Era 2022. Estábamos participando en un foro internacional cuando apareció Zelensky en la pantalla. Ante todos, habló de manera muy emotiva sobre lo que estaba ocurriendo en su país. Pero hubo un momento particular que no se me va de la cabeza. “¿Consejo de Seguridad?”, se preguntó. “¿Consejo de cuál seguridad? ¿La seguridad de quién?”, lanzando una crítica directa al órgano ejecutivo de Naciones Unidas. La audiencia se puso de pie y estalló en aplausos al escuchar esas palabras. Era evidente que existía una opinión mayoritaria, al menos en ese espacio específico, de que la ONU ya no funcionaba para algo tan crucial como frenar la intervención militar de un país sobre otro. Hoy, esa percepción parece incluso más evidente. En Davos, el primer ministro canadiense Mark Carney afirmó que el mundo atraviesa “una ruptura” y no “una transición”, y que el orden internacional basado en normas se está apagando bajo la presión de las grandes potencias. Su discurso, por supuesto, obtuvo un amplio reconocimiento a nivel global. Pero no es la única visión. En entrevista con Foreign Affairs, Alexander Stubb, presidente de Finlandia, plantea una postura distinta. Empezando porque Canadá no forma parte de la Unión Europea, y Finlandia sí, y, por tanto, el mundo se observa de manera diferente cuando se pertenece a una institución internacional que no ha colapsado. No es una ruptura, dice Stubb, sino una transición. Sea como sea, esta discusión debe ponerse sobre la mesa. Comparto siete apuntes al respecto:
1. Primero, cabe preguntarnos si realmente todo el orden multilateral basado en normas y leyes está colapsando, o si existe aún un marco institucional que logra resistir o al menos sobrevivir en medio de las aguas turbulentas actuales. Esto pasa necesariamente por reconocer, dentro de ese sistema complejo, qué es lo que funciona mejor y qué es lo que hoy resulta claramente menos eficaz. Es cierto que algunos de los órganos más importantes de Naciones Unidas han mostrado su inefectividad, no ahora, sino desde hace muchos años. Pero también sería impreciso meter en el mismo paquete a todas las instituciones, a todo el marco legal y al conjunto del sistema internacional.
2. Esto nos lleva, entonces, a plantearnos otras preguntas. Por ejemplo: ¿antes sí funcionaba ese marco institucional y ahora ya no? ¿Qué es lo que ha cambiado? ¿En qué medida podemos identificar un deterioro real en su eficacia? O, más aún, ¿qué hay detrás de que hoy estemos observando es una creciente disposición de cada vez más países a desafiar las normas y los arreglos institucionales que el mundo fue construyendo a lo largo de décadas?
Permítame ilustrarlo con dos ejemplos. En 2003, Estados Unidos buscaba intervenir militarmente en Irak; en 2011, también se planeaba una intervención militar internacional, encabezada por la OTAN, pero en Libia. En ambos casos, Washington trabajó intensamente para obtener el aval del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. En el caso de Libia, sí se consiguió una resolución que autorizaba la operación militar; en el de Irak, la administración Bush nunca logró esa autorización, aunque terminó interviniendo de todas formas. Aun así, en ambos escenarios Naciones Unidas seguía siendo tomada en cuenta: se intentaba explicar el caso, argumentar y justificar la acción.
Eso quedó atrás hace ya muchos años. No solo por lo que está haciendo Trump, sino por múltiples situaciones en distintas regiones del mundo en las que el orden institucional basado en leyes ha sido abiertamente retado. Y entonces, partiendo de que esos órganos multilaterales no están compuestos por actores “externos” al sistema, sino por nosotros mismos —sus Estados miembros—, la pregunta de fondo es clara: si estos deterioros son visibles desde hace 15 o 20 años, ¿qué es lo que no hemos sabido detectar ni corregir?
3. En cambio, si consideramos que aún existen normas e instituciones internacionales que se mantienen vigentes, incluso con sus deficiencias, habría que preguntarse por qué esas sí parecen resistir mejor los embates actuales. ¿Qué es lo que efectivamente ofrecen para generar incentivos suficientes que lleven a los Estados a respetarlas y preservarlas, aun en medio de desacuerdos profundos sobre su funcionamiento y sus resultados?
4. De ahí se desprenden preguntas adicionales sobre cómo incorporamos los cambios en el contexto global que hoy favorecen conductas disruptivas. Es decir, siempre ha existido competencia por territorios y recursos; la diferencia es que ahora el procesamiento de esos recursos ocurre a través de cadenas de suministro complejas y de una segmentación transnacional de los procesos productivos que antes no existía. Esto hace que la competencia —o rivalidad— por materiales críticos, posiciones geográficas estratégicas y cuellos de botella geopolíticos, incentive comportamientos más agresivos por parte de actores que ya no perciben contención ni restricciones claras en el entorno internacional.
5. Para contribuir a la discusión, planteo dos ideas. Primero, entender la paz de manera compleja implica reconocer que ésta no se reduce a la ausencia de violencia. La dimensión positiva de la paz incluye actitudes, instituciones y estructuras que la construyen y la sostienen (IEP, 2025). Dicho de forma simple: un marco institucional que contribuya a la paz es necesario, pero resulta insuficiente si no se atienden los factores y estructuras sistémicas que, según la evidencia, están fuertemente correlacionados con la violencia cuando se descuidan, y que, en cambio, generan condiciones de paz cuando se fortalecen adecuadamente.
Estos factores estructurales —documentados año con año en informes como el Índice Global de Paz, el Reporte de Paz Positiva, el Índice Global del Terrorismo o el Reporte de Riesgo Ecológico— están en el fondo del debate actual. Si las instituciones multilaterales facilitan el diálogo o la negociación para poner “fin” a los conflictos, e incluso despliegan misiones de “mantenimiento de la paz”, pero dejan intactas las estructuras que alimentan los 135 conflictos armados hoy activos en el mundo (IISS, 2025), entonces es el sistema el que está fallando. El diálogo y la negociación son indispensables, pero no bastan. Esto importa porque si el día de mañana tendremos que pensar en un marco institucional más eficaz, este tendrá que orientar su acción de forma integral y colaborativa, entre Estados miembros, hacia esos factores estructurales. Como pista, las desigualdades sociales y económicas, la falta de acceso a derechos políticos y sociales, la corrupción transnacional y el riesgo ambiental, son apenas algunos de esos factores; hay muchos más.
6. Segunda propuesta: partir de entender al mundo como es, y no como quisiéramos que fuera, implica reflexionar a fondo sobre cómo alinear las agendas e intereses de los Estados que conforman el sistema internacional con los incentivos y los resultados, de modo que respetar un orden internacional basado en reglas sea, en el largo plazo, más conveniente que violarlo. Esta lógica parte de reconocer que existen numerosos actores —empresas, gobiernos y organizaciones de distinto tipo— que se benefician de un entorno más pacífico, estable y, por tanto, predecible, frente a otros que obtienen ventajas en contextos más volátiles, conflictivos y difíciles de navegar.
7. Por último, México no está aislado de esta discusión. Somos un país que cree en la solución pacífica de controversias, en la proscripción al uso de la fuerza y en un entorno global basado en el orden multilateral y en las leyes construidas durante décadas. Así, a lo largo de nuestra historia, hemos contribuido de manera firme y activa en la construcción de ese orden legal e institucional que hoy según Carney está en plena ruptura, y según Stubb está en transición. Como resultado, tenemos una amplia experiencia, combinada con la necesidad firme que se requieren para contribuir de manera constructiva con el debate que acá abordo, lo que exige presencia en los espacios internacionales donde se está definiendo esta conversación, un lugar en la mesa de las decisiones y una voz que sea escuchada.
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