"He cubierto Irán por más de 25 años”, tuiteó el periodista iraní-estadounidense del New York Times, Farnaz Fassihi. “Nunca he visto protestas tan descaradas, tan enojadas, tan extendidas. Esto es serio. Por eso hay un apagón total de internet. El régimen tiene miedo". En efecto, Amnistía Internacional reportaba más de 100 muertos por la represión gubernamental en solo unos días, un número que resalta, lamentablemente, en estos tiempos en los que estamos viendo manifestaciones masivas en sitios tan diferentes desde Chile hasta Hong Kong. Con todos los factores internos que detonan estas protestas masivas, lo que ocurre en Irán se encuentra íntimamente ligado a factores internacionales, lo que incluye temas como las fuertes sanciones de Washington, hasta otros como el rol de Teherán como potencia regional, y la vinculación de estas protestas con otras que ocurren en su esfera de influencia. Esta nueva ola de manifestaciones en la zona ha ocasionado que algunos analistas estén hablando ya de una “Primavera Árabe 2.0”. Sin embargo, al margen de que Irán no es un país árabe, me parece que, tras la experiencia del 2011, hay que efectuar los análisis con menos prisa. En aquél entonces, 18 países de la región experimentaron una ola de manifestaciones y revueltas casi de manera simultánea. No obstante, de todos esos casos, 13 lograron recuperarse y fueron retornando a la “normalidad”. Tres de ellos terminaron en guerras civiles que aún no concluyen. En otro de ellos, Egipto, tres golpes de estado y la supervivencia de la cúpula militar en el poder fueron disfrazados de “revolución”. Solo Túnez, y no sin problemas, se acercó al relato que de ese país se narraba. Por tanto, antes de hablar de las revoluciones revividas, vale la pena retomar algunas lecciones.

El 2011 nos enseñó que para cada país había que seguir con detenimiento factores como los siguientes: (a) condiciones económicas, con especial atención en la desocupación juvenil en países habitados mayoritariamente por jóvenes; (b) condiciones políticas, niveles de represión, niveles de concentración del poder por parte de las élites o posibles canales de apertura y participación; (c) niveles de corrupción percibida; (d) el acceso a internet y redes sociales como Facebook, y su posibilidad o no, de emplear estas herramientas como factores contribuyentes para incentivar la protesta (en países como Yemen, Libia o Siria, los tres que terminaron en guerras civiles, por ejemplo, el acceso a Facebook en 2011 era casi nulo o estaba prohibido); (e) el grado de disposición del gobierno a ofrecer concesiones y cambios, o bien, su determinación para reprimir las protestas a toda costa (o la combinación de ambas cosas: zanahorias y palos); (f) la existencia de liderazgos visibles entre los manifestantes y la capacidad de esos liderazgos para aglutinar y canalizar el descontento en la calle hacia formas de organización política; (g) la postura de los diversos actores políticos, tanto los de antes—ya sea aliados u opositores al régimen—como los nuevos que venían emergiendo; (h) el comportamiento de las fuerzas de seguridad y su disposición a defender al régimen, o su potencial decisión de retirarle su respaldo; y por último, (i) los actores internacionales, su posicionamiento ante los eventos o su respaldo (político y/o material) hacia determinados jugadores y su capacidad de influir en los eventos internos del país analizado.

Es decir, a pesar del importante componente internacional en ciertos casos, era esencial no minimizar el descontento real que había en la calle y atribuir las protestas a una colusión de fuerzas extranjeras con fuerzas internas que conspiraban en contra del régimen. Ese era justamente el discurso que usaban los gobernantes. Al replicarlo, se incurría en el error de ignorar que había gente de carne y hueso enojada con sus gobiernos y no solo por los temas económicos, sino por todo lo que enciende la percepción de la desigualdad y de la corrupción, o bien, por cerrar los canales de participación para procesar el descontento; había amplias capas de jóvenes frustrados a quienes paulatinamente empezaba a faltar lo único que a su edad tienen como patrimonio: la esperanza y el futuro. Es esa combinación de factores materiales y no materiales, que, cuando se prende una mecha, puede terminar en protestas de cientos de miles, a veces millones.

En el caso iraní, hay que considerar que el hartazgo social no es algo nuevo, que éste se ha estado manifestando de distintas maneras desde al menos 2009 y que ha sido una y otra vez violentamente reprimido. A estas condiciones internas, se suma, por supuesto, el peso de las sanciones impuestas por Washington, las cuales podríamos decir, se dan en dos fases. Una, antes del acuerdo nuclear entre Irán, seis potencias y la UE (2015)—tras el cual esas sanciones fueron levantadas—y una siguiente fase, con el retiro de Trump de dicho pacto nuclear (2018). Como resultado, la economía iraní está al borde del colapso. Según el Banco Mundial, Irán experimentará una contracción del 9% de su PIB este año, aunada a una inflación de 36% a 50% dependiendo la fuente, con incrementos de hasta 64% en combustibles y alimentos. De hecho, las protestas actuales fueron detonadas por la decisión gubernamental de racionar la gasolina y las alzas inmediatas que ésta sufrió.

A estos factores hay que añadir la percepción que se genera entre la población cuando su país es una potencia regional cuyos intereses cuestan mucho dinero, recursos que podrían ser invertidos internamente. En los últimos años se ha robustecido lo que se denomina “el creciente iraní”, es decir, la influencia de Teherán desplegada en Irak, Siria y Líbano de un lado, y en Gaza, Yemen y otros sitios de la Península Arábiga, del otro. Irán financia, entrena, arma y a veces defiende de manera directa, con oficiales y tropas, a un número considerable de milicias y actores aliados en toda la región, lo que le ha permitido afianzar posiciones clave, tanto para enfrentar a sus rivales regionales más importantes—Israel y Arabia Saudita—como para impactar en los eventos de los países en donde interviene, muchos de ellos con minorías o mayorías chiítas.

Ahora mismo, en paralelo a Irán, hay manifestaciones masivas en dos de esos países: Líbano e Irak, en donde la injerencia iraní se ha convertido en uno de los temas de la protesta ciudadana. Ello, naturalmente, ha hecho tambalear el futuro de la ascendencia de Teherán en su región, razón por la cual, Irán ha intervenido de manera directa ya varias veces en la represión de las protestas en Irak, y ha sido uno de los factores de influencia para que su aliado libanés, Hezbollah, mantenga su firmeza ante las manifestaciones en ese país, las cuales ya resultaron en la renuncia del primer ministro Saad Hariri.

En otras palabras, Teherán parece querer comunicar que tiene absoluta capacidad y disposición para sostener ese poder que tanto trabajo le ha costado construir, tanto en lo interno como en lo externo. En ese sentido, fuera de lo que suceda en sus países vecinos, es indispensable considerar que, en otros momentos de la historia reciente, a pesar de la fuerza de la movilización social, el régimen iraní sí ha sido eficaz para apagar las protestas internas.

Al respecto, sin embargo, hay que considerar al menos estos factores que hoy difieren de las protestas pasadas: (a) el impacto de las sanciones económicas en contra de Teherán es cada vez mayor, lo que con toda probabilidad rebasará cualquier efecto que estas sanciones tuvieron en las fases previas, (b) la acumulación social de problemas irresueltos pasados no desaparece, sino que se suma; lo del 2019 en realidad carga el peso de todas las represiones anteriores con sus sentimientos de frustración social, exasperación y agravio, (c) a pesar de que el gobierno iraní ya ha bloqueado el internet en otros momentos de convulsión social, el grado de conectividad, de dependencia y de flujo informativo a través de esa vía, además de la dimensión actual del apagón de internet, son incomparables a cualquier otro momento del pasado, por lo que esta decisión puede conllevar repercusiones insospechadas.

Con todo, a diferencia de lo que está terminando por suceder en países como Chile (con el plebiscito para reformar la constitución, por ejemplo), en Irán la salida optada por el régimen no es una salida democrática, aún con la ferocidad e intensidad de las protestas actuales. Lo que venga en los próximos días y semanas, por tanto, será el resultado de la tensión entre esa maquinaria gubernamental trabajando a toda marcha para sostener su poder y la capacidad de la ciudadanía para mantener vigente el movimiento, a pesar de los altísimos costos en vidas, heridos y detenciones, lo que ya ha empezado a mostrar su peor cara.


Analista internacional

Twitter: @maurimm

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