Estamos en la quinta semana de una guerra que Trump originalmente pensó que podría durar bastante menos, y a poco más de una semana de alcanzar su estimación posterior de entre cuatro y seis semanas. Sin embargo, en numerosas ocasiones, el propio Trump y varios miembros de su gabinete han declarado que Estados Unidos estaba muy adelantado en el cumplimiento de sus objetivos, lo que en teoría hacía suponer que el conflicto debía concluir antes de ese plazo. Hoy, en cambio, estamos cerca de presenciar la llegada de un límite que Trump estableció como máximo para que Irán libere el Estrecho de Ormuz, lo cual, de no cumplirse, empujaría el conflicto hacia una escalada aún mayor. Para entender por qué nos encontramos en este punto, hace falta comprender mejor la lógica y las motivaciones de Irán, así como la forma en la que el régimen está leyendo su momento actual. Acá algunos apuntes para intentar aportar en esa dirección.

1. Primero, la razón por la que el régimen está sobreviviendo y mantiene un alto potencial de resistencia radica en la compleja arquitectura que lo sostiene. Como explica Alí Vaez del International Crisis Group, más que un régimen, se trata de un sistema diseñado durante décadas, pensado precisamente para enfrentar una situación como la actual. Este sistema combina instituciones electas y no electas y, aunque el control termina altamente concentrado en el líder supremo y su círculo cercano, conserva la capacidad de absorber un número importante de shocks y de distribuir tanto esos impactos como el poder remanente de manera que la recuperación termina por producirse. En esencia, esto permite que la muerte de líderes, e incluso de varias capas de liderazgo, no resulte determinante para un colapso tipo castillo de naipes, sino que lo decisivo sea la supervivencia de las instituciones y de los pilares que sostienen al sistema.

2. Pero además de la naturaleza del sistema que señalo, es necesario comprender la coyuntura que Irán atravesaba hacia finales de 2025. Tras el debilitamiento de su red de alianzas regionales, y después de su propio conflicto armado contra Israel y Estados Unidos ese mismo año, Teherán daba por descontado que sería atacado nuevamente. Por ello, además de contar con atributos que le permiten adaptarse y recuperarse, el sistema liderado por el ayatola Alí Khamenei diseñó una estrategia de combate asimétrico prolongado y desarrolló planes para un eventual escenario de asesinato del liderazgo, incluyendo la eliminación de hasta tres o cuatro capas de las dirigencias de las distintas instituciones que he mencionado.

3. Esto no significa que dicho sistema pueda sostenerse indefinidamente, ni que, en caso de una escalada mayor (por ejemplo, una invasión terrestre masiva por parte de Estados Unidos) la estrategia del régimen sea infalible. Pero comprender su objetivo y la lógica que se deriva de ese objetivo resulta indispensable para trazar los escenarios que podrían seguir a las escaladas de las que hablamos.

4. Si bien para Estados Unidos la meta última puede ser el cambio de régimen, o bien lograr que el régimen actual se comporte de una forma mucho más colaborativa con Washington —realizando concesiones en materia nuclear, de misiles o ahora energética, incluso por encima de lo que ya estaba sobre la mesa antes de iniciar esta guerra—para el régimen iraní la meta básica es resistir la embestida y sobrevivir.

5. Sin embargo, el factor clave es que, para este régimen, la supervivencia no significa únicamente mantenerse en el poder hasta el fin de las hostilidades, para después enfrentar el riesgo de nuevos ataques en cuestión de meses, o continuar bajo condiciones económicas de asfixia derivadas de sanciones que eventualmente conduzcan al colapso por la inanición de su sociedad. Recordemos que hace solo unos meses, el país experimentó las mayores protestas sociales de su historia. Estas protestas no se deben exclusivamente a factores económicos, sino al nivel de agravios acumulados e ilegitimidad del régimen. Pero aun así, el colapso de la moneda y las carencias económicas terminan operando como factores detonantes. Por tanto, la liberación de sanciones o alguna vía para dotar al régimen de medios para sostenerse económicamente, resulta una condición indispensable y no negociable para Irán en este punto. En términos simples, el régimen necesita garantías y recursos.

6. Podríamos decir que, si sus tácticas asimétricas no hubiesen mostrado cierta eficacia, lo anterior sería demasiado ambicioso, y el régimen de Teherán tendría que conformarse con su mera supervivencia, sin aspirar a condiciones adicionales. Pero justamente ahí es donde debemos insertar su lógica de guerra.

7. Tal y como lo planeó desde hace muchos años, Irán ideó una serie de golpes orientados a: (a) ampliar el número de objetivos a atacar, abarcando a más de una decena de países de la región, lo que le otorga una amplia gama de opciones para implementar represalias. De este modo, si la infraestructura eléctrica de Irán es amenazada, Teherán puede responder amenazando la de otros países de la zona, y así sucesivamente; (b) estirar al máximo las líneas de combate de Estados Unidos, obligándolo a defender múltiples frentes de manera simultánea; (c) producir disrupción y caos en los mercados, especialmente en los energéticos, aunque no exclusivamente; (d) provocar efectos psicológicos, simbólicos, financieros y, en última instancia, políticos a un grado tal que lo relevante está menos en los objetivos atacados o en los daños materiales provocados, y mucho más en la percepción generalizada de riesgo o peligro, con el fin de incidir en las decisiones y conductas de terceros; (e) en el caso de Israel, esto se traduce en el lanzamiento continuo de misiles, en ocasiones de manera coordinada con Hezbollah y los houthies, que más allá de los daños materiales o humanos—que sí se producen—buscan activar de forma constante las alarmas, mantener a la población en refugios varias veces al día y generar con ello efectos psicológicos, económicos y eventualmente políticos; y (f) todo lo anterior con el objetivo último de elevar el costo para sus adversarios a tal nivel que se vean forzados a poner fin a las hostilidades bajo términos de negociación que garanticen la supervivencia del régimen en Teherán.

8. En palabras simples, esto significaría para Irán restablecer su capacidad disuasiva, una capacidad que se vio fuertemente erosionada entre 2023 y 2025.

9. El problema es que, en la medida en que Irán ha percibido un alto nivel de eficacia en sus tácticas en relación con sus fines, ha reforzado su autopercepción de poder de negociación y su capacidad para plantear demandas elevadas, lo que choca directamente con las necesidades mínimas de Trump.

10. Dicho de otro modo: en teoría, Trump necesita mostrar que la guerra produjo resultados mínimos, no en términos de los daños materiales infligidos a Irán —que, como señalé, son muy considerables—sino en términos de las concesiones que puede extraer del régimen en Teherán. Si el liderazgo iraní se limitara a aceptar lo que ya estaba dispuesto a conceder antes de las hostilidades, entonces la guerra perdería sentido. Sin embargo, la autopercepción de eficacia y poder del régimen iraní está empujándolo justamente en la dirección contraria: ofrecer concesiones que resultan insuficientes para Trump y, al mismo tiempo, plantear demandas que parecen inaceptables para el presidente estadounidense.

11. Esto, en otras palabras, coloca a Trump ante una trampa de la que parece difícil salir. El presidente lleva ya tiempo intentando tejer una narrativa de victoria total que le permita, a la vez, construir su estrategia de repliegue; pero, bajo las condiciones que el régimen iraní necesita asegurar para restablecer su ecuación disuasiva, a Trump le quedan cada vez menos alternativas distintas a seguir escalando las hostilidades.

12. Sin embargo, si se entiende la lógica que describo en este texto, la suposición que al menos debe ponerse en duda es que una mayor aplicación de fuerza vaya a conseguir la rendición de Teherán.

13. Por el contrario, una elevación en el nivel de hostilidades contra Irán—ya sea mediante bombardeos sobre infraestructura eléctrica y civil, o incluso a través de operaciones terrestres de distinto alcance—probablemente provocará respuestas como un incremento en las represalias contra la infraestructura de países de la región y, en su caso, la activación de tácticas de defensa del territorio iraní que han sido planeadas con mucha anticipación. Estas tácticas aprovecharían, además, el grado de exposición de las tropas estadounidenses en esos espacios. De nuevo, no porque puedan imponerse frente a un ejército muy superior, sino por los efectos simbólicos y políticos que podrían generar conforme aumente el número de bajas entre las tropas de Estados Unidos.

14. Esto, insisto, no convierte al régimen en Teherán en un actor infalible; lo que hace es elevar el costo para Trump, potencialmente negarle la victoria que busca y, eventualmente—incluso si se produce un escenario en el que el régimen colapsara—abrir la puerta a dinámicas difíciles de prever, que no necesariamente se traducirían en estabilidad para el país o la región. Ello podría, a su vez, obligar a Estados Unidos a sostener una presencia indefinida en la zona, con las implicaciones políticas y estratégicas que esto conlleva.

Estos son los escenarios que empujan a Trump a seguir buscando salidas a una trampa en la que, en esencia, predominan las opciones malas y peores. El problema, hasta ahora, es que no le ha sido sencillo encontrar una ruta clara para salir de ella. Lo seguiremos analizando en estos días.

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