Elecciones y conflictividad social: cuatro casos

¿Qué pasa cuando las elecciones no son eficaces para canalizar agravios o demandas?

Mauricio Meschoulam
Nación 08/01/2022 02:59 Actualizada 03:00
Guardando favorito...

El 19 de diciembre del 2021, Gabriel Boric ganó las elecciones en Chile. Boric, la persona más joven que hasta ahora ha dirigido a ese país, es un exactivista estudiantil y fue uno de los más importantes organizadores de las manifestaciones del 2011. Boric, además, logró capitalizar el descontento social exhibido durante otras protestas, las del 2019. Como dice El País, Boric “abre las puertas de La Moneda a una generación muy joven, forjada al calor de las demandas sociales de las revueltas de 2011 y 2019”. Sin embargo, esto sucedió en medio de un mes complicado para otros movimientos políticos y procesos electorales en el mundo. Apenas cinco días antes de las elecciones chilenas, el líder opositor en Bielorrusia, Tikhanovsky, fue sentenciado a 18 años de prisión debido a su participación en las protestas en su país. El 20 de diciembre, también hubo elecciones en Hong Kong, pero con un récord de baja participación (solo 30%) y con 89 de los 90 escaños otorgados a candidaturas pro-Beijing. Dos días después, se anunció que las esperadas elecciones en Libia serían suspendidas, suscitando enormes temores de que la violencia regrese a ese país. Estos cuatro casos nos dejan, justo al final del año, una enorme tarea para la reflexión acerca de la eficacia de procesos electorales como mecanismos para procesar la conflictividad social. A eso dedicamos las siguientes líneas.

Empecemos por considerar que más allá de las problemáticas específicas de cada caso, hay factores comunes que se han hecho presentes a nivel global a lo largo de los últimos años. En algunos países que han experimentado movimientos sociales, se puede apreciar bajos niveles de crecimiento económico y/o problemas financieros que fuerzan a las autoridades a impulsar medidas de austeridad, alzas de impuestos o la elevación en los precios de servicios básicos; eso varía de caso a caso. En otros, podemos ver el impacto del desempleo y en especial la desocupación juvenil. Pero lo que parece común en varios de los sitios en donde ha habido manifestaciones masivas continuas, es el crecimiento de la desigualdad, no solo medida por la desigualdad de ingreso, sino la desigualdad en cuanto a acceso a oportunidades, la brecha entre sectores privilegiados y la ciudadanía común.

Además de circunstancias económicas o agravios muy concretos, el tema es a veces, cómo estos fenómenos materiales son percibidos por la población: el sentimiento de que esos factores económicos no impactan a todos por igual, el creciente distanciamiento entre una ciudadanía que percibe a sus élites completamente alejadas de la realidad que viven. Por otro lado, la apreciación de que no existen canales políticos adecuados para procesar las demandas sociales y la desconfianza de las sociedades en las instituciones, en la democracia o en los medios de comunicación tradicionales, no son temas exclusivamente locales. Las mediciones internacionales indican, además, que esta desconfianza se encuentra más marcada en las poblaciones jóvenes. El último reporte del Barómetro de Confianza Edelman (2021), detecta que los liderazgos en el mundo se encuentran en crisis; 73% de las personas de una muestra global desconfía de sus gobiernos, altamente percibidos como incompetentes y corruptos. La desconfianza en medios de comunicación tradicionales se encuentra en niveles históricamente bajos. A esto hay que sumar la intensificación de la polarización severa en muy distintos países del globo.

Esa es la importancia de los procesos electorales, cuando funcionan, pues permiten canalizar de manera relativamente ordenada esa serie de agravios y demandas. Producen, al menos, la expectativa de que la difícil situación que se vive, puede mejorar. Eso parece ser lo que ocurre en Chile después de los grandes movimientos sociales que ahí se han observado. Las palabras de Boric hablan por sí solas: “Este será un Gobierno con los pies en la calle, las decisiones no se tomarán entre cuatro paredes de La Moneda”, prometió.

Pero, ¿qué pasa cuando las elecciones no son eficaces, no solo para canalizar esos agravios o demandas, sino cuando menos para generar un sentimiento de esperanza? El caso de Bielorrusia es elocuente en ese sentido. Sergei Tikhanovsky, sentenciado el pasado 14 de diciembre por organizar disturbios, entre otros cargos, planeaba desafiar a Lukashenko—presidente en ese país desde 1994—en las elecciones de 2020, pero fue detenido antes de la votación. Su esposa, Svetlana Tikhanovskaya, fue quien terminó enfrentándose a Lukashenko. Tras declararse ganadora, pero temiendo por su seguridad, se vio obligada a exiliarse con sus hijos al día siguiente. Mientras tanto, Lukashenko afirmaba haber logrado una victoria arrasadora. Esta situación resultó en un movimiento social de protesta que verdaderamente puso a temblar al régimen.

Cientos de miles salían a las calles cada semana no solo acusando a Lukashenko de fraude electoral, sino reclamando reformas políticas de fondo. Minsk contenía y reprimía las protestas. Europa y Estados Unidos criticaban esa represión y sancionaban a Bielorrusia. Pero Putin salió en defensa de Lukashenko y como resultado, ese presidente se fue sintiendo cada vez más empoderado. Su lugar estaba protegido por el Kremlin. Bielorrusia no se iba a convertir en una segunda Ucrania. Eso le otorgaba un margen de maniobra importante. Así, Minsk cambió sus tácticas: en lugar de ir masivamente en contra de los manifestantes, fue desarrollando estrategias muy dirigidas en contra de figuras clave del movimiento opositor. Ya para 2021, se multiplicaron los secuestros, desapariciones forzadas y arrestos de quienes eran considerados peligrosos. Esto, sumado al cansancio y el desgaste, ha tenido un efecto casi fatal en el movimiento. Las protestas se fueron apagando. El último golpe, la sentencia de Tikhanovsky y de otros líderes opositores, fue asestado cinco días antes de las elecciones chilenas.

Otro caso muy sonado en diciembre fue el libio, producto de una guerra que lleva ya una década completa, la cual también comenzó con manifestaciones masivas como parte de la Primavera Árabe. La situación en Libia, sin embargo, se vino complicando con los años por el rol que en ese país ha jugado la injerencia de potencias regionales y globales rivales. Finalmente, tras una gran cantidad de intentos y tras un importante esfuerzo de un sector de la sociedad civil y el apoyo de organismos como Naciones Unidas, se había logrado organizar un proceso electoral para el 24 de diciembre pasado. Pero el 22 de diciembre, la Cámara de Representantes de Libia anunció que las elecciones presidenciales no podrían desarrollarse según lo programado. La Alta Comisión Electoral Nacional del país propuso un retraso de un mes, pero apenas el 27 de diciembre, en las nuevas discusiones en la Cámara de Representantes, todo se ha seguido desmoronando sin acuerdos. El gran temor es que, si este proceso fracasa, las facciones podrían retornar a la guerra.

El caso de Hong Kong también nos muestra, de forma distinta, lo que sucede cuando las elecciones son ineficaces para procesar las demandas sociales. En ese territorio que pertenece a China, la promesa de “Un País, Dos Sistemas”, parece estarse extinguiendo de manera definitiva. Ahí, también hubo un inmenso movimiento social durante 2019 y antes de eso, en 2014. Más allá de demandas específicas, podríamos resumirlo así: entre amplios sectores de la sociedad hongkonesa, prevalece la percepción de que, en lugar de progresar hacia elecciones libres y universales, y hacia el aumento de derechos como originalmente había sido planteado cuando Reino Unido regresó el control de Hong Kong a China, y se instauró el modelo de “Un País, Dos Sistemas”, el territorio camina justo en la dirección opuesta. Esto ha desatado una enorme frustración colectiva que ha encontrado solo en la movilización popular un adecuado canal de expresión. En un punto de 2019, casi una tercera parte de la población total del territorio se estaba manifestando en la calle. Pero esas manifestaciones, lejos de lograr sus objetivos, inquietaron a China. Además, un pequeño sector del movimiento se fue radicalizando y se tornó violento.

Como consecuencia, en 2020 la legislatura china aprobó una nueva ley de seguridad para Hong Kong que impone severas penas contra delitos como “secesionismo, actividad subversiva, terrorismo, injerencia extranjera”, y prácticamente contra cualquier acto que amenace la “seguridad nacional”. Luego, en 2021, el Congreso Nacional Popular en China aprobó por unanimidad reformas electorales que materialmente han liquidado a la corriente prodemocrática tanto en el Consejo Legislativo de Hong Kong como en el proceso de selección para dirigir el territorio. Entre otras cosas, China impuso ordenamientos que obligan al poder judicial, a educadores y medios a ser “patrióticos”, y a funcionarios a jurar lealtad ante Beijing y su nueva ley de seguridad. Las autoridades han estado apresando o levantando cargos contra decenas de miembros del movimiento prodemocrático por sus violaciones a esas leyes.

Finalmente, el pasado 20 de diciembre, durante las elecciones para el Consejo Legislativo, hubo una bajísima participación en un proceso en el que las candidaturas incómodas fueron vetadas y en el que 89 de los 90 escaños fueron otorgados a candidaturas pro-Beijing. En marzo de este nuevo año habrá elecciones para la dirección ejecutiva del territorio, pero también se prevé una situación similar a lo sucedido en diciembre. El resultado aparente de toda esta situación es, o bien la apatía y desesperanza por parte de quienes hace dos años salían a las calles masivamente, o bien, la abstención como último recurso para protestar.

En suma, a pesar de las particularidades de cada caso, pareciera indispensable entender que hay una serie de patrones globales que tienden a repetirse de manera paralela en decenas de sitios en el planeta. Se les puede reprimir u oscurecer durante algún tiempo, pero difícilmente se les podrá eliminar. Los agravios económicos, políticos y sociales probablemente se van a seguir acumulando en muchas partes durante los años que siguen. La pregunta es cómo van a ser procesados en cada caso. Como dijimos, el año pasado termina con mucho material para reflexionar en esta temática.
 

Twitter: @maurimm

Comentarios