Nos encontramos ante un frágil cese al fuego de 15 días en la guerra en Medio Oriente, sin poder afirmar, hasta el momento de este escrito, que las armas se hayan silenciado por completo. Llegan reportes por todas partes: unos aseguran que esta tregua terminará por colapsar; otros sostienen que existen condiciones para mantenerla. ¿De qué depende? Para entenderlo, es necesario revisar la lógica que ha impulsado el cese de hostilidades y evaluar en qué medida los objetivos de cada uno de los actores beligerantes pueden cumplirse mejor con la continuación de la tregua o, en su caso, cuáles son los riesgos de una reanudación de las hostilidades.
La necesidad de Trump
1. Hasta donde sabemos, y de acuerdo ya con múltiples fuentes, Trump estimaba que este conflicto debía durar mucho menos. Según las evaluaciones de varios miembros de su círculo, así como las estimaciones provenientes de Israel, tras la primera ola de ataques y descabezamientos, y especialmente si se asesinaba al Ayatola Alí Khamenei, la probabilidad de que el régimen en Teherán cediera ante la presión (ya fuera por la activación de protestas internas o por el shock, el descontrol y la incapacidad de responder ante los brutales ataques) era muy elevada.
2. Más allá de esos reportes, se puede observar que el propio Pentágono fue sorprendido por la capacidad de Irán para resistir en el tiempo y desplegar sus tácticas de combate asimétrico en múltiples frentes, así como por la facilidad con la que ese país pudo tomar como rehén a la economía global e infligir, con ello, costos políticos altísimos para Trump. Un ejemplo de ello fue la falta de preparación para derribar drones iraníes salvo con misiles Patriot—muy costosos y no simples de restituir—lo que obligó a solicitar apoyo a Ucrania y a desplegar interceptores más económicos hasta varias semanas después de iniciada la guerra, y no antes. Todo esto, sin mencionar la preocupación entre altos mandos militares de que el arsenal estadounidense se estaba agotando con rapidez, y se agotaría aún más si la guerra se prolonga.
3. Con estos factores en mente, y considerando su propia postura frente a las guerras “lejanas, costosas y eternas”, así como el costo político que se está pagando—y que no haría sino aumentar conforme pasaran los días, semanas y meses—Trump comenzó a tejer su estrategia de salida prácticamente desde el inicio del conflicto. Mediante declaraciones como “vamos muy adelantados en nuestros objetivos” o “las capacidades de Irán han sido obliteradas”, o “el régimen ya cambió completamente”, el presidente estadounidense ha buscado, y seguirá buscando, construir esa narrativa de victoria total, lo que en teoría debía permitirle retirarse afirmando que había cumplido sus metas.
4. El problema mayor para ello radicaba en que Irán estaba negando esa salida de manera efectiva. Teherán elevaba sus demandas y exhibía que la guerra había sido incapaz de hacer colapsar al régimen, o de forzarlo a colaborar, o siquiera a flexibilizar las posturas que ya había expresado con claridad desde antes del inicio de las hostilidades. Con ello, Trump no estaba pudiendo hacer otra cosa que escalar, elevar el nivel de presión y amenaza, a fin de conseguir mediante una mayor aplicación de fuerza lo que no había logrado hasta ese momento. Y esto es, precisamente, lo que lo colocaba en una trampa.
5. Es ahí donde podemos insertar la iniciativa de Pakistán: un cese al fuego temporal que permite a Trump confirmar su narrativa de victoria, ofrecer, al menos de manera provisional, la apertura del Estrecho de Ormuz y, con ello, dar oxígeno a la economía global (todo lo que aún está por verse); y, al mismo tiempo, le otorga el tiempo necesario para diseñar su salida de una situación que se le complicó y se prolongó mucho más de lo esperado.
6. Por ello, debemos esperar a un Trump enormemente activo, empujando con toda su energía para que el cese al fuego se mantenga y se extienda, a pesar de los obstáculos que enfrenta y que describo abajo.
La lógica de Irán
1. En la medida en que, para el régimen en Teherán, esta ha sido y es una guerra existencial—y que, por tanto, su objetivo central ha sido resistir y sobrevivir a la mayor amenaza en la historia de la República Islámica—y debido a que dicho régimen está logrando justo eso, sobrevivir, el momento actual es percibido como una victoria que necesita ser estratégicamente consolidada. No bastaría una “victoria” momentánea para, posteriormente, terminar colapsando bajo nuevos escenarios de ataque o amenaza, o bajo la asfixia económica que el país ya padecía desde antes de las hostilidades.
2. Por lo tanto, Teherán busca imponer un costo y extraer réditos de lo que percibe como su victoria de resistencia. Esto se refleja en sus diez puntos o condiciones de negociación, que incluyen, esencialmente, garantías de seguridad; la posibilidad de mantener el enriquecimiento de uranio, aunque sea a niveles y cantidades limitadas; la liberación de sanciones; el acceso a recursos; y la eliminación de cualquier amenaza futura a la supervivencia del régimen.
3. Desde Irán se percibe que las tácticas asimétricas empleadas han sido lo suficientemente eficaces como para agotar la tolerancia de Trump a continuar el conflicto y a seguir pagando costos financieros, económicos y políticos por hacerlo. Por tanto, debemos esperar que, incluso si Teherán decide mostrar cierta flexibilidad respecto a esas demandas, su línea roja será expresada con claridad y firmeza: la supervivencia del régimen debe quedar asegurada y la ecuación disuasiva debe ser restaurada, al grado de dejar claro a cualquier actor que atacarlo implicaría repetir un error de cálculo como el cometido hasta ahora.
4. Considerando lo anterior, el cese al fuego es funcional a Irán solo en la medida en que le acerque a los objetivos señalados, y si esto además garantiza que el país no sufrirá un mayor nivel de destrucción inmediata o futura, por supuesto que seguirá siendo aceptable. Los riesgos están, como es natural, en la posibilidad de tensar la cuerda hasta romperla, especialmente si las demandas se perciben como excesivas. De ello hablamos más adelante. Pero antes, es necesario revisar el factor Israel.
La visión desde Israel
1. Las metas de Israel pueden estar alineadas con las de Trump, pero solo hasta cierto punto. Israel percibe a Irán y a todo el eje de alianzas que ese país ha tejido a lo largo de décadas—que incluye a Hamás, la Jihad Islámica, Hezbollah, las milicias proiraníes en Siria e Irak y los houthies—como una amenaza existencial que, de sobrevivir, seguirá buscando su destrucción. Por tanto, su objetivo central es erradicar, hasta donde le sea posible, la naturaleza misma de esas amenazas.
2. Lo que ocurre en este momento representa, para Israel, una oportunidad histórica. Irán se encontraba ya en su punto de mayor debilidad desde antes de la guerra: su red de alianzas estaba fuertemente erosionada, su economía colapsada y la legitimidad del régimen en uno de sus niveles más bajos en décadas. Pero ahora, después de seis semanas de guerra, el daño ocasionado a la República Islámica es incluso más sustancial. Para Israel, esta oportunidad no puede desaprovecharse; debe llevarse hasta el final, sin importar el tiempo o las consecuencias.
3. A diferencia de Trump, para Israel los costos financieros y energéticos globales, o incluso los costos en términos de opinión pública doméstica en Estados Unidos no son prioritarios frente a su seguridad nacional. Esto separa la racionalidad que mueve a Netanyahu de la que mueve a Trump. El presidente estadounidense busca una estrategia de salida y una narrativa de victoria; Jerusalem busca una victoria material total, no solo contra Irán, sino contra todo su eje de aliados, lo que, por supuesto, incluye a Hezbollah en el Líbano.
4. Habiendo dicho eso, Netanyahu no podría chocar frontalmente con Trump ni oponerse cuando éste le pide disminuir o frenar sus bombardeos, incluso en Líbano. Sin embargo, lo que sí debemos esperar es que Israel hará todo lo posible por evitar terminar con un “mal acuerdo”, entendido como cualquier pacto que permita a Irán reconstruir su proyecto nuclear, de misiles o, en general, sus capacidades ofensivas; o bien, que permita que el eje proiraní mantenga, de alguna forma, la capacidad de amenazar a la población israelí.
5. Esto no significa que Netanyahu vaya a conseguir todo lo que busca, pero sí que intentará acercarse a ello tanto como le sea posible.
Los riesgos
1. Como señalé arriba, la mayor probabilidad es que Trump hará todo cuanto esté en sus manos por salir de la guerra, buscando presentar su narrativa de victoria total y las mejores condiciones posibles dadas las circunstancias actuales (que ya no son las mismas que antes de iniciadas las hostilidades). Sin embargo, este empuje enfrenta enormes retos.
2. El primero radica en la naturaleza de las negociaciones con Irán, en un contexto en el que Teherán se percibe con la capacidad de elevar sus demandas. Esto obligaría a Trump a aceptar menos concesiones que las que ya tenía sobre la mesa el 27 de febrero, antes de iniciar la guerra, y a enfrentar exigencias adicionales por parte de Irán que no estaban contempladas entonces (como, por ejemplo, el cobro de derechos de paso para embarcaciones que crucen el Estrecho de Ormuz).
3. El riesgo mayor está en que, en la medida en que Irán siga percibiendo que puede estirar la cuerda, podría devolver a Trump a la trampa de la escalada. Si se cruzan líneas rojas que, por más flexibles que sean, no son infalibles, Trump se vería obligado a lanzar nuevos ultimátums que esta vez no podría evadir. Por tanto, para que el cese al fuego supere la prueba y se sostenga, los diez puntos que Irán ha planteado deberán ser considerablemente acotados por Teherán, aunque está por verse si ello ocurre.
4. El siguiente riesgo se encuentra del otro lado. Si Trump formula demandas que no alcanzan la línea mínima percibida en Teherán—es decir, garantías reales y tangibles de supervivencia futura para el régimen (lo que incluye compromisos de no agresión y acceso a recursos significativos)—entonces para la República Islámica este seguirá siendo un asunto de supervivencia. En ese escenario, el liderazgo iraní podría preferir retornar a las hostilidades y continuar explotando a sus rehenes: la economía y la energía globales, elevando nuevamente el costo de reanudar el conflicto.
5. Por último, está el riesgo que representa un Israel que se autopercibe con amplio margen de maniobra y con capacidad para seguir aplicando la fuerza (ya sea ahora o más adelante), en la medida en que considere que su seguridad nacional está en juego. En términos simples: es difícil que Israel se sienta obligado por las garantías ofrecidas a Teherán. El único factor que podría imponerse sobre Netanyahu, como lo hemos visto desde el inicio de esta gestión, es Trump, pero incluso así, usualmente el primer ministro israelí consigue convencerlo de sostener la fuerza contra sus rivales.
Los eventos siguen en pleno desarrollo y es demasiado pronto para extraer conclusiones finales. Esto no ha terminado. Por ahora, dejo el texto con estas consideraciones y seguimos atentos a lo que ocurra en los días que vienen.
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