¿Enemigos o amigos? Una inglesa y un irlandés que mató a su padre, 27 años después

Mauricio Meschoulam

Jo Berry es inglesa. Su padre, un parlamentario conservador, murió en un ataque del Ejército Republicano Irlandés (ERI o IRA, por sus siglas en inglés) en 1984. El objetivo original de ese atentado era Margaret Thatcher, pero por obstáculos logísticos, los objetivos cambiaron. Patrick Magee fue el líder de ese operativo. “Yo maté al padre de Jo”, nos decía, sentado a su lado, con la voz quebrada y lágrimas en los ojos, como si fuese la primera vez que confrontaba sus actos. Jo y Pat llevan veintiún años trabajando juntos, ofreciendo sesiones para relatar su historia y mostrar que la reconciliación entre seres humanos es posible. Su trabajo inició en Irlanda y en Gran Bretaña, pero hoy viajan por todo el mundo y se interesan por toda clase de grupos en conflicto. Los conocí en Sarajevo, en 2014. En 2015, los trajimos a México, pero a Pat se le negó el acceso al país, pues había una “alerta terrorista en su contra”. La semana pasada, conmemoraron el 21 aniversario de su primer encuentro. Por ello decidí hoy, retomar su historia. La pregunta es obvia: ¿Se trata de un caso meramente excepcional o acaso es posible aprender algo de su experiencia para aplicarlo en otros sitios y en otro tipo de esfuerzos de construcción de paz?  

Jo Berry y Patrick Magee 

Jo está muy preocupada de que no llegue nadie a su sesión. También se preocupa por el ruido de la calle. Por las sillas. Pat, simplemente calla. Finalmente, acomodamos un círculo. Empezamos siendo unas siete u ocho personas. Al final de la sesión éramos más de cincuenta. Se sientan uno a lado del otro y deciden iniciar. “Supe que necesitaba encontrar al asesino de mi padre dos días después de que murió”, nos dice Jo. “A partir de ese momento, concluí que yo ya no podía ser alguien que no tomara responsabilidad por su entorno. Tenía que sacar algo positivo de mi tragedia, tenía que entender a quienes mataron a mi padre”. 

De manera privada Jo viaja a Belfast, Irlanda del Norte, en 1985 y 86. Visitó las comunidades de donde surgía la mayoría de los reclutas del ERI. “Yo era la enemiga, pero la gente me recibía en su casa. Escuché sus historias. Supe del terrible comportamiento del ejército británico con su gente, sus carencias, las violaciones a los derechos humanos. Todas mis amistades y conocidos en Inglaterra me decían que no debía perdonar, pero yo buscaba saber cómo incorporar mi propia experiencia hacia un proyecto de paz”. 

En el atentado de 1984 en el Hotel Brighton, además del padre de Jo, murieron otras cuatro personas y treinta más resultaron heridas. Patrick, el responsable de ese operativo, fue arrestado en 1985. Estuvo en la cárcel 14 años y fue liberado en 1999 como parte del proceso de paz de Irlanda. En sus viajes, Jo conoció gente que conocía a Patrick. Así se organizó el encuentro en el año 2000.  

Mientras habla, Pat se nota visiblemente afectado. Como si estuviese contándolo todo por vez primera. Como si aún se moviese, internamente, entre el bien y el mal. Su semblante es completamente serio. Exhibe heridas que aún no sanan.  

 “Acababa de salir de la cárcel y estaba por conocer a la mujer cuyo padre había matado. Para mí, yo siempre había cumplido con mi obligación. Entonces, mi contribución a la paz era explicar mi lucha”. “Mi primera reacción”, sigue, “fue compartir las razones políticas de mis actos. Por ello la primera mitad de nuestro encuentro le expliqué todas mis motivaciones, la opresión de mi pueblo. Pero de pronto empecé a ver la sensibilidad y la humanidad en Jo, y entonces comprendí”. 

 “Me detuve y me di cuenta de que ya no sabía quién era yo realmente. Nunca había conocido a ninguna persona tan digna, con tanto valor. Era alguien que quería escucharme”.  “Recordé la guerra de propaganda, la mala representación de nuestra lucha en todos los medios de comunicación, y sin embargo ahí estaba ella ahí escuchándome, interesada por saber de mí y de mis motivaciones. Descubrí no a la inglesa, la enemiga, sino al ser humano que tenía de frente”. 

Con sus ojos rojos nos dice: “Eso fue lo que me desarmó. La obligación política cambió y se me abrió un nuevo camino”.  

“Decidimos continuar el diálogo, primero en privado. Después decidimos abrirlo y mostrar nuestro ejemplo”. 

 “Desde entonces llevamos dadas unas 130 pláticas como esta”. 

Jo continúa: “El camino no ha terminado. Yo crezco todo el tiempo. Cada conversación es nueva y nos sana. Sigo sintiendo el dolor por mi padre, por mis hijas”. 

“Pero esto que hacemos es transformar el dolor”. 

“Me he hecho amiga de mi enemigo a través de la empatía”. 

“La paz es alcanzable si las cosas regresan a lo humano”.  

“No queremos ser prescriptivos”, nos dice Pat, “no queremos decirle a nadie qué es lo que tiene que hacer. Nuestra misión es simplemente contar nuestra historia y esperar que eso haga a alguien reflexionar. Es todo”. 

El proceso 

Evidentemente lo primero que salta a la vista es que se trata de dos seres humanos que exhiben dotes muy loables, primero al permitirse (ambos) entrar en un proceso bastante complejo, y segundo, al decidir compartir este proceso con audiencias de todas partes del mundo como ejemplo de las posibilidades de reconciliación humana. 

Efectivamente, Jo es un ser humano muy especial (tuve el honor de compartir otros talleres con ella, incluso podría decir que nos hicimos muy buenos amigos). Es sencilla, humilde, bondadosa, responsable y ha decidido convertir su pena en una causa que pueda servir a otros. Pero, así como su decisión de contactar y entablar un diálogo con el asesino de su padre es impactante ante los ojos de cualquiera, también en Pat debe reconocerse una tarea muy difícil de lograr.  

La teoría indica que cualquier atacante que comete un acto contra civiles como él lo hizo, ha debido pasar por un proceso que se conoce como la escalinata o escalera de radicalización (Moghaddam, 2007). La investigación demuestra que una persona quien percibe que su entorno requiere cambios políticos, da una serie de pasos hacia arriba en esa escalera, que van mostrando esa radicalización. No todas esas personas deciden seguir subiendo más pasos en la escalera. Pero unos pocos perciben que, dado que las opciones se han agotado, solo el uso de la violencia puede ser eficaz para conseguir sus metas.  

Esto es evidente en la narrativa de Pat. “En el momento del ataque yo lo veía como que no tenía alternativa. Estaba luchando contra un enemigo y no quedaba opción.” La grandeza en Pat es haber permitido la deconstrucción de ese proceso, algo muy poco común. Mediante esa deconstrucción, Pat elige dejar de ver en el “otro” al enemigo británico—así en abstracto—y elige en cambio mirar a un ser humano—Jo—que tenía un padre a quien él mató. Más aún, a través de su diálogo con Jo, Pat descubre también que ese político, ese a quien él consideraba un objetivo militar, era también un padre, un abuelo, un ser humano “con quien hubiera podido sentarme a tomar una taza de té”.  

Necesidad de conectar 

Una gran enseñanza de experiencias como esta, entonces, es que en la medida en que los seres humanos podemos realmente establecer una conexión con nuestro “otro”, somos más capaces de des-abstraerlo de las categorías o etiquetas en las que lo contenemos (como por ejemplo “los ingleses”, “los terroristas”, “los musulmanes”, “la derecha”, “la izquierda”, etc.), y en cambio, lo comprendemos como un ser humano concreto, con una historia quizás de tragedia, quizás de amor, con metas, con aspiraciones, con dificultades, con convicciones. Esto es lo que el autor clásico Allport llama la hipótesis del contacto. Jo, simplemente lo llama empatía.  

La teoría indica que en la medida en que este tipo de ejercicios se multipliquen, la resolución de los conflictos se facilita. Así, además de Jo y Pat, en todo el planeta encontramos cantidad de ejemplos en los que las sociedades civiles, organizaciones internacionales y religiosas trabajan en esquemas muy similares a este. 

La experiencia en México 

Pat dice que fueron corteses con él mientras lo tuvieron detenido. Una de las oficiales de migración del aeropuerto Benito Juárez le confesó que ella hubiera querido ir a los eventos, a escucharlo a él y a Jo Berry, a quienes habíamos invitado a México a dar una serie de charlas y entrevistas sobre su experiencia de reconciliación y paz. “Hasta pensé”, me escribió, “que ya me iban a dejar entrar”. Pero no, Patrick Magee fue deportado por nuestras autoridades. La amnistía que le había concedido el Reino Unido no solo le otorga libertad de tránsito desde 1999, sino todas las garantías que ofrece la ley de ese país. Sin embargo, desde horas antes de llegar a México, tuvimos que cambiar tres veces su vuelo pues, según, entendimos, Washington había emitido una alerta que le impedía sobrevolar su territorio. Pensamos que trayéndolo vía Colombia no habría problema. Pero al llegar a México, Patrick Magee fue inmediatamente interrogado y luego deportado. La alerta emitida en su contra había sido suficiente para recordarle que sin importar cuánto hubiese cambiado y a qué dedica su vida desde que salió de prisión, las etiquetas del pasado a veces resisten todas las pruebas.

Las etiquetas que sobreviven 

La paradoja en el caso de Magee es múltiple:  

1. A pesar de que durante los años ochenta, Patrick cometió actos que pueden ser considerados terroristas, tras su liberación y amnistía, Pat ha pasado por ese largo y complejo proceso de deconstrucción/des-radicalización. No le ha sido fácil, pero ahí está, y sus acciones diarias lo demuestran.  

2. La ley británica le otorgó una amnistía plena en 1999, por lo que sus derechos y garantías (entre las que se encuentra el libre tránsito) no están en cuestión por parte de las autoridades del país al que agredieron sus actos; ni siquiera por parte de la Unión Europea de la que el Reino Unido era miembro en 2015.  

3. Estados Unidos fue uno de los más importantes promotores del proceso de paz entre el ERI y el gobierno británico. Washington no era inocente o inconsciente acerca de lo que implicaba ofrecer amnistía a los presos como Magee, y, sin embargo, no solo avaló, sino impulsó ese acuerdo en los noventa. 

4. Si, con todo lo anterior, a Patrick Magee en 2015 se le impidió sobrevolar el espacio aéreo estadounidense, eso significa que había una alerta terrorista en su contra, y que la etiqueta sobrevive aún tras todo el proceso arriba indicado.  

5. Las autoridades de nuestro país, como se puede suponer, lejos de estudiar el caso, o lejos de buscar conocer si esta alerta tendría validez para efectos de la seguridad en México, simplemente respondieron a ella en automático, de manera protocolaria, y deportaron a Magee unas horas después de llegar a México. Por cierto, sin explicarle lo que sucedía, a decir de él, cuando se le retiró su pasaporte y algunas pertenencias. 

Aún así, en aquel 2015, logramos hacer que Jo impartiese (sin Pat, obviamente) varias conferencias y actividades, y su voz logró inspirar a cientos de personas.  

El reto 

Esta experiencia nos deja mucho para reflexionar. Desafortunadamente, dadas las circunstancias de conflicto violento que se vive en tantas partes del mundo, los esfuerzos que se llevan a cabo, por más loables que sean, resultan a todas luces insuficientes. Para que tuviesen un impacto real, ejercicios como estos tendrían que reproducirse a nivel mucho más masivo.  

Sin embargo, es imposible negar que escuchar a Jo y a Pat inspira a cualquiera. Cuando hace unos días, tuve la oportunidad de volver a escucharlos—como si hubiese sido la primera vez—me di cuenta, una vez más, que su esfuerzo no ha sido en vano. Porque como les escribí a ambos en un correo, parafraseando a uno de mis autores predilectos, si lo que existe es posible, y ellos existen, entonces hay razón para la esperanza.   

Twitter: @maurimm 

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