De la actual guerra en Medio Oriente mucho se estudiará y escribirá en el futuro. Distinguir sus potenciales repercusiones cuando las hostilidades están en pleno desarrollo es complicado: nos falta perspectiva y desconocemos no solo la duración del conflicto, sino también sus resultados finales. Aun así, ya es posible dar dos pasos atrás e intentar observar un plano más amplio. Hoy comparto apenas algunos factores y lecciones que, quienes estudiamos temas de paz y seguridad internacional, podemos empezar a extraer, con el único propósito de dimensionar la relevancia de lo que está ocurriendo.

Tácticas de guerra y errores de cálculo en la era actual

A partir de lo observado desde la última guerra entre Armenia y Azerbaiyán, y posteriormente en Ucrania, e incluso en los enfrentamientos entre Hezbollah e Israel desde 2023, ya conocíamos el papel creciente de los drones y de ciertos tipos de misiles en los conflictos contemporáneos. Sin embargo, la capacidad de Irán para infligir daños mediante estas herramientas, en un entorno claramente asimétrico, fue subestimada. Estados Unidos y sus aliados del Golfo se prepararon principalmente con sistemas como los misiles Patriot (de muy alto costo y abasto limitado) para defenderse de drones iraníes (mucho más baratos y fáciles de producir). No fue sino hasta varias semanas después de iniciada la guerra que se solicitó apoyo a Ucrania para desplegar interceptores más económicos, desarrollados en el contexto de su propio conflicto con Rusia. Pero más allá de derribar los drones una vez lanzados, el reto mayor consiste en impedir su lanzamiento, especialmente cuando las plataformas son móviles y fáciles de ocultar, como ocurre en territorios montañosos o costas irregulares como las de Irán. Este componente, por sí solo, requerirá un examen mucho más profundo y una capacidad de adaptación significativa, pues tiene el potencial de alterar el balance estratégico de una guerra completa.

El poder de la asimetría

Aquí, el factor central consiste en la habilidad que ha mostrado Irán para utilizar herramientas y recursos muy inferiores a las de Estados Unidos e Israel, y aun así elevar los costos de la guerra no solo para esos actores sino a nivel global. Estas herramientas incluyen provocar disrupciones en la energía y sus derivados a nivel mundial, generar un sentimiento generalizado de caos y riesgo, y, con ello, exhibir su determinación para resistir frente a enemigos que le han ocasionado un nivel de destrucción difícil de describir y que han decimado su liderazgo como nunca.

Globalidad, dependencia de recursos y cuellos de botella geopolíticos

Lo anterior se vincula también, como parte de las lecciones, con el grado en que nuestras economías globalizadas e interconectadas dependen hoy de recursos, rutas de abasto, cadenas de suministro, tráfico de datos y posiciones geográficas estratégicas. En ese contexto, se producen cuellos de botella geopolíticos que resultan críticos para el funcionamiento de esas economías, y que otorgan un enorme poder a quien controla esos espacios.

Lo vimos con claridad en el caso de los houthies, un grupo rebelde relativamente pequeño en Yemen y aliado de Irán, que del 2023 al 2025 logró mantener como rehenes a cerca del 15% de la economía global, y aproximadamente 17% del tráfico mundial de datos que atraviesa su zona mediante cables submarinos, en el marco de su confrontación con Israel. Pero el fenómeno no es aislado: también se observa en disputas en esa misma región del Mar Rojo, como las de Sudán o Somalia, así como en las alianzas y la intervención de potencias regionales y globales que compiten por el control de espacios geográficos clave en ese corredor.

El petróleo y el gas

En concreto, la posibilidad de un cierre del Estrecho de Ormuz ha estado sobre la mesa desde hace años, pero tras varias semanas de conflicto, el mundo parece estar despertando a una realidad que no está claro que hubiese sido suficientemente sopesada. En los últimos años, la atención se ha centrado en las disputas por minerales críticos, sus sitios de extracción, el poder de China en su refinación e industrialización, los semiconductores y el grado de dependencia de industrias como la computación, la aeronáutica o la militar respecto a esos insumos. La guerra en Medio Oriente está recordando que, además de todo ello—que sigue siendo cierto—el petróleo y el gas, junto con sus derivados, continúan teniendo un peso determinante en el funcionamiento de esas economías altamente globalizadas.

Es la combinación de estos factores —el peso de la energía, los cuellos de botella geopolíticos y las capacidades de combate asimétrico mediante misiles, drones y minas, todo ello sumado a la arquitectura y capacidad de adaptación del régimen que gobierna el país— lo que otorga a Irán una postura suficiente no solo para rechazar la rendición incondicional que se le exige desde el 28 de febrero, sino incluso para plantear demandas de gran calado como el pago de compensaciones por la guerra. Esto ha dejado a Trump atrapado entre querer y no poder retirarse de las hostilidades que él mismo inició. Todo ello, insisto, a pesar de la enorme destrucción que Irán ha sufrido en términos de su liderazgo, infraestructura civil, energética y militar.

Más allá de la región

Si esta guerra tenía, entre otros objetivos, exhibir la determinación de Estados Unidos para desplegar su vasto poder a pesar de los riesgos, reforzar el valor disuasivo de la palabra de Trump y enviar un mensaje a otros rivales de Washington como Moscú o Beijing, ese propósito deberá ser examinado con detenimiento en el futuro. Hasta ahora, es posible que el mensaje transmitido esté siendo muy distinto al que se pretendía enviar, por decir lo menos.

a. Por lo pronto, podemos hablar ya de Rusia como una de las principales beneficiarias. Basta considerar el alza en los precios de la energía, que proporciona al Kremlin recursos que le eran particularmente necesarios en este momento. A ello se suma la flexibilización de sanciones por parte de Estados Unidos y Europa con el objetivo de ampliar la oferta de petróleo, el posible desabasto de misiles Patriot —indispensables para la defensa del espacio aéreo ucraniano— y, sobre todo, el desplazamiento de la atención internacional: la guerra en Ucrania ha quedado, al menos temporalmente, en segundo plano.

b. Incluso fuera del tema de Ucrania, hay que considerar el efecto negativo que la guerra en Medio Oriente está teniendo sobre las relaciones entre Estados Unidos y Europa. Las amenazas de Trump de retirar a su país de la OTAN erosionan la credibilidad de la alianza y tendrán implicaciones profundas, no solo para la guerra entre Moscú y Kiev, sino también para la guerra de baja intensidad o híbrida que Rusia ha venido desplegando contra varios países europeos.

c. Luego está el factor China, una superpotencia que sin duda resulta impactada negativamente por las alzas y el posible desabasto de energía, y cuyas prioridades pasan por la estabilidad geopolítica que garantice el flujo de las cadenas de suministro que domina. Pero, en un plano más estratégico, China está observando y estudiando con detenimiento las vulnerabilidades estadounidenses: la velocidad con la que Washington está consumiendo proyectiles, misiles defensivos y recursos en una región que, en teoría, es menos prioritaria que el Indo-Pacífico, según ha sido afirmado múltiples veces por funcionarios del Pentágono, en particular el secretario de defensa. Pero en todo caso, para China, resulta más conveniente que EU esté concentrado en otras zonas del mundo y no en la suya. Beijing analiza también los vaivenes en la definición de victoria por parte de Estados Unidos, su inmersión en un conflicto sin una estrategia de salida clara y, ligado a ello, la tolerancia de Trump y su entorno para sostener una guerra prolongada, asumir sus costos económicos y políticos, o bien, si su aversión al conflicto termina influyendo en una eventual decisión de retirarse sin haber obtenido una posición negociadora más favorable frente a Irán que la existente antes de la guerra.

Posibles reconfiguraciones en Medio Oriente

Este punto dependerá en gran medida de lo que ocurra en las próximas semanas: el debilitamiento de Irán y de su eje produciría un escenario muy distinto al que veríamos si el régimen en Teherán logra sobrevivir y consigue que Trump se retire del conflicto declarando victoria, pero sin obtener concesiones sustantivas de quienes queden al frente del país. Las monarquías del Golfo temen que Irán continúe provocando disrupciones al tránsito de energía en la región, o que recurra nuevamente a actores como los houthies para obstaculizar el comercio en el Mar Rojo. Además, si como resultado de la guerra se fortalecen las posturas más duras en Teherán, es previsible un esfuerzo sostenido por reconstruir y robustecer los programas de misiles, drones y, sobre todo, el proyecto nuclear iraní. Habrá que observar también el impacto de la guerra en la percepción de estabilidad del Golfo, el rol debilitado de mediación de países como Omán y Qatar, así como el papel que comienza a desempeñar Pakistán en esa tarea.

El factor Israel

Israel es un país con objetivos estratégicos en parte alineados, pero también claramente distintos a los de Washington. Con una opinión pública mayoritariamente favorable a la guerra actual y una menor preocupación por los efectos sobre los mercados globales o la estabilidad del Golfo, Israel libra un eslabón más de una guerra que considera existencial frente a su principal enemigo y varios de sus aliados. En ese contexto, incluso si Trump decidiera retirarse en este punto, un Israel empoderado habría alcanzado varias de sus metas más relevantes y podría optar por continuar sus operaciones, ya sea intensificando su confrontación con Hezbollah en Líbano o sosteniendo ceses al fuego lo suficientemente frágiles como para mantener campañas de largo plazo, como se observa en los bombardeos recurrentes en Gaza o en el propio Líbano durante periodos de aparente distensión.

Queda corto un texto de esta naturaleza para detallar todos los factores en juego. La intención, en todo caso, ha sido únicamente ofrecer algunas pistas sobre los múltiples efectos de una guerra como la que estamos observando, los cuales, sin duda, requerirán un análisis mucho más profundo en el futuro.

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