La geopolítica del golpe militar en Myanmar

Mauricio Meschoulam

Los tiempos actuales nos recuerdan a cuando en la Guerra Fría, conflictos locales eran secuestrados por el entorno global

La situación en Myanmar (país también conocido como Birmania) se ha ido complicando. La semana pasada fue la más sangrienta en lo que va del golpe; se calcula que solo el sábado el ejército terminó con la vida de más de 110 manifestantes. Hace poco, en este espacio dedicamos unas líneas para explicar lo que ahí sucede. A partir de ese momento lo que hemos visto en ese país se puede resumir de la siguiente forma: (a) la población ha estado saliendo masivamente a las calles a protestar, (b) el ejército, quien inicialmente se había restringido en su represión, fue probando distintos niveles de fuerza, y, gracias factores internos y externos, ha encontrado que cuenta con un margen de maniobra para escalar esa represión, y (c) el caso de Myanmar parece estarse insertado velozmente en la dinámica existente entre las superpotencias. Unos apuntes al respecto:

(Le dejo el link al artículo previo por si no lo ha leído, pues este es solo un texto de seguimiento https://bit.ly/3ud86Yt)

1. Como recordatorio, el 1 de febrero, unos días antes de que el nuevo parlamento en Myanmar fuera instaurado, el ejército de ese país—conocido por su nombre oficial como el Tatmadaw—decretó un estado de emergencia, aprehendió a la lideresa y Nobel de la Paz, Daw Aung San Suu Kyi (quien fungía como Consejera Estatal), al presidente Win Myint y a varios funcionarios y líderes políticos. En noviembre del 2020, tuvieron lugar las últimas elecciones en ese país en las que el partido de Suu Kyi, la Liga Nacional por la Democracia venció abrumadoramente. La cúpula militar desconoció los resultados y durante semanas indicó que se cometió un fraude masivo. Las negociaciones con el poder civil se rompieron y sobrevino el golpe. Varios de esos líderes políticos permanecen bajo arresto.

2. Desde ese punto, cada semana cientos de miles de personas han salido a las calles a manifestarse, demandando el retorno de la democracia, con las mujeres y los jóvenes jugando un rol crucial.

3. Como expliqué en mi texto previo, en realidad ese ejército que gobernó al país durante cinco décadas, nunca se marchó. El pacto del 2010-2011 mediante el que cedió parte del poder y permitió un cogobierno con los civiles, incluía importantes garantías para el Tatmadaw, una porción asegurada en el parlamento y facilidades para conservar su poder económico. Entre otras cosas, las fuerzas armadas se mantuvieron como las garantes de la “paz y la estabilidad”. Por consiguiente, los manifestantes son percibidos por parte de los militares como criminales, como enemigos del orden y la estabilidad. El uso de la fuerza en su contra, desde su visión, es completamente legítimo.

4. No obstante, a raíz de la relativa apertura política que ocurrió en el país durante la década pasada, ese mismo ejército supo apreciar los beneficios que implicaba tener buenas relaciones con Estados Unidos y otros países occidentales. Washington fue eliminando una a una las sanciones que existían, y el país fue paulatinamente integrándose a la comunidad internacional. Esta reintegración vivió ya sus primeros tropiezos en 2017 con la represión masiva por parte del Tatmadaw contra la minoría étnica musulmana de los Rohingya y las consecuentes críticas de organismos multilaterales y de liderazgos de países occidentales.

En parte por ello, durante los primeros días del golpe actual, la cúpula militar optó por navegar con cuidado, intentando limitar al mínimo la represión contra los manifestantes y fue estimando hasta donde podría llegar sin levantar demasiadas olas a nivel global.

5. En el razonamiento de las decisiones de las fuerzas armadas, probablemente están pesando al menos dos factores relevantes: (a) la pandemia, y (b) la creciente rivalidad de Estados Unidos con China y Rusia.

6. La pandemia es, sin duda, un enorme catalizador de las tensiones que ya venían creciendo entre militares y civiles en Myanmar. Pero lo es también porque el entorno que vive el planeta desde marzo del 2020, tiene a la mayor parte de gobiernos altamente concentrados en sus asuntos internos. En EEUU, además de las distracciones ocasionadas por la crisis sanitaria, la crisis económica, las tensiones raciales, políticas y electorales, hay una larga lista de prioridades para la nueva administración que hasta antes del 1 de febrero no incluían a Myanmar. Las circunstancias para llevar a cabo un golpe son más favorables cuando el planeta está atendiendo otros asuntos.

7. A lo anterior hay que sumar la competencia entre Washington y sus rivales China y Rusia. Los tiempos actuales, con todas sus diferencias, nos recuerdan a ciertos momentos de la Guerra Fría en los que los conflictos locales son secuestrados por el entorno global. Los vacíos son ferozmente aprovechados por las superpotencias rivales, en una carrera eterna por zonas de influencia. En los cálculos del Tatmadaw se encuentra, con toda seguridad, este tipo de valoraciones.

8. A pesar de que esa cúpula militar desde hace mucho tiempo ha sido muy cautelosa en el manejo de sus relaciones con China, un titán regional en quien no siempre confía, en estos tiempos en que Beijing tiene puesta la mira sobre toda su zona para desarrollar sus grandes proyectos financieros y de infraestructura, estamos viendo ya señales que indican que el Tatmadaw está obteniendo de Xi Jinping los respaldos que necesita.

9. Paralelamente, esta misma semana, justo en los días en que más manifestantes han muerto por la represión a manos del Tatmadaw, el viceministro de defensa ruso llevó a cabo una visita a Myanmar con motivo del desfile por el Día del Ejército. Aunque el Kremlin expresó preocupación por el creciente número de civiles muertos, las señales de respaldo por parte de Moscú fueron adecuadamente comunicadas. El líder militar de Myanmar, Min Aung Hlaing, declaró que Rusia es una “verdadera amiga”.

10. Considerando lo anterior, Biden enfrenta una decisión complicada. Por un lado, su administración afirma estar comprometida con la defensa de los derechos humanos a nivel global. Pero por el otro lado, la Casa Blanca comprende los riesgos geopolíticos que conllevaría alejar a Myanmar demasiado de su órbita. Como resultado, Washington ha venido respondiendo tan solo con medidas limitadas como suspender el diálogo de comercio bilateral EEUU-Myanmar, o sancionar a los dos hijos adultos del líder Min Aung Hlaing.

11. Esta compleja dinámica internacional parece estar teniendo ya un considerable efecto en las percepciones del liderazgo militar birmano. El Tatmadaw se está sintiendo cada vez más fuerte y está estimando que, a pesar de las declaraciones y de las sanciones relativamente leves que se le han impuesto, cuenta con un margen de maniobra que le ha ido permitiendo escalar su nivel de represión.

12. En los hechos esto está resultando en que, a medida que han pasado las semanas, son cada vez más las personas que están pagando con su vida el salir a la calle a protestar. Adicionalmente, hay cada vez más activistas presos, cortes al internet y periodistas reprimidos, sin demasiadas consecuencias internacionales.

13. Esto a la vez—como de manual—está teniendo ya un efecto de radicalización en una parte de la sociedad. A mediados de marzo, vimos la ira popular canalizarse contra personas y empresas chinas a causa del apoyo que se percibe Beijing brinda al Tatmadaw. Decenas de empresas chinas (también taiwanesas y japonesas) fueron incendiadas y saqueadas por manifestantes. El gobierno chino tuvo que emitir una alerta para que sus connacionales evacúen el país. Más aún, medios como The Strait Times reportan que algunos grupos de manifestantes están ya recibiendo entrenamiento en tácticas de guerrilla para combatir contra el ejército.

14. Por último, hay que considerar que en Myanmar hay grupos étnicos que ya se enfrentaban al ejército desde tiempo atrás y que ahora podrían sumarse a las revueltas que se están empezando a gestar.

15. Lo anterior arroja un complejo coctel que podría alimentar la violencia durante los años que siguen: (a) un ejército con el control del país ejerciendo la represión contra civiles y actores políticos locales, (b) una dinámica internacional que incluye respaldos ante esas circunstancias y, como mucho, reacciones cautelosas e ineficaces para disuadir a la cúpula militar de comportarse como hasta ahora, (c) por tanto, un escalamiento en el monto de fuerza aplicada contra esos actores políticos civiles, (d) la radicalización por parte de grupos de personas quienes concluyen que la única alternativa que les queda es el uso de la violencia contra el poder militar, y (e) la confluencia de añejos agravios locales dispersos por todo el territorio que ahora podrían sumarse a esta conflictiva en gestación.

Por supuesto, todavía puede pasar que el poder militar triunfe sin mayores problemas y termine por sofocar cualquier atisbo de protesta o rebelión. Esto ya ha ocurrido en Myanmar. No una, sino muchas veces. Lo que pasa es que tal vez mucha gente pensaba que en ese país eso estaba ya superado, y que estas situaciones ya no sucedían con la velocidad y facilidad con las que están teniendo lugar ante nuestros ojos.

 

Twitter: @maurimm
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