alineados con cada paso que Trump está dando, al final del camino es él quien tiene la última palabra respecto a los alcances y la duración de las operaciones, en función de cómo entienda una victoria que pueda presentar como tal. Por ello, y quizá como nunca antes, el análisis tiene que realizarse en múltiples capas, comenzando por el propio Trump. A continuación, algunos apuntes al respecto.

1. Personalidad de Trump. En las últimas semanas, Trump se vio enfrentado a un dilema en el que él mismo terminó por entrampase. Por un lado, y como resultado del empoderamiento que le generó la operación en Venezuela, cuando estallaron las manifestaciones masivas en Irán —las más importantes desde el establecimiento de la República Islámica— Trump amenazó directamente al régimen iraní con atacarlo y hacerle pagar un costo inmenso si el gobierno asesinaba a manifestantes, como lo había hecho en años previos. Declaró que Estados Unidos tenía las armas cargadas y apuntando, y que Washington acudiría al rescate de la sociedad iraní.

Posteriormente, cuando se hizo evidente que efectivamente miles de manifestantes habían muerto, Trump afirmó que la ayuda ya estaba en camino. Esto lo obligó, de manera automática, a cumplir con su palabra empeñada. Para Trump, este no es un asunto menor. Sus tácticas de fuerza y de presión máxima dependen de la credibilidad que logra proyectar. Así como esa credibilidad se había visto fortalecida tras la operación y captura de Maduro, ahora quedaba seriamente en entredicho si incumplía con sus amenazas.

2. Pero, por otro lado, la definición misma de su America First implicaba que no se involucraría en guerras lejanas, ajenas y costosas con fines de cambio de régimen. Este es precisamente el tipo de guerras que él y su base han criticado durante décadas. Ser congruente con esa base y fiel a las ideas que ha sostenido desde su primera campaña en 2016, pasando por sus discursos de 2024 y 2025, habría implicado que Estados Unidos no iniciara nuevas guerras o, al menos, que Washington evitara quedar entrampado en confrontaciones onerosas percibidas por la población como lejanas y no prioritarias. Más aún en un año electoral, en el que para el votante promedio el tema central es el costo de vida, no el involucramiento de su país en una nueva guerra en Medio Oriente.

3. Aun así, el Trump de hoy parece muy distinto al de 2016, e incluso al de 2024. El hecho de gobernar prácticamente sin contrapesos, no solo en el Congreso sino también en su propio gabinete, sumado al despliegue eficaz del poderío estadounidense al servicio de su agenda, ha otorgado un peso mucho mayor a la proyección de fuerza y determinación por parte de Trump. Esto no solo se observa en su propio continente, tras la recuperación de la doctrina Monroe (con su corolario Trump) sino también mucho más allá de éste.

4. Todo ello se combina, por supuesto, con una capa adicional: la situación regional en Medio Oriente. Para entenderla, consideremos tres factores de contexto (aunque hay muchos más):

(a) La rivalidad geopolítica de larga data entre el bloque del islam sunita, liderado por Arabia Saudita, y el bloque chiíta, encabezado por Irán. Incluso pese a los años recientes de distensión que se vivían hasta ahora entre ambos bloques, debe tenerse en cuenta que Irán tejió durante décadas una extensa red de alianzas con actores diversos que amenazaron los intereses del reino saudí y de sus aliados.

(b) La rivalidad regional mayor entre Irán e Israel, que se expresó en varias vertientes: esa misma red de alianzas como factor directo de amenaza contra Jerusalén; la expansión territorial iraní en Siria tras la guerra civil iniciada en 2011; y, sobre todo, el desarrollo del proyecto nuclear iraní en todas sus fases. Esta rivalidad —Israel frente a Irán y su red— se activó de lleno tras los atentados de Hamás y la Jihad Islámica, dos actores centrales del eje proiraní, y los enfrentamientos sostenidos por Israel desde 2023 no solo contra ellos, sino contra el conjunto del entramado regional e incluso contra Irán mismo. El resultado fue el debilitamiento progresivo de toda esa red de alianzas y, por supuesto, del propio Irán y de su proyecto nuclear. Para esto último, Washington también bombardeó las instalaciones nucleares en junio pasado.

(c) Lo anterior nos lleva al siguiente elemento: este es el momento de mayor debilidad de la República Islámica de Irán, tanto a nivel externo, por el desgaste y debilitamiento de su eje de alianzas, como a nivel interno, a raíz de las sanciones económicas, el colapso de su moneda y la acumulación de crisis simultáneas: una crisis hídrica, una crisis energética y una profunda crisis de legitimidad interna, evidenciada a inicios de este año con las protestas masivas más importantes de las que se tenga registro.

5. Estos factores de contexto, por supuesto, ofrecían la ventana perfecta para que Trump, asistido por Israel, cumpliera con la palabra que había empeñado a favor de los manifestantes iraníes.

6. Existe, además —pensando en una capa adicional— una coyuntura global muy particular. Rusia y China, dos actores que no pueden considerarse propiamente aliados de Irán, pero que sí habían venido tejiendo un mayor acercamiento y cierta coordinación con Teherán a partir de intereses y rivales comunes, atraviesan hoy momentos singulares. Rusia, concentrada casi de manera absoluta en su propia guerra en Ucrania, y China, en una fase en la que busca administrar y estabilizar su relación con Washington, no estaban ni están dispuestas a intervenir activamente en una confrontación directa entre Teherán y Estados Unidos. Así lo mostró Moscú cuando permitió el colapso de Assad —no solo el principal aliado regional de Rusia, sino también un socio clave de Irán—y así lo evidenciaron ambos países durante los enfrentamientos previos de Irán con Israel y Estados Unidos en junio del 2025. En ese sentido, esta coyuntura también se abría como una oportunidad para Trump para desplazar los intereses de Moscú y de Beijing en un país tan estratégico como Irán.

7. Dicho lo anterior, es indispensable considerar que, si Trump y Netanyahu definen esta guerra como una guerra para el cambio de régimen en Irán, entonces la victoria solo llegaría cuando ese objetivo se materialice, y no antes. Esto va mucho más allá del asesinato del líder supremo de la revolución, el ayatolá Alí Khamenei. Primero, porque el régimen iraní está construido sobre una arquitectura —no desde ahora, sino desde hace décadas, desde que Teherán fue señalado por Estados Unidos y otros actores como su principal enemigo, como una amenaza existencial y como parte del llamado “Eje del Mal”— diseñada precisamente para sobrevivir. Y segundo, porque desde hace meses, anticipando distintos escenarios, el Ayatola y su círculo más cercano diseñaron líneas de sucesión en varias capas, previendo que uno de los objetivos centrales de Washington e Israel sería la aniquilación del liderazgo iraní. Para el régimen iraní, por tanto, la definición de victoria se reduce a una sola cosa: sobrevivir a la mayor amenaza que ha enfrentado en su historia.

8. Así, el desarrollo de las hostilidades desde el 28 de febrero hasta hoy debe observarse a la luz de todos estos factores. Es en este contexto que el secretario de Defensa/Guerra de EU, Pete Hegseth, sale este lunes a acotar los objetivos estadounidenses. No se trata, nos dice, de un cambio de régimen, sino de eliminar de manera definitiva la capacidad nuclear y de misiles balísticos de Irán, así como su poderío naval.

9. Incluso podría decirse, observando la trayectoria de Trump, que ese presidente quedaría ampliamente satisfecho si logra que el régimen iraní, ofreciéndole el salvavidas de su propia supervivencia, esté dispuesto a negociar y a colaborar con Washington en los rubros que ha señalado: el nuclear, el misilístico, el desplazamiento de Rusia y China, y la apertura de negocios y oportunidades, por ejemplo, en el sector petrolero. En ese sentido, siempre existe la posibilidad de una negociación con la que Trump podría sorprender en cualquier momento.

10. Por ahora, Irán está implementando una estrategia que lleva muchos años de planeación: el despliegue de un conjunto de tácticas de combate asimétrico frente a dos actores muy superiores en términos de poder militar. El objetivo central es elevar el costo del ataque en su contra y generar un desgaste psicológico y político tanto en Trump como en otros actores clave, con el fin de incidir en el cálculo de las operaciones en los días siguientes. Irán ha atacado con misiles balísticos y drones infraestructura militar y civil israelí, pero también instalaciones energéticas, logísticas y militares de varios países aliados de Estados Unidos en toda la región. A ello se suma la declaración del cierre del Estrecho de Ormuz, por donde transita aproximadamente una cuarta parte del petróleo que se comercia a nivel mundial. Todo esto, además de otros actos de sabotaje que pueden esperarse y de una conducta orientada a provocar disrupciones severas en la zona.

11. Lo más importante para Teherán es mostrar que, a pesar de los altísimos costos que están pagando tanto el régimen como el país en su conjunto, existe una determinación clara de prolongar este tipo de operaciones tanto como sea necesario para negar a Estados Unidos e Israel una victoria total.

12. Esto convierte el conflicto no solo en una dinámica de destrucción y daños materiales, sino en una carrera de desgaste. Una competencia sobre quién tiene mayor capacidad de resistir en el tiempo una confrontación como la que estamos presenciando.

13. Ello nos lleva, de manera natural, a preguntarnos por la capacidad de Irán para sostener sus bombardeos con misiles y drones. La respuesta es que no demasiado tiempo al ritmo inicial. Si ese ritmo se sostuviera, estaríamos hablando de días, no de semanas. Por tanto, conforme pasen los días y su arsenal se vaya agotando, es previsible que Teherán tenga que reducir la frecuencia de los ataques. Aun así, su capacidad disruptiva —especialmente si emplea no una sola táctica, sino una combinación de ellas— podría extenderse durante varias semanas.

14. La siguiente pregunta, por supuesto, es hasta cuándo durará la paciencia de Trump antes de declarar una victoria y abrir una ventana para la reanudación de negociaciones con Irán. Hasta ahora, y como parte central de su estrategia, Trump proyecta la intención de que esta guerra dure lo que tenga que durar para alcanzar sus objetivos. Israel, por su parte, aspira a que el conflicto no termine sino hasta eliminar de manera efectiva la capacidad de Irán como amenaza.

15. No obstante, si Irán logra estabilizar sus tácticas de combate, economizar sus proyectiles, obtener victorias psicológicas y simbólicas, y generar efectos políticos —sobre todo en Trump y en la política doméstica estadounidense— podría llegar el momento en que ese presidente, altamente proclive a cerrar acuerdos, lo haga a la primera oportunidad. Pero también es posible que Irán continúe sufriendo golpes contra su liderazgo recientemente reconfigurado, o que sus apuestas se le reviertan al sumar como enemigos a más países dispuestos a devolverle los golpes recibidos, lo que limitaría de manera significativa la duración de su estrategia.

Esta última dimensión de la guerra, la carrera por la resistencia y el desgaste, será la que habrá que monitorear con mayor atención en los días que siguen. Hay por supuesto mucho más que decir, pero lo dejo por ahora hasta acá y seguiremos escribiendo al respecto.

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