El jueves de madrugada Irán cerró su espacio aéreo. Desde distintas partes del mundo comenzaron a circular reportes que apuntaban a que un ataque estadounidense era inminente. Varios países ordenaron la evacuación de su personal diplomático y diversas aerolíneas suspendieron vuelos en la región. Estados Unidos empezó a reposicionar a buena parte de su personal militar desplegado en distintas bases de la zona. Al final, Trump optó por no lanzar la ofensiva, luego de que fue informado de los complejos escenarios que se podrían suscitar, sumado a que varios gobiernos de la región pidieron al presidente posponer dichos ataques. Adicionalmente, el régimen en Teherán canceló las ejecuciones públicas que había dispuesto, una medida que desde hace años suele aparecer cuando estallan manifestaciones masivas en el país. Hasta el momento en que termino de escribir este texto, no parece haber planes de que Washington se disponga a atacar, aunque ello podría cambiar en cualquier momento si Trump decide hacerlo. Tampoco hay señales claras de que las manifestaciones —de las que hablamos hace unos días en este espacio— retomen el ímpetu que habían alcanzado, pero eso también podría modificarse en los días o semanas siguientes, dado que no hay nada de fondo resuelto. Aun así, vale la pena pensar más allá de la coyuntura inmediata y considerar algunos de los escenarios posibles tras lo que ha sido, probablemente, el momento de mayor fragilidad del régimen en Teherán.

Para hacerlo, echo mano de lo que ha ocurrido en otros países, tanto de la región como fuera de ella. Este ejercicio, desde luego, corre el riesgo de simplificar una realidad mucho más compleja, no solo porque Irán no es inmediatamente comparable con otros casos, sino también porque dejamos fuera muchos ejemplos relevantes. Aun así, resulta útil observar lo sucedido en los países que señalo, pues ello permite iluminar algunas de las posibilidades que podrían desarrollarse, siempre bajo las circunstancias específicas de Irán.

1. Queda claro que el escenario más deseable para buena parte de la sociedad iraní sería una apertura democrática no inducida por actores externos, que permitiera no solo aliviar su situación económica, sino también institucionalizar un sistema de pesos y contrapesos, con elecciones libres y justas, así como mecanismos de rendición de cuentas y respeto a los derechos de todas las personas. Debe decirse, lamentablemente, que, si bien este escenario es posible, no es el más probable bajo las circunstancias que hoy observamos. ¿Podría esto cambiar? Sin duda. Pero aún no estamos ahí, y ello nos obliga a poner sobre la mesa otros escenarios plausibles.

2. Escenario Egipto: tres golpes disfrazados de revolución. Tras las protestas masivas de 2011, los militares comprendieron que el dictador Mubarak ya no era funcional a los intereses de supervivencia del régimen. Lo que hicieron entonces fue colocarse “del lado” de la revolución: retiraron a Mubarak de la silla y lo aprehendieron, al tiempo que conservaron el control de lo que habría de venir. Ese fue el primer golpe. Permitieron elecciones parlamentarias, pero cuando advirtieron que la Hermandad Musulmana había obtenido la mayoría, lanzaron un segundo golpe y sacaron al parlamento de la escena. Para ello contaron con un poder judicial alineado, que validó la medida, aunque permitieron que siguieran adelante las elecciones presidenciales. No obstante, poco después concretaron un tercer golpe de Estado contra el presidente democráticamente electo, Mohamed Morsi. El resultado, tras la llamada “primavera egipcia” y la “revolución del Facebook”, es que, luego de varios ajustes y reacomodos, las mismas fuerzas conservaron el poder.

3. Escenario Myanmar: el cogobierno temporal. En este caso, las fuerzas que controlan las estructuras del poder político y económico del país deciden abrir espacios a actores democráticos, una fórmula que funciona durante varios años, aproximadamente una década. Para hacerlo posible, los militares conservaron cuotas de poder político y privilegios intocables, mientras que las fuerzas democráticas estimaron que era posible aprovechar los espacios que se abrían y utilizarlos para crecer. La fórmula deja de funcionar cuando esos actores democráticos, en una lógica de empoderamiento, consideran que ha llegado el momento de tocar los privilegios de la élite militar. En ese punto, la élite se percibe amenazada, activa un golpe de Estado, proscribe al partido en el poder y a sus liderazgos —incluida la Nobel Aung San Suu Kyi— y procede a su arresto. Tras protestas masivas, el escenario Myanmar deriva en una cruenta guerra civil de la que, hasta el día de hoy, el país no ha logrado salir.

4. Escenario Siria: de las protestas a la guerra civil, y de la guerra civil al colapso del régimen. El caso sirio es, por supuesto, extraordinariamente complejo. Aquí lo seguimos desde el primer día de las protestas masivas de 2011. El régimen optó por reprimirlas de manera brutal y, como en Irán, disparar directamente contra los manifestantes. Se produjeron algunas deserciones dentro de las fuerzas armadas, pero no en una magnitud suficiente como para provocar la caída del régimen. Esas deserciones, sin embargo, se sumaron a una amplia franja de la sociedad que decidió armarse y rebelarse. A partir de ahí, el escenario se volvió cada vez más enredado: a la rebelión se incorporaron grupos islamistas militantes locales, después organizaciones internacionales —como Al Qaeda y más tarde ISIS—, así como potencias regionales y globales. La guerra civil se prolongó durante años; el país quedó fragmentado, atrapado entre redes de corrupción, crimen organizado y estructuras de control político que persistieron hasta el colapso del régimen de Assad en 2024. El resultado de todo ello, tras quince años, es una acumulación de retos y posibilidades extremadamente difíciles de sintetizar en pocas líneas, pero no aún la democratización que muchos imaginaron al inicio.

5. Escenario Sudán: de la caída del dictador al conflicto permanente. Las confusiones parten, en buena medida, de asumir que las dictaduras dependen de un solo hombre y que su caída abre automáticamente la puerta a la democracia, cuando en realidad lo que suele sobrevivir son estructuras profundas de poder. En Sudán, la salida de Omar al-Bashir no desmanteló ese entramado, sino que, tras un breve período de gobierno civil, dio paso a una pugna entre dos actores surgidos del propio régimen —el ejército de Abdel Fatah al-Burhan y las Fuerzas de Apoyo Rápido de Mohammed Hamdan. Tras años de coexistencia tensa, negociaciones fallidas y golpes de Estado, esos dos actores terminan enfrentándose abiertamente desde 2023. En medio quedó una sociedad civil movilizada y brutalmente reprimida, obligada a negociar con actores que nunca abandonaron realmente el poder. La guerra resultante se ha internacionalizado, alimentada por rivalidades regionales —en particular entre Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos— y por economías de guerra cada vez más consolidadas, mientras el país se fragmenta territorialmente y la transición democrática desaparece del horizonte.

6. Escenario Libia: de la intervención internacional a la guerra civil. Este es uno de los casos en los que, con una justificación humanitaria y el aval de la ONU, se orquesta una intervención internacional encabezada por países occidentales y aliados regionales en contra del dictador Gadhafi. Los ataques aéreos resultaron eficaces para detener sus acciones contra los manifestantes y para catalizar el colapso del gobierno. El problema es que, una vez eliminado el dictador, todo quedó a la deriva, incluido su vasto arsenal. Milicias, clanes y antiguos colaboradores militares del régimen conservaron cuotas de poder que comenzaron a disputar mediante las armas. No hay espacio aquí para detallar lo que siguió a esta guerra civil; baste decir que hoy Libia cuenta con dos gobiernos rivales, respaldados por apoyos militares e internacionales distintos, y opera bajo una profunda fragmentación territorial, económica y política, con brotes recurrentes de violencia y amenazas constantes de reactivar fuegos que se creían apagados.

7. Escenario Irán: resiliencia, adaptación y resistencia del régimen. Este escenario merece un análisis particularmente cuidadoso, pues incluso hoy, después de todo lo ocurrido en las últimas semanas, podría decirse que es el más probable. Varios factores ayudan a explicarlo. Primero, las protestas masivas no son un fenómeno excepcional en Irán: los ciclos más importantes ocurrieron en 2009, 2017, 2019 y 2022, y en todos ellos el régimen encontró la forma de sofocar la movilización y seguir adelante. Segundo, estos episodios han generado una acumulación de aprendizajes que, sin duda, las Guardias Revolucionarias Islámicas están hoy poniendo en práctica. Tercero, para la sociedad que se manifiesta, ello implica la necesidad de sostener la protesta durante periodos mucho más largos de lo que sería necesario en otros contextos, algo que, en medio de la represión masiva, resulta extremadamente difícil. Cuarto, a diferencia de otros casos mencionados, Irán cuenta con instituciones reales y bien cimentadas; algunas son electas por voto popular, aunque otras no, y la arquitectura del sistema está diseñada para conservar el poder, de modo que no bastaría con eliminar o deponer una sola pieza —ni siquiera al Ayatola—, sino que tendría que darse una sincronía de factores capaz de deshacer las densas redes que entrelazan lo político, lo económico y lo militar. Finalmente, se trata de un sistema en el que demasiados actores son cómplices de esas redes de poder, lo que los incentiva a respaldar cualquier acción que contribuya a su propia supervivencia, sin importar los costos que ello implique.

En síntesis, el escenario de supervivencia del régimen sigue siendo, de todos, el más probable. Dicho esto, y a la luz de lo ocurrido en las últimas semanas, es necesario incorporar algunos elementos adicionales. Primero, con los ataques estadounidenses suspendidos o pospuestos, y bajo el compromiso de que el régimen “ya no asesinará manifestantes”, podría reproducirse el incentivo para que la sociedad vuelva a las calles y el movimiento recupere fuerza. Segundo, los ataques por parte de Estados Unidos o de Israel no deben descartarse: esto podría ocurrir en el corto plazo o más adelante. Tercero, los factores políticos, económicos y sociales de fondo que han detonado protestas masivas durante tantos años siguen intactos; en ese sentido, al final del camino, el régimen no hace sino comprar tiempo de cara al próximo ciclo de movilización social.

Precisamente por ello, los otros escenarios también deben mantenerse sobre la mesa. En algunos contextos, el régimen opta por sobrevivir ofreciendo concesiones y una mayor apertura a la sociedad, pero manteniendo bajo su control las estructuras fundamentales del poder. Estos escenarios también tienen una probabilidad elevada. Otros, más disruptivos —que derivan en choques internos o incluso en una guerra civil—, son igualmente posibles, aunque por ahora no parecen los más probables.

Las principales lecciones que arrojan los casos analizados son claras: (a) existen múltiples formas en las que un régimen puede persistir y adaptarse para que, parafraseando al Gattopardo, todo cambie para que todo siga igual; (b) cuando las fuerzas democráticas avanzan y deciden tocar los privilegios de las estructuras de poder que han sobrevivido, el proceso se complica de nuevo; y (c) las intervenciones internacionales no ocurren por motivos democráticos o morales, y con frecuencia tampoco terminan bien.

La clave, en última instancia, está en observar con atención la evolución de los acontecimientos en los próximos días, incluidas las decisiones que tome Trump al respecto. Si Washington opta por aceptar un esquema de negociación que derive en un alivio de las sanciones económicas, ello le dará al régimen de Teherán el oxígeno que necesita para seguir subsistiendo y evaluar hasta dónde está dispuesto a ceder internamente, o en qué medida puede conservar, una vez más, las líneas de control de siempre.

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