Estamos ante días críticos respecto a una posible escalada en Medio Oriente. Podríamos estar frente a la guerra de mayores dimensiones en la zona en muchas décadas. A pesar de ello, no es imposible que aún se alcance algún tipo de acuerdo que altere la dinámica escalatoria observada en los últimos días, o bien, que las hostilidades terminen siendo más limitadas de lo que se piensa. Para entender estas posibilidades, es necesario primero evaluar qué es lo que realmente está buscando Trump; segundo, cómo podría utilizar las acciones bélicas como instrumentos para alcanzar esos fines; y tercero, a partir de ello, analizar cómo podrían desenvolverse distintos escenarios de confrontación, algunos potencialmente alineados y otros contrarios a los intereses de Washington. A continuación, algunas notas al respecto.
1. Qué no busca Trump. En primer lugar, es necesario centrar la discusión en los intereses realistas de Trump, los cuales no incluyen necesariamente una transición democrática ni la promoción de los derechos humanos y políticos en Irán. Es decir, si los objetivos últimos de Trump se alcanzaran como resultado de una transición democrática, tanto Trump como la sociedad iraní podrían beneficiarse de ello. Sin embargo, ni un gobierno democrático ni un cambio de régimen constituyen condiciones necesarias para que esas metas se materialicen.
2. Qué sí busca Trump. En el fondo, y desde su primera gestión, Trump ha buscado replantear de manera estructural la relación entre Washington y Teherán mediante tácticas de presión máxima orientadas a forzar al Ayatola y a su entorno a ceder en aquello que tanto el presidente estadounidense como el sector más duro en Washington consideran amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos y de sus aliados. El problema es que, durante su administración anterior, esas tácticas no solo no produjeron concesiones sustantivas, sino que endurecieron la postura y las acciones del régimen en Teherán. Con el paso de los años, es posible que Trump haya llegado a la convicción de que un cambio de régimen sea necesario para alcanzar sus objetivos últimos. Pero, de nuevo, el cambio de régimen es solo un instrumento, no la meta.
Lo que Trump quiere ver es un gobierno en Teherán que: (a) de manera similar a lo ocurrido con Caracas, esté dispuesto a colaborar con Estados Unidos en la implementación de las acciones que Washington considera necesarias en Irán; (b) ello incluye garantizar que Irán no desarrollará un arma nuclear, que someterá su programa de misiles a parámetros aceptables para Washington y que dejará de financiar y armar a diversos actores que operan contra los intereses estadounidenses y los de sus aliados en la región; (c) también implica el desplazamiento de intereses chinos y rusos de Irán; y (d) la transformación del entorno hacia uno de cooperación que permita a Estados Unidos —y en particular a personas y empresas cercanas a Trump— realizar negocios e inversiones en el país. En síntesis, Trump busca un liderazgo en Teherán—el que sea—que no solo deje de representar una amenaza para Estados Unidos y sus aliados, sino que sea afín y colaborativo con los intereses estadounidenses.
3. La oportunidad. Entre finales de diciembre e inicios de enero se abrió una ventana para intentar avanzar hacia esos objetivos. Por un lado, en Irán estalló la mayor ola de manifestaciones masivas desde la fundación de la República Islámica, lo que evidenció que el régimen atraviesa quizá su momento de mayor debilidad histórica, tanto a nivel interno como externo, tras los enfrentamientos de todo su eje de alianzas con Israel y la confrontación directa de junio con ese país y con Washington. Por otro lado, Trump se sintió profundamente empoderado tras la captura de Maduro, lo que le confirmó hasta qué punto el poder estadounidense puede forzar la cooperación de un régimen hostil sin necesidad de detonar una guerra larga, costosa e incierta.
4. Todo lo anterior lo llevó a empeñar su palabra, primero en la defensa de los manifestantes iraníes y, posteriormente, de manera directa contra el régimen en asuntos no necesariamente vinculados con dichas manifestaciones. El problema para alguien como Trump es que incumplir su palabra tiene repercusiones inmediatas en las otras decenas de frentes que mantiene abiertos. En ese sentido, Trump no puede darse el lujo de incumplir. Esto ya lo había orillado, desde mediados de enero, a contemplar seriamente un ataque contra Teherán.
5. La cuestión es que el caso iraní es muy distinto al venezolano, y Trump fue confrontado tanto por el Pentágono como por diversos actores regionales en quienes confía. Estos le expusieron escenarios significativamente más complejos, que no necesariamente conducirían al cumplimiento de los objetivos señalados arriba y que, por el contrario, podrían generar costos estratégicos elevados.
6. Ante ello, Trump decidió dar espacio a nuevas negociaciones con Irán. Sin embargo, esta fase se distingue porque se desarrolla bajo un nivel de presión militar muy superior al de cualquier otro momento en los últimos años. En esta ocasión, para Trump era indispensable que la amenaza de un conflicto armado fuese, y continúe siendo, absolutamente creíble.
7. Aun así, para Trump lo central no es necesariamente cumplir de manera estricta todas y cada una de sus metas, sino proyectar la percepción de su cumplimiento. Lo relevante es generar impactos concretos en la conducta y en las decisiones de sus contrapartes, demostrando, de ese modo, la eficacia de sus tácticas de presión.
8. Todo ello nos lleva a entender que las negociaciones entre Washington y Teherán no giran en torno a un cambio de régimen, ni a la “renuncia” del líder supremo de la Revolución Islámica, ni a nada similar. El eje está en lograr que Teherán deje de representar una amenaza para Estados Unidos y sus aliados, tanto por su armamento como por sus acciones en la región. Esto pasa, desde luego, por el programa nuclear y por el proyecto de misiles iraní, entre otros factores. Sin embargo, incluso en ese terreno, todo indica que Trump estaría dispuesto a concentrarse exclusivamente en lo nuclear, siempre y cuando, en su visión, ello produzca un impacto en la conducta del liderazgo iraní y permita transformar la relación Washington-Teherán en una relación de cooperación bajo presión estadounidense.
9. Lo anterior es precisamente lo que no ha ocurrido, y esa es la razón central por la cual la guerra declarativa, sumada a los despliegues militares que estamos observando, tiene una alta probabilidad de detonar una confrontación armada en la región. Hay que subrayar que, si un ataque estadounidense desembocara en una guerra prolongada, ello representaría exactamente lo que la base política de Trump aborrece y justo aquello que el propio Trump se comprometió a no iniciar. Por lo mismo, con Trump nunca debe descartarse la posibilidad de un pacto de último momento, o incluso ya iniciadas las hostilidades, en cuanto surja la primera oportunidad de proyectar cualquier resultado como una victoria derivada de su acción y de su capacidad negociadora.
10. El factor Israel. Israel teme que Trump termine conformándose con un mal acuerdo. En este momento, para Israel la amenaza principal ya no reside exclusivamente en el programa nuclear —que se considera severamente dañado tras los últimos enfrentamientos—sino en el programa de misiles, particularmente en los misiles balísticos. En consecuencia, Israel ve en la debilidad histórica del régimen iraní una oportunidad crítica para neutralizar esa y otras amenazas. A diferencia de junio de 2025, en esta ocasión los ataques israelíes y estadounidenses podrían estar coordinados desde el inicio, respaldados por un despliegue militar estadounidense significativamente mayor al observado hace apenas ocho meses.
11. Dicho todo lo anterior, es necesario considerar múltiples escenarios. Hace unas semanas dediqué ya un texto al respecto, en el que combino no solo los escenarios que podrían derivarse de una conflagración regional, sino también los escenarios internos relacionados con el futuro del régimen en Irán.
12. Sin repetir todo aquello, basta destacar que, por ahora, y conociendo a Trump, el escenario base sigue siendo el de un ataque, o una serie de ataques, de carácter limitado y quirúrgico: quizá golpes contra las Guardias Revolucionarias o intentos de decapitación selectiva además de ataques en contra de instalaciones específicas. Esto podría derivar en una respuesta también limitada por parte de Irán, orientada a enviar la señal de que no busca una confrontación mayor, sino más bien un eventual retorno a las negociaciones.
13. Sin embargo, los riesgos de escalamiento han crecido. Primero, la probabilidad de que Washington lance ataques más severos de lo inicialmente previsto; segundo, la posibilidad de que Teherán responda de formas menos limitadas de lo que Trump esperaría, lo que sin duda obligaría a Estados Unidos a contra respuestas de mayor fuerza y activaría una espiral ascendente difícil de desescalar; y tercero, la eventualidad de que sean ataques israelíes los que detonen una respuesta iraní de mayor envergadura. Todo ello podría traducirse en una campaña mucho más prolongada de lo que Trump y su base desean. Una campaña así probablemente no implicaría una invasión masiva con decenas de miles de tropas estadounidenses, pero sí ataques aéreos, con misiles y drones, tanto por parte de Washington como de Israel, que podrían extenderse durante varios días o incluso semanas, sumado quizás a operaciones especiales en tierra.
14. El problema central es que las respuestas iraníes frente a ese escenario siguen siendo una interrogante. Para el régimen iraní, la victoria consiste esencialmente en resistir y sobrevivir mediante el uso de tácticas asimétricas. Sabemos que Irán puede atacar bases estadounidenses en la región, y que Israel debe anticipar andanadas masivas de misiles balísticos sobre su territorio. Pero, además de ello, Irán y sus aliados, como los houthies, podrían estar planeando acciones contra la navegación comercial, el bloqueo o sabotaje de rutas críticas de las cadenas de suministro, como el estrecho de Ormuz y el Mar Rojo, ataques a embarcaciones civiles y militares, o incluso golpes contra instalaciones petroleras de países aliados a Estados Unidos. Lo más relevante es que si las cosas escalan, Irán buscará resistir tanto como le sea posible, apostando a desgastar la paciencia de Trump.
15. Por tanto, lo que debemos empezar a proyectar es cómo Trump justificaría ante su base el involucramiento de Estados Unidos en una guerra que podría percibirse como lejana, ajena y costosa. De ahí que sea indispensable mantener sobre la mesa su inclinación permanente a buscar un acuerdo que ponga fin a las hostilidades incluso antes de lo previsto. No hay que olvidar que, en las últimas décadas, los golpes bélicos de Estados Unidos en el exterior tienden a producir un impacto apenas marginal en el electorado, mientras que la prolongación de un conflicto durante un periodo extendido podría producir el efecto contrario, un impacto negativo, particularmente en un contexto en el que el manejo económico de esta presidencia —que sí es un factor decisivo para el votante— está siendo percibido de manera negativa.
16. Finalmente, habría que evaluar si estos escenarios de confrontación militar podrían efectivamente propiciar un cambio de régimen o, al menos, traducirse en un régimen más cooperativo con Estados Unidos. En ese sentido, como se explicó en el texto previamente mencionado, el escenario base sigue siendo la supervivencia del régimen actual en Teherán, aunque dicha supervivencia podría adoptar formas diversas, incluida la posibilidad de cambios en el liderazgo o ajustes orientados a proyectar transformaciones sin alterar de manera sustantiva las estructuras de poder existentes. A partir de ahí, existen otros escenarios plausibles, aunque con menores grados de probabilidad.
Lo seguiremos analizando.
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