Acabo de recibir un reporte emitido por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS), un importante centro de estudios en Israel. El reporte habla acerca de las metas de ese país en cuanto a la guerra en Gaza y evalúa las estrategias que se han implementado para lograr esas metas. Paralelamente también recibí un texto acerca de la estrategia narrativa que está tejiendo Hezbollah y cómo espera movilizar “la ira de Occidente contra Israel”. Al margen de las legítimas opiniones personales que se puedan tener acerca de toda esta conflictiva o de las partes beligerantes, el análisis frío de este tipo de discursos es un paso indispensable en el campo de los estudios de paz y seguridad. El estudio de las distintas formas de violencia, los contextos que las facilitan y la forma como los estados responden ante esas violencias (revisar por ejemplo el Índice Global de Terrorismo del IEP), no buscan justificar o ignorar sus consecuencias humanas. Al revés, entender los factores psicológicos, simbólicos, políticos o narrativos que se encuentran detrás de esas conductas son pasos indispensables para aprender y quizás prevenir este tipo de situaciones en el futuro. Dedico las siguientes líneas a entrelazar los dos textos que refiero, intentando explicar algunas de las omisiones de la narrativa militar y los riesgos en los que esa línea discursiva incurre.

1. Desde la perspectiva estrictamente militar, el shock recibido por Israel tras los atentados fue y está siendo leído como una amenaza existencial y un tema seguridad nacional al más alto nivel. La razón de ello, como nos explica el informe del INSS, no es porque Hamás o la Jihad Islámica por sí solas tengan la capacidad de destruir a ese país (a pesar de que en sus metas así lo expresen), sino por el mensaje de debilidad y vulnerabilidad que Israel proyectó con esos sucesos hacia todos sus otros enemigos regionales, especialmente Irán y sus aliados.

2. De lo que estamos hablando, siguiendo esa misma lectura, es de la incapacidad de Israel para predecir y prevenir (a) el envío de 2,500 misiles contra su población civil en el curso de dos horas el día 7 de octubre del 23, (b) la distracción que esos miles de misiles ocasionó, lo que hizo creer al ejército de ese país que ese era el ataque mayor, (c) la penetración de varios miles de terroristas al territorio israelí para cometer una serie de masacres y ataques contra civiles y militares, (d) el secuestro y extracción del territorio israelí de más de 240 personas, lo que incluyó a decenas de civiles nacionales de ese y otros países. Todo lo anterior bajo un contexto político en Israel de altísima polarización y división interna, protestas de cientos de miles de ciudadanos, un choque frontal de los poderes del país, y la politización de los temas de seguridad.

3. Paralelamente la milicia libanesa Hezbollah aprovechaba esa situación y comenzó a atacar posiciones israelíes desde Líbano. El temor mayor justo en esa fecha, mientras el ejército israelí contenía la amenaza en el sur, no era solamente que los terroristas pudiesen penetrar más poblados israelíes en otras zonas, sino que Irán y su eje de milicias aliadas (justo como Hezbollah) leyeran esta serie de eventos como un momento ideal para dar un golpe fatal a su enemigo mayor.

4. Combinando esa serie de factores, en la lectura del informe del INSS, las metas que incluyen el desmantelamiento militar y político de Hamás—y con ello el envío de un mensaje de fuerza y disuasión hacia Irán y hacia todos los aliados de Irán—son metas adecuadas, tienen carácter de existencial, y como prioridad de seguridad nacional no pueden subordinarse a cualquier otra clase de objetivos o consideraciones.

5. Más aún, la inteligencia israelí sabía acerca de la infraestructura militar de Hamás construida a lo largo de años en el seno de zonas densamente pobladas, pero la dimensión, extensión, y sofisticación de la red subterránea de cientos de kilómetros de túneles por debajo de esas zonas densamente pobladas sigue sorprendiendo a Israel todos los días. Destruir ese tamaño de infraestructura, explica el texto, a través de tácticas limitadas, o peor aún, dejarla parcialmente funcional, no son opciones viables desde esta perspectiva militar que relato.

6. Como era ya evidente desde mucho antes de esta confrontación (lean los análisis que acá hemos escrito a lo largo de 15 años), bajo esas condiciones, Hamás esperaba que Israel respondiera precisamente como lo hizo. Se sabía que el monto de víctimas civiles crecería dramáticamente de manera diaria, lo que solo se incrementaría mientras el conflicto siguiese escalando. Esto, naturalmente, vulneraría la posición política de Israel, incluso entre sus mayores aliados, convirtiéndose narrativamente ahora ya no en la víctima de los atentados terroristas, sino en los victimarios de una tragedia humanitaria de proporciones mayores. Lo expresaron con brutal crudeza varios líderes de Hamás entrevistados desde octubre pasado, quienes incluso indicaron que esas víctimas civiles eran “mártires” que morían por un propósito mayor pues su objetivo era “conseguir un estado de guerra permanente” que dañara a Israel irreparablemente. Lo dice también el líder de Hamás en Gaza, Sinwar, en su comunicación con el liderazgo político de Hamás en Qatar: “No se preocupen, tenemos a los israelíes exactamente en donde los queremos” pues mientras más aumente la cantidad de civiles muertos, indica Sinwar, se agrega presión a Israel para parar la guerra (WSJ, 2024).

7. Siguiendo esa misma lógica, indica el reporte del INSS, detener la guerra ahora implicaría que Hamás sobreviviría, se podría reorganizar, eventualmente recuperaría capacidades operativas e incluso políticas. Estas consideraciones son reforzadas por las declaraciones de Hamás cuando indican que el 7 de octubre apenas fue el principio. Que repetirán esos atentados “una y otra vez” hasta lograr la destrucción de Israel. Por ello, un cese al fuego “incondicional” que no considere el fin de Hamás resulta, en esta narrativa, completamente impensable.

8. En esa narrativa en la que la seguridad y el interés nacional están en juego, las consideraciones humanitarias o jurídicas, parecen entrar en un segundo plano toda vez que de lo que se habla es de la supervivencia misma del país ante una amenaza existencial.

9. No obstante, la parte que el texto deja de observar, y muy en línea diría yo con otros análisis y conversaciones que he sostenido al respecto, es el componente narrativo, simbólico y político también como factores que pueden operar en contra de los intereses y la seguridad nacional de un estado. Porque más allá de que la investigación acerca del terrorismo muestra que esa clase de violencia no resulta eficazmente combatida mediante estrategias frontales y masivas, lo que estamos apreciando es una especie de lección aprendida por otros enemigos de Israel, lección que no está en el campo de lo material, sino en el inmaterial.

10. Hezbollah está viendo una gran oportunidad para erosionar la legitimidad de Israel en Occidente, y así asestar “un golpe fatal” a la entidad sionista, según expresó su líder Hassan Nasrallah (Daoud, 2024). La estrategia consiste en insertar las metas de Hezbollah, tal y como lo ha hecho eficazmente Hamás, en el lenguaje de la lucha de resistencia en contra de un “estado de colonos blancos europeos racistas”, dentro del cual, cualquier actor que pelea en contra de ese estado, forma parte de la resistencia global contra el colonialismo, el racismo y la discriminación. El ministro exterior de Irán, Hossein Amir-Abdollahian, también indicó que todas las fuerzas del “Eje de Resistencia” (lo que incluye a Hamás, la Jihad Islámica y Hezbollah, entre muchos más) deben aprovechar el “creciente odio hacia los israelíes” en el mundo. “Todavía necesitamos tiempo hasta llegar a la etapa del golpe mortal”, dijo Nasrallah, “pero mientras tanto estamos ganando”. Una encuesta de hace dos meses de Harvard/Harris encontró que 51% de jóvenes en EU respalda “que Israel sea eliminado y el territorio se otorgue a Hamás y a los palestinos”, entre otros hallazgos que reflejan una importante opinión antiisraelí.

11. La pregunta entonces es en qué momento ese tipo de factores se convierten también en temas de seguridad nacional para Israel. Ya no solo porque hoy crece el sector en Estados Unidos—el sostén diplomático y la principal fuente de armamento de Israel—que demanda a su gobierno dejar de proveer armas a ese estado (y vale la pena estudiar el caso ucraniano para comprender cómo es que la disminución en el respaldo estadounidense llega directo y sin escalas al terreno de las hostilidades). Sino porque además de eso, esas organizaciones que se pretende combatir, llámense Hamás, Jihad islámica o Hezbollah, terminan cada vez más legitimadas y políticamente más fuertes (algo que ya documentan encuestas tanto entre la población palestina como en muchos otros países de la región y de fuera de la región).

12. Este último punto es, naturalmente, secundario, desde la óptica del reporte del INSS que mencioné. Primero está la consideración de garantizar la seguridad del país y evitar que pueda seguir siendo bombardeado o penetrado. No obstante, se trata de discusiones y dilemas enormemente complejos puesto que el optar por esa perspectiva lejos de erradicar, lo que ocasiona es hacer crecer políticamente al enemigo que pretendes estar combatiendo. Esto es lo que muestra la investigación y amplia experiencia histórica al respecto.

Si bien estamos ante una dimensión e intensidad inusitada de la violencia en esa zona, la verdad es que no hablamos de una discusión que no se había dado anteriormente. Esa es quizás la parte más triste. Sabiendo en lo que todo esto se podía convertir, una serie de actores cruciales tanto en la región como fuera de ella, frustrados ante la incapacidad de llegar a soluciones, eligieron simplemente “administrar” el conflicto. Hoy, a pesar de la guerra, y como lo expliqué hace unos días, hay cinco procesos de negociación en curso. Lo único que podemos esperar es que, en esta ocasión, estos procesos sean tomados con más seriedad que en el pasado.

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