Putin-Biden: en busca de distensión y estabilidad en el conflicto

Mauricio Meschoulam

Toda negociación emerge porque existe, al menos, un destello de esperanza de que las partes encuentren zonas de posibles acuerdos. Incluso entre los más grandes rivales u oponentes, las conversaciones son una práctica profesional que no necesariamente nace de la afinidad o el deseo de olvidar los agravios, sino porque existe el reconocimiento de intereses comunes, por mínimos que éstos sean. Por ejemplo, detener las espirales de violencia, limitar las escaladas o incluso acordar ciertas reglas para seguirse enfrentando. Un poco por ahí se puede entender la primera cumbre entre Biden y Putin. Aunque, a decir verdad, lo que propicia esta reunión no es solo eso, sino también una multiplicidad de objetivos sobre temas específicos. De eso hablamos en las siguientes líneas.

Primero, lo general: estabilidad y predictibilidad. Hay un reconocimiento en ambas partes de que la relación entre Estados Unidos y Rusia se encuentra en su punto más bajo desde tiempos de la Guerra Fría, y hay la conciencia de que evitar que las tensiones sigan escalando es un interés compartido. Esa es la base que permite que la reunión se lleve a cabo, que exista un espacio de diálogo, sí franco y tirante, pero que busca mecanismos para detener la espiral de ataques y contraataques mutuos en distintos ámbitos. Si el estado de las disputas actuales persiste, pero no crece, este objetivo mínimo se consideraría cumplido.

Segundo, el ciberespacio. Este es probablemente el ámbito más difícil de poner sobre la mesa, pues es uno de los que más exhibe las crecientes tensiones a las que me refiero. En este rubro hay que distinguir entre distintas categorías de operación, menciono solo algunas: (a) los ciberataques llevados a cabo directamente por agentes vinculados a los gobiernos; (b) los ciberataques llevados a cabo por grupos criminales que son tolerados por los gobiernos; (c) los ciberataques de grupos criminales que operan al margen de los gobiernos; (d) la guerra informativa diseñada para influenciar el ambiente político, o para alimentar la polarización al interior del país rival.

Estados Unidos, por supuesto, adjudica al Kremlin su responsabilidad directa en todos los rubros anteriores. Putin se defiende diciendo que Moscú no tiene nada que ver con los ciberataques cometidos contra EEUU y que, en todo caso, Washington hace exactamente lo mismo. El problema es que, en una ciberguerra, ocurre lo mismo que en una guerra tradicional: a cada acción corresponde una reacción que pretende disuadir al rival de continuar con sus ataques. Esto ocasiona la evolución de espirales ascendentes de violencia (en este caso cíber) y, por tanto, se propicia una carrera sin fin: el desarrollo de tecnología y capacidades para operar cada vez mejor a fin de causar más daño en contra del enemigo y para poderse defender más eficazmente. Esas espirales ascendentes de violencia en el mundo cíber se trasladan también a otros ámbitos y todo ello genera niveles de inestabilidad en la confrontación hasta ahora difíciles de predecir.

El objetivo de Biden en ese sentido es establecer reglas mínimas de comportamiento. La infraestructura crítica (como la del transporte público, las cadenas de alimento o la tubería, las cuales han sido atacadas recientemente) no debe ser atacada en tiempos de paz, argumenta. Y esa es una línea roja que, al cruzarse, ocasionará respuestas contundentes por parte de Washington. El mensaje fue transmitido, aunque Putin, nuevamente sin reconocer responsabilidad alguna, solo estuvo dispuesto a que equipos de expertos de ambos países colaboren para detectar y detener a los responsables. Adicionalmente, ambos acordaron prolongar las conversaciones sobre ciberseguridad.

Tercero, el mensaje de político de Biden. Más allá de la predictibilidad y estabilidad, el presidente estadounidense busca mostrar a su propia audiencia que él es radicalmente distinto a Trump. Biden quiere transmitir que él sí habla a Putin de manera directa, sí le hace responsable por las violaciones a derechos humanos en su país, por la injerencia rusa en las elecciones estadounidenses y por otras cuestiones que fueron públicamente señaladas. En efecto, Biden se muestra dispuesto a dialogar con el mandatario ruso, pero sin comprometer principios y sin otorgarle la plataforma internacional de una conferencia de prensa compartida en la que Putin se defienda ante sus ojos a placer.

Cuarto, el objetivo político de Putin. Si bien Biden no le da el gusto de una conferencia de prensa compartida, Ginebra sí es una plataforma que atrae toda la atención internacional que le permite comunicar sus propios mensajes. Un espacio ideal para defender su caso, y para obtener el trato de par que, en su visión, Rusia merece. Putin pasa de ser el “asesino” o el “autócrata sin escrúpulos” como lo llamaba Biden hace apenas unas semanas, a ser ahora un “digno oponente”, en el nuevo lenguaje del presidente estadounidense. Para Putin, bajo ese contexto de trato entre pares, el objetivo común de reducir las diversas disputas se vuelve más viable (Troianovski, 2021).

Quinto, controlar potenciales escaladas militares (Gabuev, Foreign Policy, 2021; Collinson, 2021). Pensemos, por ejemplo, en el caso de Ucrania. Hace unas semanas, Rusia había acumulado decenas de miles de tropas en sus fronteras con ese país. Justo entonces, Biden le dijo que debía parar ese tipo de amenazas, pero no solo le dijo eso. También propuso la cumbre que acaba de tener lugar. Putin leyó el mensaje: una plataforma internacional y un trato digno, a cambio de reducir las tensiones con Ucrania. Es decir, la ausencia de un diálogo fluido entre las superpotencias ocasiona que determinadas situaciones específicas se tensen y se puedan salir de control. En contraste, la sola propuesta de que ese diálogo exista puede contribuir a distender escenarios concretos.

Sexto, los múltiples temas comunes. Muy al margen de todo lo anterior, hay un sinnúmero de intereses compartidos entre las superpotencias. Esto incluye, por ejemplo, el control de armamento, el establecimiento de reglas y mecanismos para la presencia y operación de ambas en el Ártico, la crisis climática, el combate a la pandemia, la cooperación espacial, o bien, temas muy específicos como Siria, Afganistán, o la reactivación del acuerdo nuclear entre las potencias e Irán (que había sido abandonado por Trump), para lo cual la intervención de Moscú ha sido crucial. Es decir, incluso si no se avanza en cuestiones relacionadas con la ciberguerra u otros factores que producen inestabilidad, las dos superpotencias tienen mucho que trabajar en esos otros temas de interés compartido.

La medida del éxito de esta cumbre—como apenas un inicio del diálogo—no está, por tanto, en la traducción inmediata de logros mayores o la reducción de las tensiones que seguramente seguirán muy presentes, sino en la posibilidad de lograr que las fracturas no crezcan más; que la confrontación en el ciberespacio se mantenga bajo lo que se conoce como un “tit for tat” (respuestas proporcionales y limitadas sin que la espiral se siga incrementando), y que en los otros temas de interés común se logre dar algunos pasos en la dirección favorable. Por ahora, además de ciertos compromisos, se ha conseguido que los dos embajadores que habían sido retirados de sus embajadas “para consultas” a raíz de toda la conflictiva suscitada desde la toma de posesión e Biden, regresen a despachar a las respectivas capitales.

No obstante, hay ya muchas fuerzas que han sido desatadas en los últimos años. La desconfianza mutua ha aumentado demasiado. La ciberguerra y la guerra informativa difícilmente se van a detener y no es previsible que se cumpla el respeto a las líneas rojas que Biden buscó trazar. La clave estará en ver si, a pesar de esos factores, ambas potencias consiguen sostener el poder que el diálogo franco, profesional y fluido puede aportar incluso entre los mayores rivales.

 

Analista internacional.
Twitter: @maurimm
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