Observar y entender los mapas resulta siempre crucial, pero más aún en un momento como el que el planeta está viviendo. De manera paralela a la crisis que atraviesa el orden liberal institucional basado en normas y leyes, el mundo experimenta una feroz competencia por posiciones geoestratégicas, rutas y recursos críticos: no solo aquellos que alimentan la industria tradicional, sino los que son clave para la inteligencia artificial y el futuro de la industria digital. Esto se entreteje, además, con el hecho de que hoy no solo está en disputa lo que sucede en la superficie del mar —por donde transita el 85% del comercio global—sino también lo que ocurre en el fondo marino, por donde circula el 95% de la información con la que operamos cotidianamente a través de cables que nos interconectan. La competencia ya no es únicamente territorial o comercial; es también tecnológica e infraestructural. Ello tiene efectos sobre conflictos que poseen raíces políticas, religiosas, económicas o sociales eminentemente locales, pero que, debido a los factores señalados, tienden a internacionalizarse con rapidez. La zona del Mar Rojo y el Cuerno de África es un ejemplo claro. Unas notas al respecto:

1. Primero, hay que entender que se trata de un espacio geográfico crucial para la navegación comercial y militar que, a través del Golfo de Adén, el Mar Rojo y el Canal de Suez, conecta Asia con Europa. Además de los recursos propios de la región, por ese corredor transita alrededor del 15% del comercio global y aproximadamente el 17% de la información que se consume en el mundo. Ello otorga poder a quienes controlan bases, puertos y rutas; por tanto, es una zona intensamente disputada. Así, no podemos mirar a Somalia, Etiopía, Sudán o Yemen como países “lejanos” o simplemente “encerrados en sus propias problemáticas”. Se están configurando ejes de alianzas regionales y globales con efectos que trascienden ampliamente la región.

2. Piense en el caso de los houthies, el grupo rebelde de Yemen que controla desde hace años no solo la capital, sino tramos clave de la navegación por estas rutas. Cuando esa agrupación decide sumarse a la causa de Hamás en su combate contra Israel, despliega su capacidad no solo para ejercer daño contra ese país, sino para presionar a otros estados y actores que percibe como aliados o socios de Israel a través de disrupciones a la navegación comercial. Eso obliga a las empresas a buscar rutas alternativas, elevando costos de transporte y seguros, y generando problemas en las cadenas de suministro entre Asia, África y Europa. Todo ello sin mencionar el poder disruptivo que implica la posibilidad de cortar cables submarinos en la zona.

3. Así podemos empezar a leer los eventos que se van sucediendo en la región: la disputa por establecer bases militares; la conformación de alianzas regionales y globales que terminan alimentando los conflictos locales; o incluso situaciones como el reconocimiento de la independencia de Somalilandia —un pequeño territorio autogobernado— por parte de Israel, el único país que hasta ahora lo ha hecho, pensando en los beneficios que ese acto podría aportar a Jerusalem en términos de cooperación militar en una zona cada vez más estratégica.

4. Se perfilan dos ejes cada vez más claros. Uno está conformado principalmente por Emiratos Árabes Unidos (EAU), Israel y Etiopía, que comparten un enfoque pragmático de seguridad y economía, dispuestos a respaldar actores subestatales o incluso secesionistas para asegurar influencia portuaria y contrarrestar amenazas islamistas o iraníes. El reconocimiento israelí de Somalilandia constituye un ejemplo de esa estrategia, detonando una fuerte reacción regional y diplomática.

5. El eje rival agrupa a Arabia Saudita, Turquía y Egipto, que, pese a sus rivalidades históricas, convergen en la defensa de la integridad territorial y de los gobiernos centrales en el noreste de África. Riad ha endurecido su postura frente a Abu Dhabi, como se evidenció recientemente en Yemen, con acciones saudíes y de sus aliados contra el Consejo Transicional del Sur, respaldado por Emiratos. Como vemos, la competencia ya no es solo retórica; se expresa en movimientos concretos sobre el terreno.

6. Sudán, de su lado, emerge como uno de los principales teatros de confrontación indirecta. Emiratos Árabes Unidos (EAU) respalda a las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) de Mohamed Hamdan Dagalo, Hemedti, actor que controla minas de oro, rutas de contrabando y zonas estratégicas, y cuyo comercio —especialmente el oro— fluye en buena medida hacia los Emiratos. Arabia Saudita, en cambio, apoya al ejército regular sudanés (SAF), encabezado por el general Abdel Fattah al-Burhan, con el respaldo adicional de Egipto y Turquía. Esta rivalidad reduce los incentivos para compromisos políticos, eleva el riesgo de ofensivas mayores, incluso desde territorio etíope, y hace improbable un acuerdo de paz integral en el corto plazo. Egipto, además, ha intensificado acciones contra las RSF, reflejando una competencia cada vez más abierta entre ambos bloques.

7. En esa misma línea, esta semana se informó que Etiopía alberga un importante campamento de entrenamiento y logística de las RSF a 30 kilómetros de la frontera con Sudán (Reuters, febrero de 2026). Ocho fuentes señalaron que Emiratos financió su construcción, aunque Abu Dhabi lo niega. Según el reporte, unos 4,300 combatientes de las RSF reciben entrenamiento allí, y las imágenes satelitales difundidas muestran trabajos para un centro relevante destinado al uso de drones por parte de esa fuerza.

8. A lo anterior hay que añadir los esfuerzos de Moscú por construir una base naval en Port Sudan, justamente en la zona estratégica que he señalado. La construcción había sido anunciada semanas atrás, pero posteriormente intervino Trump, presionando al general Burhan para impedirla. Poco después se informó de la cancelación de los planes rusos, en otro episodio que refleja hasta qué punto este espacio se ha convertido en terreno de competencia directa entre potencias.

9. Esas rivalidades y alianzas encuentran otro punto de expresión en el Cuerno de África y las puertas al Mar Rojo. Arabia Saudita y Somalia firmaron un nuevo acuerdo de defensa en Riad el 9 de febrero, reforzando el proceso de fortalecimiento militar e intercambio de inteligencia que Mogadiscio ya venía construyendo con Turquía y Egipto. Ello podría elevar sus capacidades hasta influir en la dinámica interna de Somalilandia y complicar aún más su aspiración de independencia formal. Este movimiento se inserta en la competencia regional más amplia. Tras el reconocimiento israelí de Somalilandia que señalé arriba, y la ruptura entre Riad y Abu Dhabi por Yemen, estamos ante una señal clara de que Arabia Saudita busca contrarrestar activamente las acciones emiratíes, e incluso israelíes, quienes están apoyando a actores subestatales. Al mismo tiempo, junto con Egipto y Turquía, los saudíes procuran sostener a los estados existentes y frenar nuevas fragmentaciones en la zona.

En suma, hoy más que nunca necesitamos emplear un pensamiento complejo. Los conflictos se alimentan de componentes locales, rivalidades internas y factores estructurales propios de cada caso. Pero también reciben impulso de dinámicas regionales y globales que, lamentablemente, dificultan su resolución rápida. El Mar Rojo y el Cuerno de África emergen como un ejemplo de lo que está sucediendo también en muchas otras partes del planeta: una feroz competencia global en un contexto en el que las instituciones y arreglos que ordenaban, al menos de manera relativa, la conducta entre actores, atraviesan una profunda crisis.

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