Finalmente, y después de 100 años de vida, Henry Kissinger se ha ido. Su figura es, por supuesto, polémica. No me concentro en ello en este momento sino en una reflexión que parte de lo que estoy observando en decenas de textos, discursos y en foros de seguridad globales. Podríamos decir que el pensamiento de Kissinger o, cuando menos, parte de éste, está de alguna manera retornando. La realidad es que nunca se marchó del todo, pero sí estamos viviendo una fase histórica muy distinta a la de las últimas décadas. Por eso vale la pena revisitar algunos de los planteamientos de Kissinger para entender cómo es que éstos están recuperando terreno sin que, al mismo tiempo, podamos estar observando planteamientos alternativos que consigan el impacto suficiente. Lo explico a continuación.

Sin buscar reducir su pensamiento, y solo para efectos de este artículo, podríamos intentar sintetizar la perspectiva geopolítica de Henry Kissinger así:

1. Sustentado en el realismo político, Kissinger sostenía que la política internacional está fundamentada en el poder y en el interés nacional, no en valores o principios morales. Las decisiones políticas se deben basar en la realidad (una realidad cruda en la que los estados compiten y chocan por espacios de poder en todo momento) y no en ideales. Por tanto, los liderazgos deben ser pragmáticos, entender cuándo deben hacer concesiones y negociar, pero también entender en qué momentos se necesita sacrificar los ideales democráticos o los derechos humanos si ello beneficia al interés nacional, medido en términos de poder.

2. La paz, desde esta perspectiva, es entendida como un equilibrio en el que los estados ejercen contrapesos unos contra otros, de lo que resulta el balance y la estabilidad. Ese estado global, el equilibrio de poder, es la forma de evitar los conflictos violentos, bajo un esquema fluido de negociaciones, diplomacia y una coexistencia que incluso hoy reconoce la multipolaridad existente. Este último aspecto, su énfasis en la diplomacia, quizá lo distingue de varios de sus colegas realistas. Pero no su visión de la paz como resultado del balance de poder.

3. Kissinger creía que Estados Unidos tiene una responsabilidad especial en mantener el orden internacional. Ese país debe ser fuerte y activo en la política mundial para evitar que surjan conflictos y guerras. En ese sentido, el ascenso de China es, para Kissinger, el desafío geopolítico más importante del siglo XXI. Estados Unidos y China deben encontrar una manera de cooperar para evitar una confrontación directa, pero esto no es posible de lograr sin asegurar que Washington garantice su fuerza y su poder a nivel global. Por tanto, la estabilidad, nuevamente, resulta del equilibrio. En contraste, si China (u otros) perciben debilidad en Washington, en esa medida el conflicto puede emerger.

Su línea de pensamiento es, en realidad, un eslabón más en una amplia cadena que va desde el realismo clásico hasta teorías neorrealistas más contemporáneas. Lo interesante sin embargo es cómo el curso que tomó la historia, fue cambiando también el sentido de la lectura del entorno internacional.

El “sueño”

Hasta hace muy poco tiempo, la mayor parte de las discusiones globales habían transitado hacia otros rumbos, podríamos decir, más alejados del realismo político. La Guerra Fría había terminado. Las confrontaciones entre los estados se habían reducido considerablemente. Había por supuesto muchos riesgos a la seguridad de los países, pero éstos procedían de otro tipo de amenazas, no de Estados-Nación, o no en su mayor parte.

El mundo, en esencia, se había transformado: había tratados para el control de armas y, sobre todo, la convicción de que había que mantenerlos e incrementarlos. Las instituciones internacionales se habían fortalecido, también el derecho internacional. Los tratados comerciales o incluso las integraciones económicas regionales eran tan solo un ejemplo del potencial de la colaboración entre los estados y las posibilidades de encontrar esquemas en los que todas las partes ganaban. El conflicto violento entre países no era, cuando menos necesariamente, la norma.

Las gráficas y los datos estadísticos, como los publicados en 2015 por Max Roser, un economista de Oxford, o por Steven Pinker de Harvard, demostraban que, tras 600 años de conflictos armados de distinta naturaleza, después de los años 80 y muy notablemente después del 2000, las caídas en las cifras de estos conflictos y en las muertes a causa de ellos, eran brutales. Pinker incluso argumentaba que la disminución en la conflictividad se debía al ascenso de la democracia, el capitalismo, la civilización industrial e instituciones internacionales como la ONU. Además, había muchos otros temas en la agenda. No todo era acerca de la seguridad internacional, pero incluso los temas de seguridad tenían que ser replanteados bajo otros esquemas.

El mundo del 9/11 y la guerra contra el terrorismo no cambiaron en esencia los elementos centrales de esas estadísticas. Las guerras motivadas por el combate a actores no-estatales simplemente reafirmaban que habíamos cambiado de época. Por supuesto que cualquier número de muertes o conflictos armados es lamentable, pero se trataba de fenómenos sustancialmente diferentes. El potencial de destrucción que estuvo en juego durante las dos guerras mundiales o durante la Guerra Fría parecía haber sido desactivado, y había dado pie a otro tipo de confrontaciones más focalizadas, mucho más limitadas; incluso las peores de ellas como las guerras en Siria, en Irak o en Afganistán eran de una naturaleza esencialmente distinta.

A todo ello hay que sumar las nuevas tecnologías de comunicación e interconexión en todo el planeta, las preocupaciones por parte de una sociedad, cada vez más globalizada, por temas relacionados con los derechos humanos y relacionados con las obligaciones de los estados al respecto de la legalidad internacional.

Como resultado, otro tipo de perspectivas teóricas, muy distintas al realismo sostenido por Kissinger, estudiaron el comportamiento de los estados y sus sociedades desde ángulos muy diferentes, incluido el de las “otras” amenazas como las que ahora procedían de actores no-estatales como las organizaciones criminales o terroristas transnacionales

(entre las que la negociación y la “diplomacia” debía ser planteada de forma muy diferente).

El “despertar” tras la intervención rusa en Ucrania

“Fuimos demasiado inocentes”, he escuchado decir a decenas de líderes en estos foros de los que hablo. Es verdad que Rusia ya había invadido Georgia, ya había tomado Crimea y ya había impulsado el conflicto en el este ucraniano. Pero con la intervención de Moscú en Ucrania todo cambió porque, independientemente de que ya ha generando muchas más muertes y heridos que cualquier otro conflicto en décadas si las medimos por día, por semana y por mes (considere que según datos de The Economist, Rusia está perdiendo 900 soldados por día solo en su batalla por tomar Avdiivka), esta invasión ha activado un pesimismo generalizado entre quienes observan el comportamiento de los estados, las relaciones que hay entre ellos, y quienes toman decisiones a partir de esas observaciones.

La lógica detrás de ese pesimismo es más o menos esta:

El mundo siempre fue ese sitio peligroso que ya nos habían descrito las grandes teorías (como el realismo), lo que pasa es que nos cegamos, dice esta forma de pensar. No lo vimos venir.

De acuerdo con la lógica realista, una potencia como Rusia (o cualquier otra) va a privilegiar siempre su interés nacional medido en términos de su seguridad, por encima de cualquier otra motivación, incluso las de carácter económico o financiero (que son desde esta perspectiva, importantes, pero solo en la medida en que contribuyen al poder nacional, y no tienen prioridad por encima de metas geográficas, estratégicas o militares). Para asegurar eso que estima como sus intereses, esa potencia considerará su situación geográfica, su fuerza de combate, su armamento, su capacidad de planeación, despliegue, y sus necesidades de expandir sus posiciones cada vez que lo estime prudente. Las armas nucleares servirán eficazmente como un poderoso disuasor: la prueba actual es que la OTAN ha decidido mantenerse fuera del conflicto directo en Ucrania (más allá de armar y entrenar a los ucranianos) por el temor que provoca el potencial escalatorio planteado por Moscú como amenaza desde el día 1 de su intervención.

Desde esta perspectiva, se trata entonces de un mundo en el que el riesgo es constante, en el que solo los estados que están poderosamente armados podrán asegurar el no ser atacados por otros. Siempre lo fue así, y para esta visión, el asumir que Rusia se iba a doblegar por la amenaza de las sanciones o porque habría valorado otros temas como su interdependencia económica y financiera con Occidente, era absolutamente inocente. Incluso peor, decía por ejemplo el ministro exterior de Letonia en otro foro: el no haber actuado a tiempo contra Moscú, cuando Rusia ya había enviado todas las señales al capturar Crimea en 2014, fue un claro signo de debilidad.

Más aún, en ese entorno de riesgo constante, confiar la defensa o la seguridad propias al derecho internacional o a las instituciones internacionales, puede resultar incluso más peligroso, dice esta forma de pensar, pues se puede caer en el descuido y dejar de invertir

recursos, tiempo y esfuerzos para lo verdaderamente importante: incrementar el poder nacional, definido esencialmente por las capacidades materiales para proyectar fuerza y disuadir a otros de siquiera pensar en atacar. La globalización y otras cuestiones como el prestigio internacional, pueden haber impactado un poco en ese escenario, pero nunca lo suficiente como para cambiar su esencia.

Apenas, en 2022, con una guerra en las fronteras de la OTAN, con el permanente potencial de cruzar esas fronteras y escalar, “estamos despertando”.

Es verdad que, para Kissinger, el uso de la negociación y la diplomacia, deben seguir siendo los pilares que equilibren la disuasión y el ejercicio del poder. Es por ello que, en su visión, Occidente y Ucrania necesitan encontrar un acomodo con Putin, lo que puede implicar concesión de territorios ucranianos a favor de Moscú (cosa que Zelensky le llegó a reprochar). En ese sentido, podríamos decir que muchos líderes y pensadores actuales que acá señalo, dada su reticencia a cualquier clase de concesión, ya han incluso sobrepasado a Kissinger. No obstante, lo que está claramente de moda, es la visión de la paz como estabilidad y balance, producto del equilibrio de poder y ausencia de conflicto. La negociación y la diplomacia son únicamente instrumentos (que operan entre muchos más) para mantener o recuperar ese balance. Pero por encima de todo, está el poder, un poder que necesita ser no solamente incrementado, sino también proyectado.

Ahora bien, el conocer esa lógica de pensamiento, entender las bases del pesimismo del que hablo, en lugar de juzgar lo que provoca miedo o juzgar a las víctimas por ese estado de ansiedad colectiva, debería, en mi humilde opinión, detonar un pensamiento paralelo, justamente considerando dicho pesimismo prevaleciente. No obstante, en ese campo de pensamiento alternativo no parece por ahora estarse construyendo un discurso lo suficientemente creativo y convincente que abogue por una visión distinta; y si acaso en ciertos espacios limitados lo hay, ese pensamiento parece estar siendo fuertemente rebasado.

Quizás la partida de Kissinger es un buen pretexto para retomar esas discusiones.

Instagram: @mauriciomesch

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