Irán mueve sus fichas para negociar con Biden: la conexión afgana

Mauricio Meschoulam

Irán se encontraría a solo un mes de tener suficiente uranio enriquecido como para armar una bomba atómica si así lo decide hacer, según indica la información recabada por la Agencia Internacional para la Energía Atómica (AIEA) esta semana. Esto representa el punto de mayor progreso de su proyecto atómico desde 2015, cuando Rohani firmó el acuerdo nuclear con Estados Unidos y otras potencias. Hay que recordar que Trump se retiró de ese pacto en 2018, reactivó las sanciones en contra de Teherán e impuso nuevas, lo que tiene a la economía iraní en el piso. Intentando contrarrestar la presión, a partir del 2019, Irán ha ido escalonando su incumplimiento del convenio, lo que incluye el enriquecimiento de uranio cada vez en mayores cantidades y en más altos grados de pureza. Biden ha intentado aproximarse a esta situación con un enfoque distinto y desde hace meses ha estado negociando indirectamente con Teherán para revivir el pacto nuclear. Sin embargo, el tiempo se vino encima. Antes de alcanzar un nuevo acuerdo, tomó posesión en Teherán un nuevo presidente, Ebrahim Raisi, cuyas posturas son considerablemente más duras que las de su antecesor. Además del tiempo, a Biden se le vino encima Afganistán. Todo ello termina conectándose. En las siguientes líneas explicamos por qué.

Primero, estos son los datos que tenemos: el martes pasado, la AIEA indicó que, en incumplimiento al acuerdo nuclear del 2015, Irán se ha mantenido acumulando uranio altamente enriquecido, el cual podría ser usado para armar bombas nucleares en caso de que Teherán decidiera hacerlo. Además de ello, la AIEA acusó a Irán de fallar en responder a las indagatorias en temas que incluyen cuatro ubicaciones no declaradas por ese país, en las que se sospecha que podría haber actividad nuclear.

Segundo, el mismo martes, el New York Times reportó que, con la información recabada por la AIEA, Irán se encontraría a solo un mes de tener suficiente cantidad de uranio al grado de enriquecimiento requerido para una primera bomba atómica, a tres meses para una segunda, y a cinco para una tercera. Esto no significa que la decisión de construir una bomba haya sido tomada por Teherán. Tampoco significa que el lograrlo sería inmediato. Hay muchas otras fases que deberían cumplirse para conseguir ensamblar un arma nuclear que pueda ser utilizable y enviable. Estas fases podrían tomar meses o incluso años. Con todo, los datos deben ser leídos dentro de un contexto más amplio en los que Irán está buscando ejercer cada vez más presión sobre Biden para revivir el pacto, probablemente bajo incluso mejores condiciones para Teherán que las que había en 2018 cuando Trump se retiró del mismo.

Tercero, nada de esto es enteramente sorprendente. Cuando en 2018, Trump decide abandonar el acuerdo y reactivar las sanciones, Teherán se mantuvo cumpliendo su parte de ese convenio, y dio un año de tiempo para que las otras partes firmantes, especialmente Francia, RU y Alemania, consiguieran moderar las posturas de Washington. Pero todos esos esfuerzos fracasaron. Así, en 2019, Irán advirtió que, dado que EEUU había abandonado sus compromisos, Teherán también, de manera paulatina, iría escalando sus niveles de incumplimiento del pacto. Ese proceso ha continuado avanzando sin parar. Los últimos reportes simplemente lo confirman e indican que, de hecho, probablemente ese incumplimiento se está acelerando.

Cuarto, la nueva administración en Washington llevaba ya varias rondas de conversaciones indirectas con Teherán en Viena. La Casa Blanca estaba buscando sellar su reingreso al acuerdo antes de que el presidente Rohani dejara el cargo, pero las negociaciones se estancaron entre mayo y junio. Vinieron las elecciones en Irán. En agosto, tomó posesión Raisi, un mandatario de línea más dura y con una mucho mayor cercanía con el líder supremo, el Ayatola Alí Khamenei, quien tiene la última palabra de cualquier acuerdo. El nuevo gobierno en Teherán ha dicho que necesita tiempo para reanudar las conversaciones, lo que refleja que, a pesar de la dramática situación económica en Irán y la urgencia para aliviarle de las duras sanciones impuestas por Washington, Raisi no solo parece no tener prisa, sino que está sacando provecho del panorama más amplio que observa.

Quinto, también esta misma semana, Teherán nombró como viceministro exterior a Ali Bagheri Kani, un diplomático de línea dura, en reemplazo del viceministro Araqchi, bastante más pragmático, quien fuera el negociador en jefe de la delegación iraní cuando se firmó el acuerdo del 2015 con Obama. Bagheri, en cambio, formó parte del equipo de negociaciones del expresidente Ahmadinejad del 2007 al 2013, conocido por su hostilidad en su trato con Occidente. Bagheri es, además, familiar del Ayatola Khamenei.

Y sexto, esto ocurre de manera paralela al retiro estadounidense de Afganistán lo que genera tanto efectos a la geopolítica regional—como lo es el vacío que deja EEUU, y el activo papel que el propio Irán está emprendiendo en la nueva fase con su país fronterizo—como también, un impacto psicológico, por el mensaje que Washington ha proyectado: Estados Unidos parece estar tan desgastado por sus intervenciones internacionales, que prefirió abandonar una ubicación estratégica en Asia Central, pero además, como si exhibiera toda su premura por retirarse, fue altamente negligente en ese abandono, incapaz de prever la velocidad de los eventos, e ineficiente para desarrollar estrategias preventivas o alternativas que facilitaran un desenlace diferente.

La conclusión que se está tomando en Irán y en muchos otros países es que, la llamada “opción militar” para el proyecto nuclear iraní, no está, al menos hoy por hoy, sobre la mesa. Esta Casa Blanca, según se está interpretando, recién salida de Afganistán, no estaría dispuesta a una nueva escalada en esa zona del mundo, cuando tiene otras prioridades mucho más serias.

Este conjunto de factores, en la visión de Teherán, le otorga un amplio margen de maniobra para negociar con Washington bajo condiciones para Irán que, repito, pueden ser incluso mejores que las que tenía en el acuerdo del 2015. Justo por ello, porque la evaluación era que Teherán estaba exigiendo demasiado, Biden no había estado dispuesto a sellar el acuerdo en las rondas anteriores que terminaron entre mayo y junio.

Pero como dije, el tiempo se vino encima. Ahora mismo, en Teherán hay un nuevo presidente que está comunicando que no tiene prisa alguna, y que ha leído los últimos eventos de Afganistán como parte del desinterés de Biden en toda la región, ante el imperativo de ya poderse concentrar exclusivamente en sus mayores batallas: China y Rusia. Mientras tanto, el proyecto nuclear iraní sigue avanzando de manera acelerada. En pocas palabras, la urgencia—el menos, la urgencia que se percibe en el ambiente—hoy parece existir más en Washington que en Teherán. Bajo esas condiciones, no nos sorprenda que ahora sí, las conversaciones empiecen a caminar, con la promesa de Biden de que este será apenas un primer paso, y que posteriormente se intentará negociar con Irán otros temas que, por lo pronto, se quedarán pendientes. Si esto sucede en las próximas semanas o meses, ya hablaremos de las implicaciones que ello podría detonar, incluidas las potenciales respuestas de los rivales de Irán. Por ahora, Teherán ha movido sus piezas; habrá que esperar las decisiones que se tomen en Washington y en Viena.

 

Analista internacional.
Twitter: @maurimm
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