Era 2019. La internacionalización de la conflictiva en Venezuela seguía en marcha. En marzo de ese año se anunciaba que, durante una serie de visitas por Medio Oriente, el entonces canciller venezolano Jorge Arreaza, en su trayecto hacia Siria, se reuniría con un funcionario de Hezbollah —la milicia libanesa islámica financiada, armada y entrenada por Irán, cuya ala política había obtenido la mayoría parlamentaria en su país. Se trataba de encuentros mediante los cuales el gobierno de Maduro buscaba afianzar respaldos entre viejos aliados del chavismo, actores que, por supuesto, se enfrentaban a Washington en distintas esferas. Muy al inicio de la guerra siria, en 2012, por ejemplo, Chávez había manifestado rápidamente su apoyo al presidente Assad, no solo a nivel diplomático, sino también mediante el envío de diésel desde Caracas hasta Damasco, oxígeno vital para el régimen sirio en aquellos momentos. De igual forma, la presencia de Hezbollah en Venezuela está documentada desde hace años. Hoy, sin embargo, el panorama es completamente distinto. Irán ya no puede respaldar al chavismo como antes. Hezbollah tampoco. Mucho menos Assad, tras el colapso de su gobierno en Siria en 2024. No es esto, por supuesto, lo que explica por sí solo la determinación de Washington de lanzar la operación contra Maduro, pero sin duda constituye una de las piezas de un tablero más amplio, en el que múltiples factores comienzan a conectarse. Revisemos esas conexiones y su evolución.
El contexto de los lazos entre el eje proiraní y el chavismo durante la década pasada
Primero, recordar que el mayor socio regional del presidente sirio Bashar al-Assad era Irán, país que, junto con Rusia, le respaldó desde el inicio de la guerra civil mediante financiamiento, armamento, oficiales de élite y, sobre todo, a través de sus milicias chiítas aliadas. La más importante de estas milicias es Hezbollah, sin cuya participación en aquel conflicto sería imposible comprender cómo Assad logró resistir las embestidas entre 2011 y 2018. Ahora bien, aunque Rusia e Irán no eran aliados incondicionales, es un hecho que ambos habían encontrado en Siria una serie de intereses afines, lo que facilitó su colaboración. El bando contrario a Assad, por su parte, era apoyado nada menos que por un rival común: Estados Unidos, además de sus aliados sunitas —como las monarquías del Golfo y Turquía— y, posteriormente, Israel. De este modo, puede afirmarse que en la guerra siria se configuró un eje chiíta compuesto por Irán, Siria y Hezbollah, respaldado militar y diplomáticamente por el Kremlin, en oposición directa a un eje sunita liderado por Arabia Saudita y otros países aliados, además de Turquía e Israel, todos apoyados por Washington.
No obstante, a medida que el conflicto sirio avanzó y la asistencia de Rusia e Irán hacia Assad se incrementó, fue quedando claro para Estados Unidos y sus aliados que continuar apoyando a la rebelión se convertiría en una causa perdida. En parte por ello, y en parte por sus propios desencuentros con Washington, Turquía optó por negociar de manera separada con Rusia e Irán. De igual forma, el respaldo internacional a la rebelión fue disminuyendo paulatinamente. Washington prefirió concentrar sus esfuerzos en combatir a un enemigo percibido como prioritario, ISIS, y optó por no oponerse a la recuperación territorial de Assad. Estas circunstancias —y otras que no detallo aquí— derivaron en que: (a) hacia 2018 el presidente sirio había logrado reafianzar su dominio sobre el país; (b) Rusia emergiera como la superpotencia con los mayores triunfos, al mantener a su aliado en el poder, conservar su posición geoestratégica mediante una base naval y una base aérea, y convertirse en el actor con el cual había que negociar en la región; y (c) naturalmente, Irán y Hezbollah obtuvieran posiciones que no tenían antes de 2011, así como un mayor margen para incrementar su presencia militar con miras a enfrentar a su principal rival regional, Israel.
Lo interesante es que el tema venezolano se entreteje con todo ello tanto antes de 2011 como después de esa fecha. Considérese lo siguiente: en una entrevista con The New York Times, el exjefe de inteligencia de Venezuela, Hugo Carvajal, relató cómo Tareck El Aissami, entonces ministro del Interior, había buscado acercamientos con Hezbollah e Irán desde la década previa. Ya desde entonces, las visitas venezolanas a Medio Oriente —que incluían Damasco y Teherán— tenían también como objetivo establecer contactos con la milicia libanesa. De igual forma, desde esos años se documentó la presencia de Hezbollah en Venezuela, orientada a financiar sus actividades mediante la construcción de redes y contactos en distintas partes de América Latina. Por ejemplo, diversos reportes señalaban que Hezbollah y organizaciones criminales latinoamericanas utilizaban las mismas redes de lavado de dinero.
Carvajal indicó al NYT que El Aissami llegó a proponer un plan para que militantes de Hezbollah vinieran a Venezuela para trabajar en colaboración con combatientes de las FARC. Pero al margen de esa actividad, lo importante era comprender la alianza que se establecía entre el chavismo y el eje chiíta. Es natural, entonces que cuando en 2011 estalla la guerra siria y Assad tiene que enfrentar a sus opositores internos y externos, el respaldo del chavismo no se hiciera esperar.
Ocho años después, la rueda de la fortuna daba sus giros. En 2019 era Maduro quien enfrentaba una oposición interna que lo había desconocido y una ofensiva diplomática internacional, sin mencionar las amenazas de una posible intervención militar por parte de Washington que Trump ya había puesto sobre la mesa. No resulta extraño, por tanto, que el eje chiíta se posicionara del lado del chavismo, no solo como retribución a apoyos previos, sino también por sus propios intereses.
Para Hezbollah, Venezuela ofrecía la posibilidad de obtener posiciones clave para financiar sus operaciones, utilizar redes de lavado de dinero y narcotráfico, y operar desde ahí para proyectar su influencia política tanto dentro del país como en otras partes de América Latina.
Irán, por su parte —otro país severamente sancionado— había desarrollado capacidades paralelas de refinación y logística para evadir controles. A partir de 2010 y con mayor intensidad desde 2018, comenzó a enviar a Venezuela cargamentos de gasolina, aditivos y componentes para refinar, recurriendo a esquemas de trueque, pagos opacos o compensaciones en crudo venezolano. Teherán aportaba conocimiento, personal técnico y piezas para reactivar refinerías venezolanas. Pero la gasolina iraní no era gratuita: se pagaba con petróleo venezolano, oro, acceso a proyectos o favores geopolíticos.
Del 2019 al 2026: el colapso del eje proiraní y sus implicaciones para Venezuela
Lo descrito hasta aquí, no obstante, ha cambiado de manera notable:
1. Tras la guerra que varios aliados de Irán en Medio Oriente sostuvieron contra Israel desde 2023 —Hamás, la Jihad Islámica, Hezbollah, las milicias proiraníes en Siria e Irak y los houthies en Yemen— hoy puede hablarse de un debilitamiento considerable del llamado “eje de resistencia” o “eje proiraní”. Esto no significa que dichos actores hayan dejado de existir, sino que, por un lado, han sido severamente diezmados y, por el otro, la capacidad de Teherán para articular ese eje a su favor se encuentra gravemente mermada.
2. Este debilitamiento ha tenido enormes implicaciones para Medio Oriente. Sin embargo, si pensamos en Venezuela, las consecuencias son aún mayores, toda vez que ese país es mucho menos prioritario para Teherán que Siria o Líbano, por mencionar dos casos.
3. La fragilidad del eje proiraní produce, de manera natural, una cadena de efectos en el conjunto de alianzas de Irán. El caso más evidente es Siria, donde el otro gran respaldo de Assad —Moscú— se vio imposibilitado de asistirle debido a su propia prioridad: la guerra en Ucrania. Así, tras una ofensiva relámpago en diciembre de 2024, a manos de una milicia islámica apoyada por Turquía, el régimen de Assad colapsó, eliminando para Irán y Hezbollah no solo posiciones estratégicas, sino también cadenas de suministro de armamento y financiamiento.
4. A ello se suman los enfrentamientos directos entre Irán e Israel, primero en 2024 y luego durante los doce días de guerra de junio de 2025, conflicto al que Washington se incorporó con bombardeos a instalaciones nucleares iraníes. Todo ello contribuyó aún más al debilitamiento de Teherán y a la reducción de su capacidad para respaldar a actores externos, desde su región prioritaria hasta, por supuesto, Caracas.
5. Finalmente, a la debilidad geopolítica de Irán debe añadirse una situación económica aún más precaria que la de la década pasada. Esto ha detonado, como entonces, una nueva ola de protestas masivas que, en este caso, probablemente sea la mayor que se ha visto en el país desde 1979.
6. Todo ello se conecta con Venezuela por múltiples vías. La principal es que, hoy, ni Teherán ni Hezbollah pueden respaldar al chavismo como lo hicieron en el pasado. Esto no implica que dichos actores dejen de buscar mecanismos para evadir sanciones o financiar sus operaciones, sino que, con la atención concentrada en sus prioridades más inmediatas —supervivencia, resiliencia y adaptación en su propio entorno regional— tienen, por ahora, poco que ofrecer al chavismo.
7. Otro factor que enlaza ambos temas es la percepción que Trump tiene de sí mismo, de la eficacia de sus decisiones y del poder con el que cuenta su país tras la captura de Maduro. Ello lo ha llevado a amenazar directamente a Teherán con posibles ataques si el régimen iraní asesinaba manifestantes, un factor que tuvo una repercusión inmediata al incentivar las protestas masivas.
8. Pero la historia no ha terminado. Trump percibe hoy tan debilitado al chavismo como a Irán, y está encontrando una ventana de oportunidad para neutralizar las amenazas que ambos actores han representado para Washington. Si bien el anunciado ataque contra Teherán no se ha materializado aún, no debe descartarse que ocurra en el futuro. Es posible que Estados Unidos busque una operación contra el Ayatola Alí Khamenéi en estos días o semanas.
9. Todo ello envía, a su vez, mensajes de fuerza y determinación tanto a Moscú como a Beijing, además de golpear a dos de los aliados de esos países.
10. Dicho esto, es importante subrayar que una cosa es que Trump dirija sus ofensivas contra actores que se han debilitado en los últimos años, y otra muy distinta es la forma en que China o Rusia han reaccionado —o seguirán reaccionando— frente a las amenazas que Washington ha planteado en su contra. De esto último hablaremos pronto.
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