Corre la tercera semana de la guerra de Israel y EU contra Irán, así como de las respuestas de Irán no solo contra esos dos actores, sino también contra múltiples países de la región y más allá. Desde una perspectiva estrictamente tradicional—basada en el monto de daños materiales, humanos, militares y económicos sufridos—no es difícil concluir que el balance es dramáticamente negativo para Irán. Sin embargo, si nos adentramos un poco más en las metas y objetivos específicos de cada uno de estos actores, las definiciones de victoria o derrota se vuelven mucho más fluidas. Este no es un tema menor, pues es precisamente ese factor el que puede determinar la prolongación o el eventual fin de la guerra, junto con sus múltiples consecuencias globales. A continuación, algunos apuntes al respecto:

Estados Unidos

1. Para EU, como superpotencia, no es novedad que la meta trazada desde hace décadas consiste en eliminar todas las amenazas que Irán representa desde su propia percepción; una percepción construida desde el inicio de la República Islámica y reforzada por años de interacciones hostiles entre ambos países. El problema es que “eliminar las amenazas procedentes de Irán” es un objetivo sumamente amplio, compuesto por múltiples dimensiones, y para el cual, en distintos periodos, se ha optado tanto por el conflicto como por la cooperación.

2. Esta meta de largo plazo para Trump puede adoptar diversas formas. Una de ellas sería, efectivamente, el colapso del régimen que sostiene a la República Islámica y la llegada de un nuevo régimen más afín a Washington. Sin embargo, también podría tomar la forma de la supervivencia del régimen actual, pero bajo condiciones de colaboración con EU en términos definidos y forzados por Trump.

3. Podemos descomponer, además de lo anterior, la “eliminación de la amenaza iraní” en una serie de elementos concretos: la terminación definitiva de su proyecto nuclear y la renuncia a enriquecer uranio en el futuro; la eliminación de su programa de misiles, así como de sus capacidades aéreas y navales; y la cancelación de la capacidad de Irán para respaldar y financiar a actores regionales que operan en contra de los intereses de EU o de sus aliados.

4. El punto central está, entonces, en el grado de cumplimiento de ese conjunto de objetivos que Washington considera viable alcanzar en este momento, así como en la narrativa construida en torno a ellos. En la medida en que la narrativa expresada por actores como el secretario de defensa Pete Hegseth se mantenga más acotada y enfocada en rubros específicos del punto anterior, Washington podría ir marcando sus triunfos con mayor claridad y eventualmente retirarse del combate. Pero en la medida en que Donald Trump amplíe esos objetivos y construya su narrativa en términos de la “rendición incondicional” de Irán—una idea que ha sido reiterada desde la propia administración —o en términos de lograr que quien quede al frente del régimen en Teherán esté dispuesto a colaborar con Washington bajo condiciones impuestas, entonces parece mucho más difícil para EU simplemente retirarse. En ese escenario, todo lo alcanzado en objetivos específicos resulta insuficiente si no se materializa esa “rendición incondicional”.

5. Por último, si Trump termina estimando que debe abandonar esta aventura, tendrá que articular una narrativa de victoria que, al mismo tiempo, acote sus objetivos mayores y se conforme con haber infligido a Irán un nivel de daño tal que, incluso si el régimen sobrevive, le resulte extremadamente difícil recuperarse en los años o incluso décadas por venir. Es decir, aunque no se haya “eliminado la amenaza iraní”, sí se habría conseguido mermarla de formas profundas y difíciles de revertir.

Israel

1. Para Israel, el tema de Irán es percibido como existencial. Mucho más que lo que en Washington se pueda percibir acerca de Teherán, Israel concibe a la República Islámica como un régimen determinado a destruirle. La amenaza nuclear, por tanto, no es vista como un factor de disuasión, sino como un arma que eventualmente será utilizada contra un país que la teocracia iraní considera ilegítimo desde lo más profundo de su ideología.

2. Así, la meta central de Israel en este momento consiste en terminar de destruir cualquier capacidad de Irán para hacer daño, ya sea contra ese país o contra sus vecinos. Desde su visión, cualquier grado de supervivencia que el régimen de Teherán logre mantener terminará, tarde o temprano, en una reconstrucción de sus capacidades para seguir amenazando a Jerusalem. Por tanto, para Netanyahu y la cúpula militar israelí resulta indispensable aprovechar el momento de debilidad que Irán exhibe hoy como una oportunidad histórica para neutralizar de manera definitiva no solo la amenaza iraní, sino también la de milicias que han sido fundadas, entrenadas y financiadas por Irán, como Hezbollah en Líbano.

3. Israel entiende, sin embargo, que podría no alcanzar sus metas maximalistas. En ese caso, su alternativa consiste en aprovechar al máximo la duración de la determinación de Trump para sostener y escalar la presión militar sobre Irán, con el fin de conseguir la mayor cantidad posible de objetivos dentro de lo viable.

4. El factor Israel no es menor, dado el espacio que Trump está otorgando a la voz de Netanyahu y la forma en que ese primer ministro logra influir en sus decisiones. De este modo, incluso si Trump optara por desescalar, bastaría el consejo de Netanyahu para estirar la cuerda un poco más, pues para el liderazgo israelí, el colapso del régimen iraní es, en última instancia, una cuestión de tiempo.

Irán

1. Del lado del régimen en Teherán, la meta más importante consiste, esencialmente, en sobrevivir. Para Irán, basta con salir adelante de este —el mayor reto que la República Islámica ha enfrentado— para levantar la cabeza y pensar en su recuperación, incluso si esta toma muchos años. El régimen podrá salir enormemente debilitado, empobrecido y con serias dificultades para continuar, pero cualquier grado de supervivencia que consiga será entendido como una victoria de la resistencia frente al “Satán mayor” y su “hijo pequeño”.

2. Desde esta lógica, lo que Irán necesita hacer es elevar los costos a los actores que le están atacando, produciendo disrupción regional y generando efectos psicológicos, simbólicos, financieros, económicos y políticos. El objetivo central es modificar el cálculo de Trump respecto a seguir adelante con la guerra; es decir, si ese presidente decide detener las hostilidades en cuestión de días o semanas y permite la supervivencia del régimen, entonces, desde la perspectiva del liderazgo iraní, la República Islámica habrá ganado.

3. Para ello, lo más importante para Irán será demostrar que su determinación de resistir no está siendo quebrada, a pesar de los múltiples costos que está pagando, de la cantidad de líderes que está perdiendo y de los daños materiales que padece. Si Irán logra proyectar resiliencia, capacidad de absorber los shocks y adaptarse para seguir luchando mediante tácticas disruptivas, y además consigue elevar la presión política —externa e interna— sobre Trump hasta el punto de forzar un alto a las hostilidades, habrá salido victorioso de este desafío.

4. Estos puntos son centrales porque obligan a evaluar la posible existencia de fracturas dentro del régimen y, sobre todo, el grado en el que Teherán conserva su determinación para sostener la resistencia asimétrica que ha mostrado a lo largo de los últimos 18 días.

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