Aunque sea mediáticamente más llamativo, sorprende mucho menos el choque entre Trump y la demócrata Nancy Pelosi al respecto de Siria, que las disputas que ese presidente está sosteniendo de manera abierta y pública con destacados miembros de su propio partido como el senador Lindsay Graham, especialmente cuando esto está ocurriendo en pleno proceso de Impeachment, en los momentos en que más apoyo necesita. Esta misma semana, Trump sufrió un fuerte revés cuando 358 representantes, lo que incluyó dos terceras partes de la bancada republicana en la cámara, emitieron una condena a su decisión de retirar las tropas estadounidenses de Siria. ¿Qué es lo que está logrando esta rara unificación de posiciones entre republicanos y demócratas precisamente en los días de mayor polarización entre ellos?

Lo primero es el mensaje. Al margen de lo que está ya ocurriendo en el territorio material, hay un importante componente psicológico que está siendo comunicado por parte de la Casa Blanca en estos días con elementos como estos: (a) Washington parece estar dispuesta a abandonar a sus aliados si es que considera que esas alianzas han dejado de servir a sus intereses inmediatos; (b) a pesar de que en EEUU hay fuerte oposición bipartidista ante ese abandono, quien manda es el presidente y si algo ha podido demostrar Trump es que los contrapesos del sistema político estadounidense para contener las decisiones presidenciales parecen ser menos eficaces de lo que se pensaba; (c) pero incluso más allá de Trump, Washington lleva ya años mostrando su intención de replegarse de zonas consideradas no prioritarias, lo que es interpretado por muchos como signos de su falta de determinación, de su indiferencia ante los vacíos que estos abandonos puedan provocar; (d) EEUU ha sido demasiado golpeado por las consecuencias de sus intervenciones militares como la de Irak o la de Afganistán a un grado tal que, el “dejar de ser el policía” de sitios lejanos o retirarse de guerras percibidas como ajenas, se convierte en un tema políticamente atractivo para un sector de la población harto de esas aventuras militares; (e) al final, estas señales son percibidas como síntomas del declive relativo de la superpotencia, los cuales producen espacios que son aprovechados por otros actores.

Inmediatamente entonces, está un segundo factor provocado en parte por esos elementos: la intervención turca en Siria contra los kurdos aliados de EEUU incluso cuando hay aún tropas estadounidenses presentes en la zona. Trump dice que él nunca avaló dicha incursión militar e incluso la Casa Blanca ha estado combinando amenazas con la actividad diplomática para detener esa intervención. No obstante, tanto la comunicación de Trump con el presidente turco Erdogan la semana pasada, como los tuits y declaraciones del mandatario estadounidense, fueron interpretados como una luz verde que Ankara utilizó para lanzar su prometida invasión a fin de hacerse de una franja de seguridad con 30 km al interior de Siria, en su búsqueda por arrebatar parte del territorio que los kurdos habían adquirido. Es más, en un mitin político, Trump parece admitir la responsabilidad y dice a su audiencia: “A veces tienes que dejarlos pelear como dos niños y luego los separas”. Así, tanto las amenazas de sancionar a Turquía, como el viaje de Pence y Pompeo a Ankara, son solo reacciones para corregir lo que Trump ha ocasionado.

Pero hay un tercer factor, la propia dinámica de la guerra siria. En ésta, gracias al apoyo militar de Rusia e Irán, el presidente Assad prácticamente ha derrotado a las milicias rebeldes que se lanzaron en su contra desde 2011. Varias de estas milicias fueron respaldadas por Turquía desde el inicio de la guerra. De hecho, una de las razones que motivó a Ankara a decidirse por establecer, justo ahora, la franja de seguridad señalada, es ofrecer un refugio para que estas milicias, hoy casi abatidas por Assad, puedan reagruparse y recuperarse.

Ahora bien, es importante recordar que, a pesar de lo que muchos políticos en EEUU hubiesen deseado, Obama había decidido no intervenir directamente en dicha guerra civil contra Assad, mucho menos cuando Rusia estaba ya metida hasta los dientes en ese conflicto. ISIS fue la causa por la que finalmente el despliegue estadounidense sí ocurrió, y eso solo mediante unas pocas tropas (2,000). Esa agrupación terrorista había conquistado parte de Irak y parte de Siria y por tanto no podía ser combatida solo desde Irak. Pero independientemente de que combatir a Assad no fue la causa que orilló a Obama a desplegar dos mil tropas en ese país (que luego con Trump quedaron solo en 1000), sino ISIS, la presencia estadounidense funcionó desde entonces como un factor disuasivo en contra de múltiples actores que en esos tiempos habían incursionado en el rompecabezas sirio. La presencia de esas pocas tropas de EEUU (y la milicia que formaron, mayoritariamente kurda) contuvo el avance de Assad en la reconquista de su territorio y obligó a Moscú y a Irán a limitar sus propios despliegues. No debe, por tanto, sorprendernos que tanto Assad como Rusia e Irán quieran aprovechar ahora el vacío que EEUU está dejando para ir penetrando esas zonas.

La decisión de Trump de abandonar la zona, en otras palabras, ha desatado una carrera para ocupar espacios, lo que deriva en un cuarto y un quinto factor. El cuarto es la potencial recuperación de ISIS. No olvidemos que esa agrupación está muy lejos de haber sido liquidada. A pesar del territorio que perdió, se estima que la organización conserva de 20 a 30 mil combatientes trabajando clandestinamente solo entre Irak y Siria, sin mencionar las actividades que esa misma organización tiene en una veintena de países adicionales. Por consiguiente, mientras los kurdos estén buscando sobrevivir a la incursión turca, dejarán desatendidas ubicaciones que ISIS tendrá mayor oportunidad de atacar o acaso recuperar.

El quinto factor es, naturalmente, la búsqueda de nuevas alianzas por parte de los propios kurdos. Esto ya inició. Al día siguiente del lanzamiento de la incursión turca, la dirigencia kurda alcanzó un acuerdo con el presidente sirio Assad para asegurar su protección y supervivencia ante la embestida turca. Las tropas sirias comenzaron a ocupar posiciones que no ocupaban desde el inicio de la guerra en 2011. El recuerdo de aquella frase de Obama, “los días de Assad están contados”, parece hoy más lejano que nunca.

Rusia, superpotencia aliada de Assad, incluso ha ido más allá. Dadas sus relaciones con Erdogan y los entendimientos a los que Moscú y Ankara han llegado en los últimos años, Putin se está presentando como el mediador que podría quizás evitar un choque directo entre el ejército turco y el ejército sirio en su competencia por conquistar las mismas ubicaciones, lo que sirve a Rusia tanto para fortalecer su presencia como para reafirmarse como la superpotencia con la cual hay que negociar en esa región. Esto incrementa la capacidad del Kremlin para influir en las decisiones y eventos relativos tanto a Siria, como a una esfera regional mucho más amplia, desde sitios como Israel hasta otros como el Golfo Pérsico. En ese sentido, la visita de Pence y Pompeo a Turquía tuvo el objetivo no únicamente de convencer a Erdogan de detener su ofensiva, sino también de arrebatar a Moscú la iniciativa que Trump le había otorgado unos días atrás. Aún así, la situación de fondo no cambia. El daño está hecho y, aunque su vicepresidente y Secretario de Estado lo quieran corregir, el mensaje que envió el presidente fue bien recibido por todas las partes.

En suma, más que una presencia militar considerable, lo que las 1000 tropas estadounidenses en Siria representaban, era un último reducto de la disposición de la superpotencia a primero, respaldar a sus aliados, y segundo, a contener la presencia de sus rivales geopolíticos. La decisión de abandonar esa posición provoca (o quizás confirma) ya no solo un vacío, sino la sensación de que los compromisos globales que EEUU se autoconstruyó a lo largo de décadas, hoy le están quedando demasiado grandes.

Analista internacional.
@maurimm

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