Era 2019. Dos de las instalaciones petroleras más importantes del mundo, ubicadas en Arabia Saudita, fueron atacadas con drones y misiles iraníes. Ese solo golpe redujo temporalmente cerca del 5% de la producción global de petróleo, provocando un impacto inmediato y profundo en el mercado energético. Aunque los houthies, rebeldes de Yemen, reivindicaron la acción, diversas fuentes de inteligencia concluyeron que, por la trayectoria, las características y el nivel de sofisticación de los sistemas empleados, los proyectiles habían sido lanzados desde Irán. A pesar de los llamados del príncipe saudí, Trump optó por no involucrarse militarmente para defender ni al reino ni a la infraestructura energética, insistiendo en que “Estados Unidos no es el policía de Medio Oriente”. Meses antes, tras el derribo de un dron estadounidense en el Golfo Pérsico, el propio Trump ya había dado señales claras de su aversión al conflicto al cancelar, en el último momento, un ataque de represalia que él mismo había autorizado. En ese momento, voces como la de Tucker Carlson y el movimiento político que representaba, seguían teniendo un peso relevante en su toma de decisiones. Hoy, desde luego, el contexto es distinto. Pero lo que no puede omitirse de aquellos episodios es el mensaje que Teherán ya estaba enviando: su disposición a generar disrupciones severas en el mercado energético y a golpear no solo la presencia de EU en la región, sino también a cualquiera de sus aliados, constituía, y sigue constituyendo, una de sus principales herramientas disuasivas. Ese mensaje, en el contexto actual de escalada, debe leerse con aún mayor claridad. Y por eso, más allá de los discursos, lo que corresponde es evaluar en qué punto real se encuentran las hostilidades y hacia dónde podrían dirigirse. Unas notas al respecto:
1. De los escenarios que aquí hemos planteado previamente, parece estar materializándose el más disruptivo y escalatorio. En este espacio estimamos como escenario base que, conociendo a Trump y considerando las presiones políticas internas en Estados Unidos, eventualmente buscaría una salida relativamente rápida que le permitiera declarar una victoria y cambiar la conversación. Sin embargo, también advertimos que no todo dependía de Trump. Y que existía otro escenario, de alta probabilidad, en el que la dinámica del conflicto adquiriría una lógica propia, más difícil de contener. Es precisamente ese escenario el que hoy parece estarse desarrollando.
2. Si bien todavía es posible que Trump busque una salida más próxima de lo que muchos anticipan (y al respecto, él sigue declarando que la guerra “terminará muy pronto”), la dinámica escalatoria que estamos observando lo está empujando hacia una trampa de la que, hasta el momento de este escrito, no le resulta sencillo salir. Si decide retirarse —especialmente después de haber exigido la “rendición incondicional” de Irán, o tras la demostración iraní de su capacidad para generar disrupciones de alcance global— la credibilidad de su palabra y su poder disuasivo, podría debilitarse.
3. Hoy, además, la presión para continuar hasta “terminar el trabajo” ya no proviene únicamente de Israel, como ocurría al inicio. Los países del Golfo observan con enorme preocupación la posibilidad de que Washington declare victoria y se retire, dejando tras de sí un escenario caracterizado por: (a) relaciones colapsadas entre Irán y varios de sus vecinos, y (b) fuertes incentivos para que Teherán continúe con actos de sabotaje contra infraestructura civil y energética, así como con intentos de bloquear o restringir el flujo de energía en la región, salvo que reciba garantías de seguridad creíbles, algo que hoy luce complicado.
4. Las alternativas reales para modificar de raíz esas condiciones son extremadamente exigentes. Implicarían que Estados Unidos e Israel logren quebrar de manera definitiva la voluntad de resistencia iraní; o que el gobierno en Teherán colapse o incluso si permanece, esté dispuesto a cooperar con Trump bajo sus términos; o bien, la ejecución de operaciones militares terrestres que consigan, si no tomar el control de Teherán, al menos sí asegurar las aguas y los accesos del Estrecho de Ormuz. Sin embargo, todas estas opciones enfrentan hoy obstáculos de enorme magnitud.
5. La trampa de la que Trump no se puede escapar consiste en que la propia dinámica de la guerra le obliga a escalar haciendo algo que no solo él lleva criticando durante décadas—una intervención de gran escala en Medio Oriente—sino, además de todo, embarcándose en una aventura cuyo éxito no está garantizado.
6. Respecto a la caída del régimen, numerosos reportes de inteligencia —tanto en la región como dentro de la comunidad de seguridad de Estados Unidos— han documentado reiteradamente que las probabilidades de un colapso eran reducidas. No se trata de algo imprevisto. Las estructuras de poder en Irán están ancladas en instituciones autoritarias, sí, pero también profundamente consolidadas, y no dependen de la presencia o ausencia de individuos específicos. Esto no implica que el régimen no esté atravesando un momento de enorme conmoción, ni que su colapso no pueda ocurrir eventualmente. Lo que implica es que la suposición de que un número indeterminado de asesinatos conduciría a un desmantelamiento relativamente simple de esas estructuras era, según esa comunidad de inteligencia, equivocada.
7. Es cierto que, en la medida en que Estados Unidos e Israel continúen escalando las operaciones, y si eventualmente logran reducir la capacidad de Irán para generar la disrupción que estamos observando, podrían disminuir, incluso socavar, los incentivos para seguir resistiendo, abriendo espacio para que sectores del régimen más proclives a negociar ganen terreno. Sin embargo, lo que hasta ahora se observa parece apuntar en sentido contrario. Primero, porque no es la postura pragmática, sino la línea más dura, la que se está fortaleciendo en Teherán. Segundo, porque a Irán le bastan efectos psicológicos, simbólicos y financieros relativamente acotados para impactar políticamente a sus rivales, en particular a Trump, lo que mantiene vigentes los incentivos para sostener su estrategia de resistencia con las herramientas y alianzas que aún conserva.
8. En este contexto, el tema del Estrecho de Ormuz debe analizarse con mayor detalle. Hay varios elementos clave (Rane, 2026):
8a. Irán no necesita cerrar materialmente el estrecho, ni controlar el 100% del tránsito. Le basta con generar una percepción creíble de riesgo. Esto le permite alcanzar un objetivo táctico mucho menos exigente que el control total: impedir que otros lo utilicen con normalidad. Para ello, Teherán requiere el uso eficaz de los misiles que aún posee, así como de minas y drones lanzados desde embarcaciones pequeñas o plataformas móviles en tierra.
8b. Negarle a Irán cualquier nivel de capacidad para emplear drones o misiles desde plataformas móviles u ocultas en un territorio montañoso y con costas irregulares implicaría, en los hechos, una operación terrestre de gran escala por parte de Estados Unidos.
8c. Además, múltiples reportes indican que Irán dispone de entre 6,000 y 8,000 minas navales. Aunque Washington sostiene haber degradado buena parte de la capacidad iraní para desplegarlas, a Teherán le basta con instalar, o incluso solo afirmar que ha instalado algunas de ellas para generar la percepción de riesgo. A ello se suma que las operaciones de desminado son lentas y altamente peligrosas.
8d. Trump ha señalado que Estados Unidos protegerá a los buques que transiten por el estrecho. Esto no es imposible, pero hoy Washington no cuenta con el despliegue naval suficiente para hacerlo a gran escala. Incluso si lo tuviera, la protección individual de embarcaciones es inherentemente ineficiente: requeriría un número masivo de escoltas. Y aun en ese escenario, bastaría un solo impacto, por ejemplo, de un dron, para reinstalar la percepción de inseguridad.
8e. De ahí los llamados de Trump a sus aliados para apoyar en estas labores. Sin embargo, hasta ahora, la mayoría de los países se muestra renuente a asumir los riesgos de involucrarse directamente en esta misión antes de que Washington dé señales claras de contención o desescalada del conflicto.
9. Como resultado de todo lo anterior, la carrera de voluntades que hemos venido describiendo no solo continúa, sino que se acelera.
9a. De un lado está Israel, con muchas menos presiones internas y externas que las que enfrenta Trump (según encuestas, 8 de cada 10 israelíes respaldan esta guerra en contraste con casi 60% de estadounidenses que se le oponen), incentivando la escalada con el objetivo de aprovechar al máximo el momento de debilidad que atraviesa Irán. Netanyahu parece convencido de que el régimen en Teherán no podrá resistir mucho más bajo presión sostenida, y continúa empujando a Washington a mantener la ofensiva.
9b. Del otro lado, Trump parece haber internalizado que sus señales iniciales de desescalada—“estamos muy adelantados en nuestras metas”, “no vamos a necesitar las 4-6 semanas previstas”, o “ya casi terminamos el trabajo”—enviaron el mensaje equivocado, exponiendo su punto más vulnerable: su conocida aversión a una guerra prolongada. Esto terminó por debilitar su posición. En consecuencia, su margen de maniobra se ha reducido, y ha optado por combinar su retórica del “próximo fin de la guerra” con un discurso mucho más escalatorio y acompañarlo con acciones igualmente escalatorias, buscando proyectar la determinación total de Estados Unidos para llegar hasta las últimas consecuencias, aun frente a los costos financieros, económicos y políticos que ello implica. La duración del conflicto dependerá, en buena medida, de la propia tolerancia de Trump a esos costos, en un contexto en el que Irán seguirá elevándolos de manera constante.
9c. Finalmente, esta carrera también estará definida por la voluntad y la capacidad de Irán para sostener su resistencia. Y aquí “resistir” no implica necesariamente mantener el nivel de ataques observado hasta ahora, sino preservar un umbral mínimo de acción suficiente para enviar dos mensajes clave: que el régimen no está colapsando, y que conserva la capacidad de generar disrupciones regionales y globales de forma sostenida durante semanas o incluso meses.
En la medida en que todas las partes sigan considerando que mantener las hostilidades es preferible, y que a través de la presión aún pueden quebrar la voluntad del adversario, el conflicto puede prolongarse considerablemente. O bien, podría terminar de forma abrupta en el momento menos esperado, cuando alguna de esas voluntades simplemente deje de resistir.
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