Primavera Árabe a 10 años: el caso de la crisis en Túnez

Mauricio Meschoulam

La Revolución del Jazmín. Así la llamaban cuando nació. Luego, cuando se expandió desde Túnez hacia otros países de la región, le cambiaron el nombre y la empezaron a llamar “Primavera Árabe”. Algunos supersticiosos incluso llegaron a decir que fue justo ese nuevo nombre el que trastocó el destino de aquella serie de protestas y manifestaciones que, durante meses, tuvieron lugar en 18 distintos países de la zona. Lo que es cierto, más allá de las supersticiones, es que Túnez era un país muy diferente a Egipto, Libia, Yemen o Siria. Y, por lo tanto, replicar lo que iniciaba cuando Mohamed Bouazizi se prendiera fuego en las calles tunecinas justo al final del 2010, no iba a ser cosa sencilla. Hoy, en 2021, cuando el presidente de Túnez (quien es jefe de Estado, pero no de gobierno) ha suspendido al parlamento, despide al primer ministro y asume poderes ejecutivos, las protestas en Túnez han sido nuevamente prohibidas. A reserva de observar lo que siga, se palpa el temor de que esta incipiente democracia—posiblemente el único caso de relativo éxito de aquella Primavera Árabe—está siendo comprometida. Pero vayamos por partes:

Primero, con todos sus problemas, Túnez fue la excepción, no la regla. Túnez era excepción porque su sociedad estaba mayoritariamente conformada por clases medias urbanas con bajos niveles de pobreza. Túnez era el país que más se parecía a ese modelo que algunos medios proyectaban de ciudadanía conectada a redes sociales—en 2010, 36% de sus habitantes tenía acceso a internet y 25% tenía acceso a Facebook. Pero esa es solo una parte de la historia. Túnez fue también la excepción gracias individuos como los que componen las organizaciones del cuarteto que recibió el Nobel en 2015, quienes supieron, en momentos de altísimo riesgo, encausar el diálogo entre actores enfrentados, y encontraron la manera de generar acomodos para una transición relativamente pacífica hacia la democracia. Túnez fue también la excepción gracias a otros actores políticos no galardonados, quienes estuvieron dispuestos a jugar con las reglas y a retirarse cuando los votos no les favorecieron. Porque es un hecho que la transición tunecina no ha estado exenta de obstáculos. Desde una economía con dificultades para resolver los factores estructurales que detonaron las protestas del 2010-2011—como lo era la desocupación juvenil—hasta el asesinato de líderes de la oposición, como fue el caso de Brahmi, en 2013. Desde las protestas de islamistas hasta las renovadas protestas de grupos liberales en los años que siguieron, o las amenazas de Al Qaeda e ISIS. A pesar de todo ello, sin embargo, Túnez caminó.

Después de Túnez, casi de manera paralela en aquel enero del 2011, se sucedieron protestas masivas en Egipto, Yemen y poco después en Libia y Siria (además de otros 13 países). Egipto, por ejemplo, contaba con algunas de las condiciones que permitían seguir narrando la historia revolucionaria “primaveral”. En ese país, en efecto, había un sector de clases medias urbanas educadas y muy conectadas a internet y redes sociales. Ese sector luego fue conocido como “los liberales”. Sin embargo, al revisar los datos duros, las diferencias ya resaltaban. En el Egipto de 2011, 22% de personas tenía acceso a internet (40% menos que Túnez), y solo 12% tenía acceso a Facebook (la mitad de Túnez). Egipto era un país con más de la mitad de la población viviendo en condiciones de pobreza y casi 20% en pobreza extrema. En ese país, la influencia de la Hermandad Musulmana dentro y sobre todo fuera de la capital, era enorme, y como resultado, esa organización tuvo la capacidad de traducir la oposición a la dictadura, en votos efectivos. Este factor no solo generaba preocupación y descontento entre los actores pertenecientes a un antiguo régimen que nunca se fue. La preocupación cundió también entre muchos actores liberales, varios de quienes habían detonado las protestas originales, y quienes terminaron por preferir el retorno de los militares al poder que ver a su país islamizado, lo que se consumó tras el golpe contra Morsi a manos del general Sisi, el todavía hoy presidente. También en Túnez los islamistas ganaron elecciones y provocaron preocupación en los sectores liberales, pero a diferencia de Egipto, la sociedad civil tunecina ha conseguido hasta ahora resolver sus diferencias a través del diálogo.

La historia en Yemen y Libia fue muy distinta. Ahí, solo para ejemplificar, el internet y el Facebook casi no tenían presencia en 2011. En Libia había 5.7% de penetración de internet. En Yemen, el país más pobre de Medio Oriente, solo 1.7%. Facebook solo contaba con 0.1% de penetración tanto en Libia como en Yemen. En esos dos países de sociedades muy tribales, muy poco parecidas a lo que narraba el relato de la “Primavera Árabe”, los desenlaces eran imprevisibles en 2011. A la larga, en ambos casos, tras el colapso de las dictaduras, lo que sobrevino fue la guerra. Tribus, clanes, grupos sectarios, militantes islámicos, unos afiliados a Al Qaeda, otros afiliados a ISIS, todos chocando entre sí. Esto se sumó, en ambos casos, a un entorno regional y global de rivalidades exacerbadas entre potencias enfrentadas, quienes utilizan los territorios libio y yemení para dirimir sus diferencias.

Siria es sin duda el caso que más representa la frustración tras las protestas del 2011. Porque es justo ahí, en esas manifestaciones, cuando inicia esa guerra en la que poco tiempo después intervenían milicias laicas, milicias islámicas locales, milicias islámicas extranjeras, potencias regionales y potencias globales compitiendo y chocando para avanzar sus intereses, resultando en la mayor crisis humanitaria de este siglo.

Así que, en efecto, Túnez ha sido la excepción, no la regla. Hasta ahora, el régimen semipresidencial y la democracia parlamentaria, habían procesado, de una manera u otra, los múltiples conflictos que fueron emergiendo.

Pero como ha ocurrido en tantas partes del mundo, la pandemia ha venido a complicar las cosas. La economía se encuentra en crisis y la popularidad del primer ministro Hicham Mechichi, apenas en su cargo desde septiembre del 2020, se encontraba por los suelos.

Estos factores facilitan la decisión del presidente, Kais Saied, de suspender el parlamento (por lo pronto durante 30 días), despedir al primer ministro junto con todo su gabinete, y asumir la “autoridad ejecutiva” del país. El presidente, invocando un artículo de la constitución tunecina del 2014 para adoptar “medidas de excepción” en caso de que el país se encuentre bajo un “peligro inminente”, designará a un nuevo primer ministro y promete emplear estos 30 días para atender la crisis sanitaria y económica del país.

Lo que siga en este punto dependerá de al menos cinco factores clave:

1. El respaldo del ejército, el cual, por ahora, parece encontrarse del lado del presidente.

2. El respaldo de la ciudadanía. Como dijimos, el primer ministro ahora despedido, Mechichi, tenía una muy baja popularidad. Su gobierno fue marcado por el descontento y protestas callejeras. Una encuesta el 28 de julio encontró que 87% del público respalda la decisión de Saied de asumir la autoridad ejecutiva. Aún así, habrá que ver si la gente decide mantener ese apoyo al presidente—percibido como un actor relativamente externo, un jurista y profesor retirado, que compitió de manera independiente—si la situación de crisis persiste.

3. La duración de las medidas de excepción. Si efectivamente la suspensión del parlamento se mantiene por un período corto y se restablece la normalidad democrática más pronto que tarde, es posible que Saied pueda seguir adelante con su decisión. De lo contrario, la situación puede salirse de su control.

4. La reacción de los diversos actores políticos del país. Aunque Saied parece contar con el respaldo de las fuerzas de seguridad, sus decisiones han sido, naturalmente, denunciadas por miembros del parlamento, incluido el partido de mayoría, el islamista Ennahda, por el primer ministro despedido, Mechichi y varios más. Más allá de insistir en la ilegalidad de los pasos tomados por Saied—a quien están ya denunciando como golpista—será necesario observar si deciden adaptarse a la situación a lo largo de las siguientes semanas, o en caso contrario, observar qué tipo de medidas de protesta toman.

5. La reacción de la comunidad internacional. Por ejemplo, en 2010-2011, la decisión de Obama de retirar su respaldo al entonces presidente tunecino, Ben Ali, fue crucial para que éste hubiese decidido renunciar tras las protestas masivas que se desataron. Ahora mismo, el secretario de Estado de EEUU, Blinken, ha dicho que observa los eventos con preocupación y demanda que se respete la legalidad en el país, pero que ha recibido las garantías por parte de Saied, de que pronto se retornará a una normalidad democrática. De no ocurrir así, el peso de la comunidad internacional podría marcar la diferencia.

Como sea, el caso de Túnez importa porque de ello dependen los destinos de millones de personas, pero también por las lecciones que tiene que aportarnos a quienes observamos con mucha cautela los eventos de aquella Primavera Árabe del 2011 y las repercusiones que sigue arrojando no únicamente para aquella región, sino para el planeta entero.
 

Twitter: @maurimm
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