Con pandemia o sin ella, cuando las situaciones de fondo no son resueltas desde la raíz, tienden a resurgir, normalmente con fuerza. Lo que ha hecho el Covid es primero, obscurecer varios de esos asuntos irresueltos, en buena medida gracias al cúmulo de información que fluye a diario en relación con la crisis y sus repercusiones. Segundo, el Covid ha ocasionado, en efecto, que muchos actores (violentos y no violentos) pausen sus actividades y se enfoquen a reorganizarse o adaptarse. Pero esto no ha ocurrido en todos los casos y donde ha ocurrido, el efecto ha sido solo temporal. Y tercero, el Covid parece estar generando áreas de oportunidad para ciertos actores que buscan aprovecharse de las circunstancias de distracción en sus rivales o enemigos. Hace dos semanas, por ejemplo, en Irak, ISIS llevó a cabo uno de los mayores operativos de los últimos años, el más importante desde que cayó su “califato”, para tomar una zona rural de ese país. De igual forma, hemos visto ataques contra militares o contra civiles en muchos otros sitios del mundo. Y luego, está lo ocurrido en Afganistán. Dos atentados terroristas el mismo día con decenas de muertos, incluidas varias madres que acababan de dar a luz, y dos de sus recién nacidos. ¿Cómo siquiera empezar a explicar esa clase de violencia? Unas notas al respecto:

1. En el Índice Global de Paz, Afganistán se ubica en el último sitio del mundo. También es el país en donde más ataques terroristas se cometen en el planeta. De hecho, el terrorismo está altamente correlacionado con el conflicto armado (GTI, 2019). Con su intervención militar desde 2001, Estados Unidos ha librado ahí la guerra más larga de su historia, un factor que lejos de contribuir al combate al terrorismo, lo ha incrementado desde entonces por razones que ya hemos cubierto en otros momentos. Así que, sin encontrar soluciones de fondo, una de las grandes promesas de Trump había sido retirar a sus tropas de ese sitio y dejar de luchar conflictos “ajenos, lejanos y costosos”.

2. Para lograrlo, Washington entabló un diálogo con el liderazgo talibán, un proceso que duró más de año y medio. No obstante, las negociaciones fueron conducidas sin detener la violencia, lo que incluso orilló a Trump a cancelar una reunión con los talibanes en Campo David el 7 de septiembre del 2019 tras un ataque terrorista de una de las agrupaciones talibanas—uno más de los que ocurrían cada semana—en Kabul, un ataque con coche bomba que dejó doce muertos (incluido un soldado de EEUU) y decenas de heridos en una zona residencial. Trump en ese punto no podía justificar el seguir negociando con un actor que se mantenía cometiendo atentados. Pero un mes después, las negociaciones continuaron y al final se alcanzó un acuerdo que contiene cuatro partes, lo que incluye un calendario para el retiro completo de tropas estadounidenses de ese país, un cese al fuego permanente que en realidad solo amarraba un compromiso de “reducir la violencia”, la liberación de presos y el inicio de las conversaciones denominadas “interafganas”, es decir, pláticas entre los talibanes y el gobierno del presidente Ghani a partir del 10 de marzo de este año.

3. El gobierno afgano fue, no total, pero sí prácticamente aislado de las pláticas en aquella primera fase. Es decir, EEUU estimó que este proceso podía y debía ser llevado a cabo en dos etapas distintas. Una, entre la Casa Blanca y los talibanes, y la segunda, una vez alcanzado el acuerdo de la fase inicial, propiciando conversaciones que ahora sí incluyesen
a Kabul. Washington buscaba evitar los riesgos que podría conllevar un proceso de negociaciones complejísimo—sobre todo cuando la violencia se encontraba a flor de piel—el cual podría romperse con facilidad, o en el mejor de los casos, avanzar de manera mucho más lenta. Trump evaluó que existían condiciones para sacar un pacto lo suficientemente sostenible como para justificar el retiro de tropas de EEUU y dejar lo más escabroso para la siguiente etapa. Al hacerlo de este modo, sin embargo, el gobierno afgano se sintió excluido del proceso y como resultado, pretendió demostrarlo enviando mensajes como su negativa a liberar los presos que, según Ghani, él nunca acordó liberar.

4. Desde el 10 de marzo, hubo varios intentos para activar el proceso de negociaciones entre Kabul y los talibanes, pero no se tuvo el éxito que Washington esperaba, incluso tras sus esfuerzos para mediar. Las tensiones entre los talibanes y el gobierno siguieron escalando y todo indicaba que, tras unos meses en los que la violencia se había reducido, pronto estallaría de vuelta.

5. Es en ese punto que llega el Covid a Afganistán, provocando una enorme preocupación y gran temor entre la población y las autoridades. Pero no siendo suficientes las condiciones de precariedad con las que ese país tiene que enfrentar la crisis sanitaria, la guerra armada retorna con fuerza, y ya desde abril los talibanes relanzan su ofensiva en contra del ejército.

6. Ese es el contexto bajo el que ocurren los dos atentados del 12 de mayo. No obstante, los talibanes, el mayor grupo perpetrador de ataques terroristas en ese país, han negado cualquier participación en los atentados de esta semana. En cambio, la filial afgana de ISIS (llamada ISIS-K o ISIS oriental) asumió la autoría de uno de los dos ataques, y, aunque no se ha adjudicado el atentado contra la clínica de maternidad, pareciera que ese otro ataque también tiene su sello. Además, ISIS-K ha cometido varios ataques en los últimos meses y Kabul ha estado arrestando a figuras clave de esa agrupación. Con todo, el gobierno afgano responsabiliza a los talibanes de ambos atentados y ha ordenado reanudar la ofensiva en su contra. Y la Casa Blanca, por su parte, decide creer a los talibanes, les exime de toda responsabilidad y llama al gobierno de Ghani a traer a los verdaderos responsables a la justicia.

7. Para entender ese rompecabezas hay que considerar que la rama de ISIS en Afganistán está constituida por ex talibanes que en su momento se inconformaron con el liderazgo talibán y decidieron unirse a la causa global del “Estado Islámico”. No obstante, se sabe que los contactos entre esos ex talibanes y su antigua organización nunca se rompieron del todo a pesar de sus diferencias. De hecho, uno de los compromisos de los talibanes en su acuerdo con Washington era que ellos “detendrían cualquier clase de terrorismo en el país”, incluidos los ataques perpetrados por ISIS o por ramas de Al Qaeda.
8. Al asignar a los talibanes la responsabilidad de los atentados, quizás el gobierno afgano busca comunicar que sean o no sean ellos los perpetradores directos, si acaso desean que el proceso de paz tenga éxito, deberán controlar a todas las facciones terroristas en el país. O bien, Kabul simplemente podría estar buscando la justificación para reanudar los combates. Pero la realidad es que los talibanes no son capaces de controlar enteramente la actividad terrorista en Afganistán. Existen facciones radicales no solo fuera de su organización, sino
incluso dentro de la misma, que no se han decidido por abandonar la ruta de la violencia. Esto es algo que Trump eligió evadir cuando firmó el acuerdo con el liderazgo talibán.

9. Lo que se observa más bien, son las consecuencias de la urgencia de ese presidente para retirar las tropas de Afganistán justamente en su año electoral: Los talibanes están en plena ofensiva desde abril, el gobierno de Ghani ha reanudado su propia ofensiva en contra de esa agrupación, los atentados terroristas continúan y probablemente se recrudecerán conforme pasen las semanas y los meses. Y por lo que parece, Trump no podrá retirar sus tropas con el calendario que quería.

Afganistán es, tristemente, desde hace muchos años, una lección de cómo la paz no es algo que responde a las prisas de las campañas electorales como la de Trump, sino que necesita ser construida, palmo a palmo, involucrando a todos los actores y a todos los factores políticos, económicos y sociales. Eso tarda y cuesta trabajo. Alguien eventualmente tendrá que asumirlo.


Analista internacional.
@maurimm

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