Apuntes sobre el ataque terrorista en Buffalo

Mauricio Meschoulam

“Siempre fue una persona muy tranquila”, dice la gente que lo conocía, “rara vez hablaba”. Solo recientemente se empezó a comportar de manera extraña. Hace un año dijo que quería cometer un “asesinato-suicidio”, y luego dijo que estaba bromeando. Continuamente se vestía como militar. El sábado, Payton Gendron condujo unos 300 km para llegar a un supermercado de Buffalo, en una zona habitada mayoritariamente por afroamericanos, y se puso a disparar su arma, matando a 10 personas e hiriendo a tres. La mayoría de las víctimas: personas afroamericanas. En el cañón de su arma se podía apreciar un insulto racial, además de que se detectó en internet un manifiesto que las autoridades piensan fue posteado por Gendron, el cual además de detallar los planes del atentado, estaba plagado de consignas racistas, antiinmigrantes, antisemitas y que se refieren a la “teoría del remplazo”. El terrorismo de extrema derecha ha crecido dramáticamente en los últimos años. De igual modo, los crímenes por odio durante años han mantenido ascensos impactantes. Pero, ¿es lo mismo un ataque terrorista que un crimen por odio? ¿Cómo se relacionan? ¿Por qué estamos viendo estos incrementos? ¿Qué rol está jugando internet en la radicalización de extremistas y luego, en la difusión de la violencia y las ideas que la motivan?

1. Lo primero es entender que el terrorismo es una clase de violencia que ha sido perpetrada a lo largo de la historia por grupos y personas de muy distintas ideologías, religiones, grupos étnicos y políticos, la cual se distingue de otras violencias por sus móviles y por su mecánica, no por la gravedad de los ataques o el daño ocasionado. Efectivamente, en los últimos años, la mayor parte de ataques terroristas ha sido cometida por extremistas islámicos, pero —aunque con números de ataques y muertes muy inferiores en términos absolutos— ha habido un brutal incremento en el terrorismo supremacista blanco.

2. Ahora bien, no todos los crímenes de odio son ataques terroristas. Entender la diferencia no es trivial porque se trata de dos fenómenos que deben ser combatidos de manera paralela. Un crimen de odio es un crimen motivado por el prejuicio contra una o varias víctimas directas, quienes pertenecen (o el atacante percibe que pertenecen) a un grupo religioso, social o racial. Por tanto, en un crimen por odio las víctimas directas son el blanco mismo del ataque. En un ataque terrorista, en cambio, el blanco real es distinto.

3. En el terrorismo, las muy lamentables víctimas son solo instrumentos para provocar terror en terceros y utilizar ese estado de shock colectivo como canal para comunicar un mensaje, normalmente político, efectuar reivindicaciones, propagar determinada ideología o convicciones, afectar actitudes, opiniones y conductas de una sociedad o de partes de ella, y/o elevar a la agenda ciertos temas de discusión y así, ejercer presión psicológica sobre la toma de decisiones o sobre el comportamiento social.

4. El blanco real en un atentado terrorista es, entonces, una audiencia-objetivo: todos esos millones de personas que no viven el ataque de manera directa, sino que acceden a la narrativa de lo ocurrido, a las noticias, a las fotografías, a los videos y que entonces, padecen la conmoción psicológica que esto acompaña.

5. A pesar de que para efectos de quienes sufren un tiroteo masivo parece irrelevante si un ataque es terrorista o si se trata de otro tipo de crimen, distinguir entre los tipos de violencia es crucial para comprender y combatir la raíz. Si un ataque es perpetrado por motivos personales como la frustración de un estudiante en su colegio, o exclusivamente por un problema de salud mental sin que medien móviles políticos, por poner ejemplos, los factores que deben atenderse y resolverse son distintos que si el tiroteo es producto de la radicalización y la decisión de usar de la violencia para alcanzar fines políticos.  

6. Dicho proceso de radicalización varía de persona a persona y en éste intervienen cuestiones del entorno, a veces factores organizacionales y por supuesto, circunstancias individuales. Lo que sabemos, sin embargo, es que, en las etapas iniciales de ese proceso, está el pensamiento categórico: el futuro atacante empieza por identificar a un grupo completo de personas como los culpables de sus circunstancias o las de su sociedad, o como los obstáculos para conseguir sus metas (Moghaddam, 2007). “Los inmigrantes”, “los musulmanes”, “los judíos” o “los infieles”, etc., se vuelven categorías unitarias identificadas como un mismo todo. Ese pensamiento, basado en prejuicios, es el que da pie al comportamiento sesgado, a la discriminación y en última instancia, facilita el que ciertos individuos sientan que tienen permiso de usar la violencia contra los miembros del grupo señalado como enemigo (ADL, Pirámide del Odio, 2018). En el marco de ese tipo de pensamiento no hay “inocentes” pues todos los que forman parte de la categoría identificada—así sean bebés, niños, ancianos, mujeres u hombres víctimas del tiroteo—son el mal en potencia. Y aunque, en el caso analizado, la decisión última de matar es de un solo individuo, un ambiente como el que se ha vivido en EU desde hace unos años a partir de las campañas y presidencia de Trump, permite que esa clase de pensamiento categórico se propague con mayor facilidad. Para muestra, solo revise el considerable incremento de crímenes de odio durante la gestión de Trump, ataques cometidos contra inmigrantes de todas nacionalidades (mexicanos incluidos, por supuesto), religiones y minorías.

7. En ese sentido, por ejemplo, las teorías del “estado profundo”, la “invasión extranjera” o el “remplazo”, son leídas por distintos sectores como explicaciones creíbles para sus condiciones que entienden como adversas. Es decir, estamos como estamos porque “nos invaden de fuera”, “nos roban nuestros empleos”, “nos traen crimen, drogas y otros males”, o como se cantaba en las marchas de Charlottesville en 2017 o afirmaba el atacante de El Paso en 2019, “los judíos” o “los latinos” están buscando “remplazarnos”. La lucha, por tanto, es justa. Es la legítima defensa de la raza blanca que está viviendo un “genocidio” a manos de las minorías o los inmigrantes.

8. Pero además de ello, se requiere entender que las plataformas de internet y las redes sociales favorecen, como nunca, el que determinadas ideas extremistas que en otros tiempos eran consideradas como “marginales”, hoy adquieran megáfonos con el potencial de cautivar a mucha más gente de la que pensamos. La facilidad con la que en la actualidad se puede acceder a contenido que propicia la radicalización, permite que ciertas personas vayan brincando de un sitio a otro con contenido relacionado, entren en grupos de conversación y se vayan alimentando unas a otras hasta ir ascendiendo pasos en la escalera del extremismo. Luego entonces, atentados como los mencionados, resultan enormemente eficaces para conseguir hacer llegar el mensaje a audiencias amplias, de entre las cuales, emergen más personas dispuestas a cometer atentados similares.

9. En este manifiesto, aparentemente escrito por Gendron, se describen los planes para atacar a afroamericanos. Se afirma que se está intentando reemplazar a los estadounidenses blancos por medio de la inmigración, el matrimonio interracial y eventualmente la violencia. El manifiesto afirma que el atacante eligió Buffalo porque era la ciudad con el mayor número de personas negras en su vecindad. Además, el autor de 18 años explica que se radicalizó en la página web de 4chan por su “aburrimiento" al inicio de la pandemia (NYT, 2022).
10. Como resultado de un ataque como este, entonces, se generan dos efectos simultáneos: primero, el miedo y la producción de miles o millones de víctimas secundarias, las víctimas psicológicas, aquellas que ahora, se ven afectadas en su conducta, cambian sus opiniones, sus decisiones, salen a la calle cuidándose, sospechando, sintiendo que un evento similar puede ocurrirles en cualquier momento a ellas o a sus familiares. El monstruo, como dice Zimbardo, se les ha colado en la alcoba, en el armario, bajo la almohada. El segundo efecto es la elevación a la agenda de una discusión inducida por el atentado. Este fenómeno se genera a una velocidad y con una amplitud como nunca antes en la historia. Ahora, en todas partes del mundo se habla del manifiesto publicado por el perpetrador, y si bien, la mayor parte de la ciudadanía rechaza el asesinato de inocentes, hay un considerable número de personas—muchas más de las que creemos—que no rechaza del todo las ideas propagadas. Por el contrario, concuerda en buena medida con ellas.

11. Es en ambos sentidos—el miedo provocado entre el sector social convertido en víctima, y la atracción provocada entre “seguidores suaves”—que un ataque como el del Buffalo resulta enormemente eficaz para efectos de las metas de quien lo lleva a cabo. Eso ocasiona que otros individuos, quienes a su vez han pasado por procesos de radicalización semejantes, decidan efectuar atentados similares, o bien, se sumen a organizaciones que promueven el discurso de odio o el uso de la violencia.

12. Un tema más: el acceso a las armas. Sin ahondar demasiado, sobra decir que hay suficiente investigación que indica que la facilidad con la que los estadounidenses pueden comprar armas, está directamente correlacionada con la brutal cantidad de tiroteos masivos que se producen en ese país y, especialmente, con la fatalidad que conllevan. Dicho lo anterior, sin embargo, muy pocos de esos tiroteos masivos son ataques terroristas. Y el terrorismo funciona diferente: cuando un individuo ha tomado la decisión de usar la violencia para propagar sus ideas políticas, las leyes de armas no lo detienen, lo que se puede demostrar con solo revisar el número de atentados terroristas que ocurren todos los años en países con leyes de armas mucho más restrictivas que EU. Pero claro, si las armas de altísimo poder se encuentran disponibles a la vuelta de la esquina, un atentado con motivaciones políticas es más simple de llevarse a cabo.  

13. Por último, más allá de la política y las elecciones, se hace indispensable una profunda reflexión, y de ésta no solo Estados Unidos forma parte. El extremismo y las ideas radicales siempre han existido. Pero lo que está pasando es que hoy tienen mucha más visibilidad y con ello, capacidad de atracción. Jonathan Greenblat, el director de la Liga Anti-Difamación lo plantea en estos términos: “Las redes sociales han (…) favorecido el que los extremistas puedan mover sus mensajes desde las márgenes hacia el centro de la discusión. En el pasado, ellos no podían encontrar audiencias para su veneno. Ahora, con un click, un post o un tuit, pueden propagar sus ideas con una velocidad que nunca antes habíamos visto”. Lo delicado es que un ataque como el de Buffalo, por el tipo de conversación que provoca en medios y sobre todo en espacios digitales, acelera e intensifica esa tendencia.

Twitter: @maurimm

 

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