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Seis de enero en el Capitolio: el sistema de creencias en la base de la violencia

Mauricio Meschoulam

Lo que ocurre en Estados Unidos obedece a un muy complejo mapa de ideologías y creencias que hoy parecen estar convergiendo en un mismo punto

Antes de que miles de manifestantes, muchos de ellos armados, irrumpieran en el Capitolio y detuvieran las sesiones de certificación de la victoria de Biden, Trump organizó un mitin político a unas cuadras de ahí: “El mitin para salvar a América”, y dijo a sus seguidores que los republicanos estaban siendo demasiado débiles, y que, por tanto, ellos debían luchar “mucho más duro”, contra “gente mala” y “mostrar fuerza” en el Capitolio. “Detendremos el robo de votos”, dijo. Sin embargo, el presidente también agregó que esos manifestantes debían hacer que sus voces fuesen escuchadas “pacíficamente” y “patrióticamente”. ¿Por qué entonces hubo violencia? Entender cómo se compone el complejo grupo de personas que escucha ese mensaje, y cómo éste es interpretado, resulta fundamental.

Por ejemplo, de entre quienes irrumpieron en el Capitolio, hubo gente entrevistada por medios que dijo: “Ya no vamos a bajar la guardia pasivamente, este es nuestro país”. Hubo gente que portaba armas, explosivos o bombas molotov en las manos; otros decían: “Acá estamos, ¡mírenos!, ¡pongan atención!”; hubo quien exigía: “tribunales militares: ¡cuélguenlos!”, “Arresten al Congreso!”, o gente que amenazaba no solo con tomar la oficina de Pelosi, sino la de Trump, si era necesario. Pero también hubo gente que prefirió no penetrar en el Capitolio, o quienes mientras subían las escaleras se arrepintieron y se regresaron. Entre los manifestantes había seguidores de las teorías QAnon, extremistas y supremacistas blancos, pero también funcionarios públicos y gente común y corriente. Evaluar esa complejidad es indispensable. En el texto de hoy, colocamos algunas líneas que conforman el sistema de creencias de varios de esos seguidores.

La presencia de estas creencias o adherencias puede darse en muy distintos grados y combinaciones. Quizás algunas personas solo creen en una o de pronto dos de las ideas que señalo. Otras personas comulgan con varias de ellas o incluso con otras ideas que por falta de espacio no menciono. Lo explosivo resulta cuando varias de estas líneas convergen entre tantas personas y confluyen con la noción de que solo el uso de canales y estrategias no institucionales, o incluso estrategias violentas, puede acercarles a sus metas.    

1. Desconfianza en instituciones y en medios de comunicación tradicionales. Este es en realidad un factor de contexto altamente presente no únicamente en amplios sectores de la sociedad estadounidense sino en muchísimos otros países. De acuerdo con mediciones como el Barómetro Edelman de confianza (2019), en 75% de los países del mundo hay la convicción de que sus gobiernos son corruptos o ineficaces, y en 82% de los países hay desconfianza en los medios de comunicación tradicionales. Trump se presenta desde el inicio como un personaje externo a Washington y a su corrupción. Sus estrategias de comunicación incluyen evitar los medios tradicionales, a muchos de los cuales llama constantemente “Fake News” o “Noticias Falsas”. De hecho, una buena parte de las personas que le siguen se conocen, contactan y comparten ideas a través de internet, blogs, sitios diversos, y varias redes sociales (no solo Facebook y Twitter, las cuales por cierto ahora, al expulsar a Trump de ellas, “confirman” que forman parte de todo el esquema “institucional” en su contra). Entender el tema de la desconfianza en instituciones es esencial ya que el proceso de radicalización individual y organizacional pasa por la desilusión o desesperanza de que cualquier vía institucional será eficaz para conseguir los objetivos políticos trazados. Cuando las “instituciones fracasan” en defender lo que considero como algo legítimo, se vuelve “válido” esquivarlas o incluso atacarlas. Los grupos más extremos que componen este rubro en EEUU operan desde la clandestinidad.      

2. Genocidio Blanco y antiinmigración. Desde la óptica de varios de los grupos y personas que apoyan a Trump, la raza blanca está padeciendo un genocidio. Gracias a la inmigración y a las tasas de reproducción de los grupos raciales no europeos, cada vez hay menos blancos en EEUU, lo que materialmente está resultando en el “aniquilamiento de la raza blanca”. De manera que, si bien persiste entre algunos de estos seguidores, una noción de supremacismo blanco (la idea de que raza blanca es superior a las demás y está destinada a gobernarlas o a prevalecer por encima de ellas), hay grupos como los Proud Boys (los Muchachos Orgullosos) quienes sostienen que su lucha no es por hacer “prevalecer” a la raza blanca por encima de otras, sino que se trata de una mera lucha por sobrevivir. De ahí su oposición a la inmigración.

3. Aceleracionismo. Conectado con lo anterior, entre algunos de estos grupos y personas existe la convicción de que los extranjeros, inmigrantes y “radicales liberales y de izquierda”, han venido ganando fuerza en las últimas décadas y que, por tanto, una guerra civil/racial es inminente. Así que es necesario acelerar esta guerra civil y asumir sus consecuencias. Este lenguaje de guerra estuvo muy presente en las manifestaciones del miércoles, como ha estado presente en muchos otras manifestaciones y mítines en estos años.  

4. Teoría del reemplazo. “Jews will not replace us!” (los judíos no nos reemplazarán), era el grito mayor en las manifestaciones del nacionalismo blanco en 2017 en Charlotsville. También la teoría del “reemplazo” se encontraba presente en el manifiesto publicado por el atacante terrorista del Walmart de El Paso en 2019. Esta convicción consiste en la idea de que los inmigrantes y extranjeros (judíos, latinos, musulmanes, afroamericanos, etc.) están buscando “reemplazar” a los blancos mediante ocupar cargos o espacios sociales o económicos con cada vez mayor poder. 

5. QAnon y conspiracionionismo. Se trata de la convicción de que el mundo es dirigido secretamente por un grupo de pedófilos satánicos que operan una red de tráfico de niños. De acuerdo con esta teoría, personalidades como Obama, Hilary Clinton, George Soros y ciertas celebridades, están incluidas en este grupo selecto. Trump, en esta narrativa, habría sido reclutado por militares para deshacerse de esta red. Según se ha reportado, estas teorías proceden de una persona o grupo anónimo que utilizaba el nombre “Q”, quien alegaba que tenía acceso directo a secretos de gobierno. Actualmente se les conoce como las teorías QAnon, un fenómeno que en su momento era absolutamente marginal, pero que paulatinamente ha ido ganando adeptos y se ha convertido en parte de la conversación central. Su penetración en internet y redes sociales es inmensa.

6. El Estado Profundo. Ya sea porque se trata de adherentes a QAnon, o bien, por cualquier otro tipo de causas o convicciones existe entre muchas personas la creencia de que las estructuras del sistema “se han aliado para sacar a Trump del poder” a como diera lugar. Mediante tuits, declaraciones y discursos, el presidente colocó una y otra vez en la misma línea enemiga a las agencias de inteligencia, a personalidades de la política (demócratas y republicanos por igual), a miembros de su propio gabinete, de su propio equipo que siempre “terminaban traicionándolo”. Desde el “Estado Profundo”, se fraguaba un plan para encontrarle pruebas a fin de destituirlo. Primero, la injerencia rusa en las elecciones del 2016. Luego, la colusión de Moscú con su campaña electoral y una fiscalía especial para investigar esos alegatos. Ya en 2020, cuando no se pudo sacarlo del poder por el Russiagate, se “diseñaba un nuevo plan” para someterlo a un juicio de destitución por el caso ucraniano. Todo encajaba. Por tanto, ese juicio se presentó como la última treta y fracaso de sus enemigos para eliminarlo.

7. El fraude electoral. Ya que no han podido destituirlo de manera legal, ahora, el “Estado Profundo” echaba a andar toda una maquinaria—la misma que ya había echado a andar en 2016, pero ahora de formas mucho más refinadas—para robarle la elección y sacarlo de la Casa Blanca. Trump advirtió una y otra vez que mediante un complejo sistema de votación a distancia “con el pretexto” de la pandemia, funcionarios electorales, miembros locales, estatales y federales del partido demócrata apoyados por los medios de comunicación tradicionales, por multimillonarios y personalidades de todos los ámbitos, planeaban un “fraude masivo” en su contra. Millones de personas le creyeron desde entonces y le siguen creyendo ahora.
Ahora bien, es necesario comprender cómo funcionan estos sistemas de creencias. No todos los electores republicanos coinciden con todos los puntos señalados. Quizás ni siquiera con alguno de ellos. Es decir, 70% de quienes votaron por Trump consideran que las elecciones no fueron libres ni justas y el 68% piensa que estuvieron amañadas, según encuestas, lo que también implica que hay un 30% de electores republicanos que piensa diferente. Igualmente, según encuestas, 45% de republicanos aprueban la irrupción de los manifestantes en el Capitolio, lo que significa que hay un amplio porcentaje que lo reprueba. Por último, según un estudio de YouGov conducido en verano del 2020, un 16% de estadounidenses considera que la violencia es legítima para conseguir las metas políticas. A pesar de que este dato ha estado creciendo y se contrasta con el 8% de personas que pensaba lo mismo cuatro años atrás, sigue siendo una minoría de personas las que comulgan con métodos violentos como los que vimos el 6 de enero.

Pero aún así, la pirámide que sostiene a las creencias de los grupos o personas más extremistas, descansa en varias de estas convicciones alimentadas por muy distintos canales a lo largo de décadas. Cuando esa pirámide existe, por tanto, basta una sola mecha para encender la llama en la punta. Y eso es lo que ocurre cuando Trump dice que hay que “detener el robo” y “recuperar al país” “mostrando fuerza”, incluso si luego pide que la manifestación sea pacífica. Ante la traición institucional, para los individuos más radicalizados, ya no hay alternativa pacífica. Más aún, si es necesario incluso ocupar la oficina del propio Trump, que así sea. 

En suma, lo que ocurre en Estados Unidos obedece a un muy complejo mapa de ideologías y creencias que hoy parecen estar convergiendo en un mismo punto. Biden, el partido demócrata y el republicano, y todas las personas interesadas en la reconstrucción institucional y en lograr que las legítimas diferencias políticas sean procesadas a través de canales pacíficos, necesitan entender muy bien ese mapa y desarrollar estrategias para revertir la polarización y la radicalización no solo entre muchos de los sectores señalados, sino también entre los polos de ideologías o convicciones opuestas a las mencionadas. La enorme dificultad de sanar a esa sociedad no hace que esa tarea sea menos urgente e indispensable.

Twitter: @maurimm   
 

 

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