El Nobel, el hambre y la paz

Mauricio Meschoulam

El comité Nobel también juega. Esto no es novedad. Es muy común que su decisión de otorgar el premio de la paz esté influenciada por la necesidad de tomar posición en momentos específicos y enviar mensajes que considera relevantes. Así ocurrió en 2012 con su reconocimiento a la Unión Europea, justo cuando hablar de Brexit, de Grexit o del posible desmembramiento de esa unión, era ya lugar común, o en 2013 cuando la beneficiaria fue la Organización para la Prohibición de Armas Químicas, precisamente cuando las acusaciones por el uso de ese tipo de armamento a manos de Assad en Siria estaban en todos los titulares, o en 2016 con el premio a Santos cuando el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las FARC pasaba por momentos complicados. Esta vez no es excepción. El planeta vive una crisis de salud y un shock sistémico que está resultando en afectaciones a la integridad de millones de personas. Frente a esa crisis, el comité Nobel toma un posicionamiento firme: otorgar su premio de paz a una institución internacional—el Programa Mundial de Alimentos (PMA)—que pertenece al sistema de la ONU, puesto que, para el Nobel, hoy, más que nunca, se necesita hablar de instituciones globales y de colaboración internacional. Y porque, como tuiteó el PMA, la paz y la meta de “Cero Hambre” (#ZeroHunger), su lema motor, van de la mano. En el texto de hoy comento ambas, la dimensión conceptual y la dimensión política del tema.

Estamos acostumbrados a entender la paz a partir de lo que no es. En su aproximación más tradicional, la paz se concibe como la ausencia de guerras y, en general, la ausencia de violencia. Si se firma un tratado que pone fin a un enfrentamiento armado, éste se denomina “tratado de paz”. Si las potencias están armadas, pero no protagonizan una confrontación activa, entonces, a ese estado se le denomina “paz armada”. Estar en paz se concibe como estar en “calma”, en silencio, sin disturbios o agresiones.

En otras palabras, entendemos la paz un poco por lo que pasa cuando carecemos de ella, a partir de los efectos más visibles por su ausencia: los de la violencia. Como consecuencia, cuando esa punta violenta del iceberg deja de asomarse, asumimos que estamos en paz. “Vamos a devolver a los mexicanos la paz y la tranquilidad”, nos dicen algunos políticos, implicando que, hace solo unos años, cuando las tasas de crimen violento y homicidios eran menores, y “podíamos salir a la calle con tranquilidad”, México estaba “en paz”.

Y por supuesto que la paz incluye la ausencia de violencia. Eso se conoce como la paz negativa, aquello que no debe estar presente para que haya paz. Sin embargo, un sistema de paz positiva es algo mucho más complejo, y consta de componentes activos, aquellas “actitudes, estructuras e instituciones que crean y sostienen a las sociedades pacíficas” (IEP, 2020). Por ejemplo, para Johan Galtung, la violencia visible o directa es una sola de las puntas de un triángulo compuesto además por la violencia estructural y la violencia cultural. Las estructuras, en otras palabras, también pueden agredir, deshumanizar y matar, aunque lo hagan más lentamente y de formas menos ostentosas que una guerra (Galtung, 1985). Por consiguiente, parar las armas, resolver conflictos, acercar a las partes en disputa, promover el diálogo y la reconciliación, son temas fundamentales, pero insuficientes.

Considerar también los factores activos que componen la paz, incluye revisar a fondo uno a uno de los ladrillos que la edifican. Entre esos bloques se encuentra, por ejemplo, la promoción—activa—del bienestar material y del bienestar emocional de las personas, además de las condiciones estructurales y las instituciones políticas, sociales y económicas que garanticen que ese bienestar se sostenga, que aseguren la cohesión social, la justicia y el respeto con una sólida perspectiva de género, los derechos y las oportunidades de todas las personas en una comunidad de seres humanos. 

Con eso en mente, pensemos en el hambre. En el pasado, una de las tácticas de guerra más utilizadas era sitiar una ciudad y matarla de hambre. Podía no haber batallas o sangre, pero si la ciudad no resistía más, el ejército agresor la acababa tomando. Eso no significa, sin embargo, que tiene que haber una guerra abierta o visible para que entendamos que el hambre provocada por factores socioeconómicos locales o globales, es una forma mediante la que la integridad de millones de personas es vulnerada, cosa que sucede no a causa de la “intención” o “agresión” de uno u otro individuo o funcionario, sino a causa de las arraigadas estructuras de un sistema que provoca y reproduce las condiciones que permiten ese mal.

Bajo esta óptica, no es que el hambre esté estadísticamente correlacionada con la violencia o que el hambre sea “la causa” de violencia. La pobreza y el hambre SON violencia. Desde las estructuras. Y por eso, la sola concepción motora del Programa Mundial de Alimentos: “Cero Hambre”, se encuentra en el corazón mismo de lo que la paz estructural se compone.

Más allá de la dimensión conceptual, hay un mensaje potente que el comité Nobel busca comunicar. La paz como dijimos, también consta de instituciones y arreglos que por una parte permitan procesar el conflicto sin necesidad de recurrir a la violencia, y que, por la otra, promuevan condiciones para la colaboración, la integración y la inclusión, tanto a nivel interno como a nivel internacional. Y pasa que ese sistema de instituciones y arreglos internacionales vive momentos complicados. El auge de los populismos, los nacionalismos y los “Yo Primero-ismos”, ha resultado en decisiones como el desconocimiento o abandono de acuerdos y tratados multilaterales o el ataque directo a organismos internacionales (no solo por parte de Trump).
El premio Nobel de la Paz 2020 incluye, entonces, un posicionamiento a favor del multilateralismo, a favor de las instituciones y a favor de la cooperación entre los países, justo cuando el sistema global vive un shock de pocos precedentes. En la línea más golpeada de ese sistema, hay más de 100 millones de personas, quienes hasta antes de la pandemia no pasaban hambre, y que ahora se suman a otros cientos de millones que tienen que enfrentar carencias difíciles de imaginar. El Programa Mundial de Alimentos apenas puede atender, y con enormes esfuerzos, a una mínima parte de esas 100 millones de almas.

La coordinación entre nuestros gobiernos para poder enfrentar esta crisis sistémica, no es una necesidad imaginaria. No somos fragmentos “externos” o “ajenos” a ese sistema, sino partes interconectadas que interactúan entre ellas y con el todo. Por ello, los acuerdos, tratados e instituciones multilaterales necesitan respaldo, fortalecimiento y solidez. No ataques. El mensaje del premio Nobel de la Paz este año, tiene que ver, en suma, con la necesidad de pensar en los otros incluso antes que en nosotros, y de asumir que solo la solidaridad, la colaboración, la rehumanización y redignificación de las personas más vulnerables, nos van a sacar de las crisis que estamos viviendo como especie.

Analista internacional.​​​​​​​
Twitter: @maurimm

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