Nominación de Trump al Nobel por acuerdo EAU-Israel

Mauricio Meschoulam

El discurso de paz de Trump para Medio Oriente sólo forma parte de la campaña electoral y del mensaje que busca transmitir

Trump acaba de ser nominado para el premio Nobel de la paz. Christian Tybring-Gjedde, un miembro del parlamento noruego del derechista Partido del Progreso, fue quien sometió esta nominación. Ese mismo parlamentario, por cierto, ya había nominado previamente a Trump por sus negociaciones con Corea del Norte. En el caso actual, la nominación se debe al rol que jugó el presidente estadounidense para la conclusión del acuerdo de normalización de relaciones entre Emiratos Árabes Unidos (EAU) e Israel, que se firmará la próxima semana en Washington. Independientemente de si llega o no llega a ganar ese premio, la nominación cae a Trump como anillo al dedo, dado que, la Casa Blanca ha buscado justamente encuadrar el pacto EAU-Israel como un acuerdo de paz. Lo que EAU e Israel están firmando es, en realidad, un convenio de formalización de relaciones que ya existían pero que no eran reconocidas abiertamente y que, al hacerlo, en efecto, tienen ahora un enorme potencial de crecimiento. Pero las palabras importan y nombrar a este como un “tratado de paz” tiene una razón de ser. Por consiguiente, es necesario analizar dicho convenio desde distintos ángulos. Uno es, por supuesto, su relevancia geopolítica. Otro, la importancia política que este acuerdo tiene para Trump justo en estos momentos de su campaña electoral.

Empiezo por esto último. Sabemos que Trump ha necesitado desde el inicio de su gestión, presentarse como un presidente que cumple. Esta no es una condición exclusiva de este presidente; lo que pasa, es que Trump lanzó tal cantidad de promesas de campaña—muchas de ellas considerablemente difíciles de lograr—que ahora, pasados sus cuatro años de gestión, le resulta complicado evadir. Entre otras cosas, él prometió conseguir la paz en Medio Oriente, mediante el “Acuerdo del Siglo”. Empleando estrategias no convencionales, decía, él lograría lo que ninguno de sus antecesores había conseguido. Para semejante tarea, colocó a cargo a su yerno, Jared Kushner, auxiliado por Jason Greenblatt, personajes sin experiencia diplomática, pero con una trayectoria en el mundo de los negocios que, aplicada a este caso, conseguiría finalmente, según Trump, la paz entre palestinos e israelíes.

El problema es que este compromiso no se logró llevar a buen puerto. Los negociadores palestinos fueron percibiendo que la parte israelí estaba siendo ampliamente favorecida por Washington, se fueron sintiendo cada vez más aislados y terminaron por romper los contactos con la Casa Blanca. Este año, la administración Trump reveló el esperado “Plan de Paz para Palestina-Israel” en cuyos detalles no me meto en este momento (acá escribí un texto al respecto: https://bit.ly/3igYbMd). Sin embargo, ya para ese momento, las relaciones de Washington con la dirigencia palestina estaban muy dañadas, la desconfianza era muy difícil de superar, y el plan no funcionó siquiera como punto de partida para detonar un nuevo proceso de negociaciones. Para efectos prácticos, el “Acuerdo del Siglo”, que no era un acuerdo—pues una de las partes en conflicto no lo aceptaba—y mucho menos del siglo, no ha acercado la paz a la región. De hecho, según diversos análisis que proceden de los sectores militar y de inteligencia, si ese plan se pusiera en práctica, probablemente resultaría en una mayor inestabilidad regional.

Por lo tanto, para propósitos de la campaña electoral en curso, urgía una especie de premio de consolación, algo que permitiera sostener la línea discursiva de que la paz en Medio Oriente había sido alcanzada, una línea muy presente, por cierto, en la convención republicana.

Ahí es donde entra la ardua gestión diplomática que la Casa Blanca ha estado haciendo para que Israel formalice relaciones con varios países árabes del Golfo (además de Sudán), de los cuales, hasta ahora, solo EAU se había aventurado a dar el paso. De último momento ayer supimos que Bahréin ha decidido seguir los pasos de EAU quien, tras varias décadas, se convirtió apenas en el tercer país árabe en establecer relaciones formales con Israel, aún a pesar de que el conflicto palestino-israelí sigue sin resolverse. Pero a diferencia de los otros dos, Egipto y Jordania, que sí habían sostenido conflictos armados con Israel antes de firmar sus tratados de paz, el acuerdo EAU-Israel (lo mismo que el de Bahréin que apenas se anunció) en realidad abre a la luz pública relaciones que ya existían, y en efecto, potencializa un enorme crecimiento de las mismas.

Desde la perspectiva comercial y tecnológica, se vislumbran grandes oportunidades para ambos países, aunque EAU tiene también puesta la mirada en otros aspectos como lo es su acceso a armamento de vanguardia, lo que ha sido prometido a ese país tanto por parte de Washington como de Netanyahu. Adicionalmente, Abu Dabi gana con el convenio un acceso privilegiado a la Casa Blanca y un trato preferencial por parte de Washington en todo lo que respecta a su región.

De su lado, además de la victoria de política interna que todo esto representa para Netanyahu, este pacto le permite mostrar que es posible cambiar la ecuación: pareciera que ya no hace falta que Israel resuelva su conflictiva con Palestina como prerrequisito para establecer relaciones formales con sus vecinos árabes. Por si fuera poco, Netanyahu sigue sumando puntos positivos con Trump, a quien debe tanto por su cercanía de los últimos años, y aprovecha para asistirle electoralmente en el momento en el que más le urge.

Ahora bien, también hay factores geopolíticos que son cruciales de tener en cuenta. Israel y EAU se posicionan ya formalmente del mismo lado en un complejo mapa de alianzas, coaliciones y rivalidades regionales. No es que no lo estaban, pero ahora, ya de manera abierta, su alianza tiene un gran potencial de crecer.

Primero que nada, ambos tienen en Irán, al mayor de los enemigos comunes. Mientras que Israel considera como uno de principales objetivos el impedir que la posición estratégica de Irán se fortalezca aún más en Siria y Líbano, y se mantiene efectuando bombardeos en contra de personal militar iraní y de aliados de Irán en estos países, EAU ha combatido a los aliados de Irán en Yemen y ha sido una de las mayores víctimas de la campaña de Teherán de acoso a buques y puertos en el Golfo Pérsico. Adicionalmente, tanto para Israel como para EAU es crucial unir esfuerzos para evitar que Irán siga avanzando en su proyecto nuclear.

Pero más allá de Irán, los EAU e Israel están interesados en fortalecer sus lazos y así enfrentar de manera más sólida a rivales comunes como Turquía. Concretamente, en Libia, Abu Dabi está opuesta a Ankara pues ambos países apoyan militarmente a bandos contrarios en esa guerra civil. Por otro lado, el respaldo de Turquía a la Hermandad Musulmana y a organizaciones islámicas afines como Hamás, constantemente provoca choques entre Turquía e Israel, o entre Turquía y el bloque saudí del que aliados como Egipto y EAU forman parte. Además, en el Mediterráneo del Este, Israel forma parte de un grupo de países (junto con Egipto, Chipre y Grecia) que están viviendo fuertes tensiones con Turquía por la explotación de campos de gas natural que han estado siendo descubiertos, parte de los cuales Ankara reclama como suyos.

De manera tal que, como vemos, la normalización y fortalecimiento de relaciones entre EAU e Israel, tiene objetivos estratégicos que rebasan con mucho a la campaña electoral de Trump. Sin embargo, no es propiamente de “paz en Medio Oriente” de lo que se puede hablar. De hecho, las condiciones para construir la paz en la región, pasan por generar, no reducir, los incentivos para reactivar procesos de negociación entre las partes conflictuadas. En este caso, las estrategias de Trump han resultado en un paulatino aislamiento, no en la inclusión de la parte palestina, la cual tendría que estar negociando de manera integrada, si es que de verdad estuviésemos hablando de conseguir un “Acuerdo del Siglo” y un verdadero proyecto de paz. Mientras eso no ocurra, el discurso de paz solo forma parte de la campaña electoral y del mensaje que se busca transmitir para lo cual, lo del Nobel, aunque se quede en nominación, resulta muy conveniente.
 

Analista internacional.
Twitter: @maurimm

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