Evaluar la actual guerra en Medio Oriente cuando se trata de un evento en pleno desarrollo, no es tarea simple. Se trata de un conflicto que lo mismo podría terminar antes de lo previsto que prolongarse más de lo anticipado, dependiendo de múltiples variables que siguen en juego, y cuyas repercusiones, por tanto, podrían variar radicalmente considerando su duración. Un posible ejercicio para abordar esa tarea consiste en analizar varios de los niveles, componentes y capas que jugaron un rol en la activación del conflicto, que siguen incidiendo en su desarrollo y que podrían incidir en el fin o la prolongación de las hostilidades. Los siguientes apuntes buscan contribuir con apenas algunas de esas piezas.
1. Un primer nivel de análisis está, por supuesto, en Trump. Esto incluye su propia personalidad, sus compromisos con su base, la idea que tiene de su país y del papel que éste debe desempeñar en la esfera global y, sin duda, su propio historial con Irán.
1a. Partamos de la base de que Trump siempre consideró que el acuerdo nuclear que Estados Unidos (bajo Obama), junto con otras potencias, firmó con Irán en 2015, era “el peor acuerdo jamás firmado”. Sin embargo, la decisión de retirar a Washington de ese pacto en 2018 e imponer tácticas de presión máxima sobre Irán no derivó en una flexibilización por parte de Teherán, sino en el endurecimiento de su postura. El régimen iraní optó por escalar gradualmente su respuesta por dos vías: (1) incumplir de manera progresiva sus compromisos dentro del acuerdo, lo que implicó mayores niveles y volúmenes de enriquecimiento de uranio, y (2) activar una serie de medidas disruptivas contra Estados Unidos y sus aliados en la región. Esto, a su vez, detonó respuestas por parte de Washington que culminaron en el punto más álgido del enfrentamiento durante su gestión previa, cuando Trump ordenó el asesinato del segundo hombre más poderoso de Irán, el general Soleimani.
1b. Para Trump, por tanto, el tema de Irán es un pendiente arrastrado desde su gestión previa. Nada de lo que hizo entonces logró doblegar a los ayatolas. Y, desde su perspectiva, la administración de Biden únicamente suavizó la postura estadounidense sin conseguir tampoco concesiones por parte de Teherán.
1c. Este historial se combina con factores de la presente gestión. Primero, un Trump altamente empoderado que, tras la captura de Maduro, se percibe sin contrapesos internos o externos para lanzar amenazas y aplicar medidas de presión contra múltiples actores a nivel global. En el caso de Irán, esto se traduce en la advertencia de atacar a Teherán si el régimen asesinaba manifestantes durante las protestas masivas de enero, algo que terminó documentándose. Segundo, en ese contexto, el tema iraní se convierte para Trump en una medida de su credibilidad y del valor de su palabra empeñada.
1d. Pero, al mismo tiempo, habiendo promovido a lo largo de su carrera política una agenda de “America First”, fuertemente crítica de las guerras lejanas, prolongadas y costosas, Trump estaba comprometido con no enredar a su país en un conflicto que le impidiera una salida relativamente rápida.
1e. El resultado de estas tensiones solía resolverse—hasta ahora—mediante golpes contundentes o despliegues de fuerza, pero acotados en el tiempo. Ataques diseñados para demostrar capacidad y determinación —como el asesinato de Soleimani o los bombardeos contra Assad en su gestión previa, o incluso las operaciones contra instalaciones nucleares iraníes en junio de 2025— pero que, al mismo tiempo, le permitieran retirarse rápidamente con una victoria que presentar.
1f. Hasta donde sabemos, y de acuerdo con múltiples reportes, Trump ataca a Irán en esta ocasión en conjunto con Israel, partiendo de la premisa de que una contundente decapitación inicial modificaría el cálculo del régimen sobreviviente, llevándolo a cooperar con Washington bajo sus términos. Una lógica similar a la que él mismo ha planteado en el caso de Venezuela, comparación que repite con frecuencia.
1g. Así, podría pensarse que su objetivo final no es propiamente un cambio de régimen, sino (como ya buscaba en 2018) un régimen colaborativo con EU, es decir, construir condiciones para que quien permanezca en el poder realice las concesiones que exige. Sin embargo, conforme se prolongan las actuales hostilidades, Trump va tejiendo su propia trampa: al no conseguir ese objetivo, comienza a escalar sus demandas hasta el punto de exigir la “rendición incondicional” de Teherán, algo que, hasta el momento de este escrito, luce altamente improbable.
2. En otro plano está Israel: su propia rivalidad con Irán y una guerra de “bajo perfil” sostenida durante décadas que, tras los enfrentamientos de ese país con varios de los aliados iraníes desde 2023—Hamás, la Jihad Islámica, Hezbollah, los houthies y las milicias proiraníes en Siria e Irak—termina escalando hacia choques directos entre Jerusalem y Teherán, con su punto más álgido en la guerra de los 12 días de junio de 2025.
2b. Estos episodios, no obstante, parecen haber producido en Israel dos percepciones: la primera, que Irán es mucho más vulnerable de lo que se pensaba; la segunda, que es precisamente esa vulnerabilidad la que impone el completar la tarea de eliminar por completo la amenaza de su mayor enemigo. Esa es la racionalidad que mueve a Jerusalem no solo a iniciar, sino a sostener esta guerra el tiempo que sea necesario hasta alcanzar ese objetivo.
3. El otro factor de la ecuación es, por supuesto, Irán.
3a. Para entender lo que sucede con este factor, hay que considerar que el régimen iraní mantiene desde hace décadas un enfrentamiento con Estados Unidos, Occidente e Israel, además de sus rivales regionales como Arabia Saudita. Por consiguiente. en previsión de un escenario como el actual, el ayatola Alí Khamenei construyó dos pilares centrales para garantizar la resistencia y supervivencia de la República Islámica. El primero es un régimen sustentado en instituciones sólidas, diseñadas para mantenerse firme más allá de personas específicas. El segundo es una estrategia de resistencia que combina un componente nuclear, otro de misiles y drones, y una serie de tácticas de combate asimétrico y disruptivo.
3b. Dicho lo anterior, una pieza clave del análisis radica en que, hacia 2026, Irán se encontraba en su momento de mayor debilidad y vulnerabilidad desde el establecimiento de la República Islámica. Esto incluye factores externos—como la erosión de su eje de alianzas a raíz de los enfrentamientos con Israel, o la incapacidad de proteger sus cielos y, por tanto, su territorio—y factores internos, como la crisis económica, el colapso de la moneda, la crisis híbrida y energética, sumadas a la patente crisis de legitimidad exhibida durante las últimas protestas. Estas debilidades combinadas son las que ofrecen a los rivales de Teherán una ventana de oportunidad para atacarle, misma que Estados Unidos e Israel decidieron aprovechar.
3c. Bajo esta lógica, la meta central del régimen en Teherán es, simplemente, sobrevivir. Para ello, su estrategia consiste en elevar el costo de la guerra para sus adversarios, demostrar una determinación inquebrantable para resistir el tiempo que sea necesario y desplegar tácticas altamente disruptivas en toda la región, utilizando misiles, drones y minas para golpear infraestructura civil, energética y militar en distintos países y el tránsito de la energía por la zona. La violencia material funciona, así, como un mero instrumento para producir efectos psicológicos, simbólicos, financieros, económicos y en última instancia, presiones políticas.
3d. Así, el objetivo de Irán es mostrar a Trump y a sus aliados que la victoria total no ha llegado ni llegará, y que la decisión de iniciar y prolongar la guerra hasta doblegar al régimen es equivocada, dados los costos que ya está generando y que pueden seguir aumentando. Su instrumento principal no son ya únicamente los efectos financieros, sino los efectos políticos que esos costos, sumados a los riesgos percibidos, continuarán produciendo.
4. Es aquí donde se insertan las monarquías del Golfo, que, pese a su rivalidad histórica con Irán, en los últimos años ensayaron una estrategia de reacercamiento con Teherán, restableciendo relaciones diplomáticas e incluso ciertos proyectos de cooperación. En este episodio, todos ellos han sido víctimas de ataques iraníes, incluidos países que han fungido como mediadores, como Omán o Qatar. Sin embargo, sus posturas frente a la coyuntura distan de ser blancas o negras. Por un lado, hay posiciones —como la del príncipe heredero saudí, Mohammed bin Salman—que han empujado y siguen empujando por aprovechar la debilidad del régimen iraní y eliminar de forma definitiva esa amenaza. Por otro, hay actores que temen que la prolongación del conflicto, bajo las condiciones actuales, tenga repercusiones incontrolables e incalculables para su propio futuro.
5. Finalmente, en un plano más amplio, se ubican China y Rusia. Irán no es propiamente un aliado de estas potencias, pero sí un socio de conveniencia, un instrumento útil para coordinar acciones en función de las metas estratégicas de esas superpotencias. Sin embargo, 2026 presenta una coyuntura particular para ambos. En el caso de Moscú, su prioridad central sigue estando en la guerra con Ucrania. En el de China, sus intereses principales pasan por lo económico y energético, así como por la administración de su relación con Washington, y con Trump en particular, lo que implica mantener vigente la tregua comercial y una relativa colaboración con EU. En suma, hoy podemos ver que ambas superpotencias brindan apoyo a Irán, pero tan solo de manera limitada.
5a. Esto también puede leerse como una ventana de oportunidad para Washington. Sabiendo que ninguna de estas dos potencias se implicaría directamente en el conflicto, Estados Unidos calculó que era un momento propicio para enviar un mensaje de fuerza y determinación: exhibir el peso de la palabra de Trump, mostrar capacidades militares, reforzar su disuasión—con implicaciones para otros teatros, como el Indo Pacífico—y, de paso, debilitar o incluso desplazar la presencia china y rusa en Irán, de manera similar a lo que se busca hacer en Venezuela.
5b. Dicho lo anterior, y aun asumiendo que estos objetivos formaran parte del cálculo estratégico de Washington, los resultados son, cuando menos, cuestionables. Rusia se ha visto beneficiada por el incremento en los precios del petróleo y el gas, además de la relajación de ciertas sanciones en estos rubros. Más aún, el suministro a Ucrania de misiles estratégicos como los Patriot, está ahora mismo en cuestión y va a depender de la duración del conflicto en Medio Oriente. China, si bien resiente la crisis energética, también observa con cierto grado de satisfacción el desgaste del arsenal estadounidense, cuya reposición tomará años (ver The Economist, 2026).
5c. Pero más allá de ello, tanto China como Rusia, e incluso otros actores como Corea del Norte, están observando con atención los talones de Aquiles de Washington: las vulnerabilidades que han quedado expuestas y, sobre todo, hasta donde llega realmente la capacidad de Trump para absorber costos psicológicos, simbólicos, financieros, económicos y políticos al llevar esta guerra hasta sus últimas consecuencias.
6. Quedan muchos temas por analizar; lo anterior es apenas un esbozo. Pero lo que sí puede afirmarse hasta ahora es que esta guerra no se define únicamente por el daño material—arsenal, infraestructura, personal o incluso la vida del liderazgo iraní—sino como una auténtica guerra de voluntades. ¿Hasta dónde llegará la paciencia de Trump para resistir la presión política acumulada durante semanas, o más? ¿Hasta qué punto será capaz el liderazgo iraní de mantener cohesión, resiliencia, adaptación y determinación para seguir resistiendo? ¿Qué ocurrirá si Estados Unidos e Israel deciden escalar aún más la presión, incluso hacia una incursión terrestre, sea limitada o de mayor alcance?
Por ahora, al momento de escribir estas líneas, Trump parece estar intentando tejer una ruta de salida que le permita retirarse lo antes posible, pero al mismo tiempo proyectando una narrativa de victoria total y altos réditos por haber iniciado las hostilidades. Del otro lado, Irán apuesta alto: busca negar esa salida, elevar sus propios términos y prolongar la dinámica, lo que podría resultar justo en eso, una prolongación indefinida del conflicto. Sin embargo, todo se mueve a gran velocidad, por lo que habrá que seguir observándolo de cerca.
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