De protestas y violencia: Índice de Paz Global 2020

Mauricio Meschoulam

Dos factores destacan en el Índice de Paz Global 2020, elaborado por el Instituto para la Economía y la Paz (IEP). El primero, el énfasis que se coloca en la desigual distribución de la paz a nivel mundial. El segundo, el rol de las protestas masivas durante el último año. No se trata de temas desconectados porque, como bien lo explica el instituto, la paz no se limita a la ausencia de violencia. Factores como los bajos niveles de corrupción, la distribución equitativa de los recursos o la aceptación de los derechos de otras personas, se encuentran en el mismo corazón de lo que la paz se compone. Permítame ejemplificarlo: Si usted ha seguido este espacio desde hace años, recordará el análisis que hemos dedicado desde 2011 a las protestas de la Primavera Árabe, detonadas justamente a causa de la desigualdad, la corrupción y la falta de derechos y libertades. Recordará también cómo fuimos atestiguando que varias de esas protestas fueron brutalmente reprimidas y cómo algunas de ellas se transformaron primero en guerras civiles, y luego, en conflictos armados internacionales. Por eso, cuando en uno de los casos más sangrientos de los que hablo, Siria, esta semana observamos que miles de personas vuelven a salir a las calles para manifestarse contra su gobierno—ese que al cabo de los años ha prácticamente derrotado a la rebelión—es imposible dejar de hilar las conexiones que existen entre ese tipo de manifestaciones y la ausencia de paz estructural. De eso hablo en las siguientes líneas.

Primero, la brecha entre los países más y menos pacíficos se mantiene aumentando de manera constante. De hecho, si comparamos datos actuales como el número de muertes por conflictos armados, con las del siglo XX o XXI, podríamos decir que el mundo vive tiempos considerablemente “pacíficos”. Sin embargo, esa información (que es real) puede ser malinterpretada si se asume que el promedio de lo que ocurre en el globo retrata al todo. Porque, así como existe una desigual distribución de la riqueza y la pobreza, de la educación, la salud o la tecnología, nuestro planeta padece una muy desigual distribución de la paz, la violencia y sus manifestaciones.

Estos son los datos que aporta el índice: a pesar de las mejoras de largo plazo, la paz a nivel global, sí se ha deteriorado un 2.4% en los últimos 10 años. Sin embargo, hay 81 países que han mejorado en sus niveles de paz, mientras que el deterioro se concentra en los 79 países de abajo en la tabla. Más aún, los 20 países más pacíficos del mundo se mantienen constantemente en los sitios elevados de la escala. En cambio, los 30 países menos pacíficos—esos que concentran la mayor parte de las guerras, el crimen violento y otras clases de violencia—terminan siendo siempre los mismos. Solo 10 países concentran tres cuartas partes de las muertes por terrorismo en el planeta.

Pensemos en México, para no irnos tan lejos. Una vez más somos de los 26 países menos pacíficos del mundo. Es verdad que las caras que adopta la violencia en nuestro país podrán ser distintas que en Irak, Afganistán, Siria o Somalia. Sin embargo, a nadie queda duda de que estamos viviendo los tiempos más violentos de las últimas décadas. De hecho, las redes y conexiones que hoy existen entre organizaciones terroristas y organizaciones criminales son cada vez mayores, convirtiendo a esos fenómenos en una especie de simbiosis en la que unos adoptan características de los otros y viceversa.

Estos factores no se encuentran desvinculados de otro de los aspectos que destaca el reporte del 2020: el rol de las protestas masivas. Y es que cuando ocurre, al mismo tiempo, una ola de manifestaciones en sitios tan distantes como Líbano, Chile, Hong Kong o Haití, o unos días antes, Ecuador, Egipto, Irán e Irak, se puede tomar caso por caso y revisarlos de manera local, o se puede intentar una mirada más panorámica, tratando de detectar algunos factores que son comunes. Es decir, pensar en el planeta como un mismo sistema en donde las partes impactan al todo y el todo impacta a las partes continuamente. Los hilos sistémicos terminan por entretejerse con lo local y se generan fenómenos paralelos como esos.

El resultado es que, ante la ausencia o debilidad de pilares de paz positiva (por ejemplo, la prevalencia de desigualdad, corrupción, o las violaciones a los derechos humanos, sociales, políticos o económicos, entre otros), se produce la percepción de que no hay vías institucionales para canalizar y procesar las demandas sociales, y que además de ello, no parece haber expectativa de que las cosas vayan a cambiar. Esto resulta en una frustración colectiva que, con una sola chispa que enciende la mecha—puede ser alguna medida de austeridad, el aumento a la gasolina, los transportes, o algún factor político como una nueva ley, o medidas impuestas por las autoridades—se traslada a la calle; esa frustración generalizada, además, hoy se comparte empleando a las redes sociales como grandes megáfonos que tienen el potencial de conectar con otras personas más veloz, intensa y ampliamente que nunca antes en la historia, lo que tiende a acentuar sentimientos como el enojo, la impotencia, el miedo o la vulnerabilidad y que, de acuerdo con lo que se está investigando, facilitan los procesos de polarización.

Hay un facilitador adicional: la respuesta que algunas de las autoridades deciden dar a las protestas. En muchos casos, la decisión de reprimirlas o detenerlas, no hace otra cosa que activar una espiral ascendente que, entre ciertos sectores, puede terminar por incentivar la radicalización. Esto está siendo muy claro, por ejemplo, en Hong Kong, en donde las autoridades llevan ya un año intentando detener un movimiento que se mantiene creciendo. Por cierto, EEUU es uno de los países que ha ido empeorando en la tabla y es actualmente el 121 menos pacífico de 163. Las recientes protestas que hemos visto en ese país no están desconectadas de esos factores.

Mirando el panorama en su conjunto, el 58% de las protestas durante 2019 se tornaron violentas. Además, como lo muestra la experiencia de la última década, en algunos casos concretos, los círculos de violencia generados entre manifestantes y autoridades, han terminado en guerras civiles. Y sí, frecuentemente sucede que las autoridades sofocan exitosamente las manifestaciones, o bien, derrotan a los rebeldes que se radicalizaron y tomaron las armas. Pero acá hay varias lecciones que aprender:

La primera es que la paz no se limita a la ausencia de violencia, pero la falta de paz estructural, sí tiene frecuentemente manifestaciones violentas. Si los factores de raíz no son resueltos; si el sistema se sigue caracterizando por la ausencia de actitudes, estructuras e instituciones que garanticen y sostengan la paz, ésta se termina quebrando tarde o temprano. Una de sus formas de quiebre puede ser, en efecto, las protestas masivas. Pero hay otras como lo son los conflictos armados, el crimen violento o la violencia extremista. Y segundo, mientras el sistema internacional siga presentando una distribución tan desigual de la paz, y la brecha entre los países más y los menos pacíficos siga aumentando, nadie se salva de las consecuencias globales que esto ocasiona, aunque ello no sea visible de manera clara e inmediata.

Analista internacional. @maurimm

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