A lo largo de los últimos días hemos estado dando seguimiento a la guerra desatada en Medio Oriente a raíz de los ataques israelíes y estadounidenses contra Irán, así como a las respuestas de este país en toda la región. A continuación, actualizo el análisis en diez apuntes.

1. La definición de victoria en esta guerra depende del actor del que estemos hablando. Pero esa definición ha sido tan fluida, especialmente en el caso de Trump, como la guerra misma. Para Israel, que está aprovechando cada minuto de las hostilidades para mermar todo lo que esté a su alcance de las capacidades iraníes, una victoria ideal se traduce en el colapso del régimen en Teherán y en la eliminación de cualquier signo de amenaza futura proveniente de Irán o de cualquiera de sus aliados. Washington, en cambio, ha oscilado entre varias definiciones: desde presentar la victoria como un cambio de régimen en Teherán, hasta acotarla a la eliminación de la amenaza nuclear, del proyecto de misiles y de la fuerza naval iraní; y, nuevamente, ampliarla, en palabras de Trump, a la “rendición incondicional” de Irán o a que cualquier sucesión del liderazgo iraní sea dirigida o supervisada por Estados Unidos.

2. El problema mayor para Trump es que esta postura produce una enorme trampa narrativa. Bajo su propia vara, no bastaría la muerte del Ayatola Alí Khamenei ni la de cualquier sucesor o líder iraní; tampoco bastaría la destrucción de sus capacidades nucleares, misilísticas o incluso de su fuerza naval completa. En realidad, nada parecería suficiente que no sea la rendición total e incondicional de Irán y la aceptación de la injerencia de Washington en la sucesión del liderazgo del país.

3. En esta otra dimensión de la guerra, la discursiva y la política, Irán solo necesita, para poder declararse vencedor, resistir: sobrevivir, soportar la presión y demostrar que no se rendirá ni permitirá que Trump tenga participación alguna en las decisiones del país.

4. Bajo esa lógica debe entenderse la relativamente veloz sucesión del liderazgo supremo tras la muerte del Ayatola Alí Khamenei en favor de su hijo Mojtaba. El movimiento busca no solo mostrar resiliencia y capacidad de adaptación a pesar de los riesgos personales que el nuevo líder supremo enfrenta, sino también proyectar un endurecimiento de la línea de Teherán: su indisposición a efectuar concesiones y, mucho menos, a rendirse o permitir que Trump tenga voto en la sucesión.

5. Esta serie de factores, sin embargo, se traduce en estrategias concretas en el terreno de las hostilidades. Del lado estadounidense e israelí, la situación empuja a escalar la presión militar sobre Irán, intensificar los ataques y tratar de quebrar con ello la determinación de resistencia o la cohesión del liderazgo iraní sobreviviente.

6. Del lado iraní, la estrategia consiste en resistir mediante tácticas asimétricas de combate: acciones disruptivas destinadas a elevar el costo de los ataques recibidos. Estas, como vemos, están siendo dirigidas contra Israel, contra tropas y bases estadounidenses en la región, o contra lo que Teherán denomina “intereses estadounidenses”, es decir, infraestructura civil, económica, turística o energética de aliados de Washington en toda la zona. El objetivo de estas acciones se encuentra menos en el plano material que en el simbólico, lo psicológico y el campo de las percepciones, así como en los efectos financieros, económicos y políticos que puedan generar tanto a nivel internacional como doméstico en Estados Unidos. La mala noticia para Irán es que su arsenal de misiles balísticos—entre los que lanza directamente y los que le son destruidos o neutralizados por los ataques de Estados Unidos e Israel—se está agotando con rapidez. La buena noticia para Teherán, sin embargo, radica en la eficacia potencial de sus cerca de 80 mil drones y de miles de misiles crucero, que encajan suficientemente bien con su estrategia asimétrica. Eso podría darle, al menos en teoría, varias semanas de resistencia mediante lanzamientos limitados pero continuos de proyectiles tanto contra Israel como en el resto de la región.

7. Siguiendo ese orden de ideas, podría pensarse que Trump no será capaz de resistir por demasiado tiempo los efectos económicos y, sobre todo, los políticos que Irán está provocando. Sin embargo, hasta ahora la contra narrativa que el presidente estadounidense ha construido es una de determinación y disposición a soportar todos los costos que sean necesarios durante el tiempo que sea necesario hasta lograr las metas de la guerra: en su discurso, la rendición incondicional de Irán. Según él mismo ha señalado, para alcanzar ese objetivo faltarían entre cuatro y seis semanas más. Trump busca comunicar que los actores no deberían confundirse ni malinterpretarlo: Estados Unidos bajo su mando puede sostener esta guerra indefinidamente.

8. Esto nos regresa a lo que hemos explicado a lo largo de varios textos: estamos ante una competencia de desgaste. Para Estados Unidos e Israel, esta es una guerra que requiere escaladas continuas y determinación hasta quebrar la voluntad de Irán para resistir los muy severos embates bajo los que está operando. Para Irán, en cambio, se trata de una guerra en la que el régimen solo necesita sostenerse, mostrarse resiliente en sus mandos y exhibir capacidad de seguir coordinando respuestas—incluso si tienen poco impacto material pero alto impacto psicológico, económico y político—durante varias semanas, hasta agotar la paciencia de Trump, quien en su visión no podrá soportar demasiado tiempo antes de declarar victoria y cesar las hostilidades.

9. Estas circunstancias abren un número importante de escenarios. Sin embargo, la cantidad de variables de las que dependen sigue siendo demasiado elevada por lo que por ahora solo comparto lo siguiente.

9a. Podríamos pensar—conociendo la trayectoria de Trump, sus inclinaciones, la influencia de su base política y su conducta previa—que un escenario de alta probabilidad sería aquel en el que ese presidente encuentra suficientes motivos, independientemente de cómo haya encuadrado sus metas en los últimos días, para declarar victoria. Por ejemplo: la muerte de Alí Khamenei y de buena parte del liderazgo iraní, así como la destrucción de sus proyectos nuclear y de misiles y de su fuerza naval. En ese caso, podría establecer un marco de negociaciones con el nuevo liderazgo en Teherán para terminar las hostilidades, dar la vuelta a esta página y retirarse hacia cualquiera de las decenas de frentes que ha abierto en el mundo. Este escenario asume que el liderazgo que queda en Irán opta por negociar su supervivencia con Trump y concede no en todo, pero sí en aspectos relevantes que permitan al presidente estadounidense declararse vencedor y presentar el episodio como un logro inédito. Bajo ese escenario, sin embargo, lo más importante sería que el régimen de Teherán sobrevive un día más y consigue replantear esa supervivencia hacia el futuro.

9b. Otro escenario de probabilidad media a media alta consistiría, no obstante, en la prolongación del conflicto más allá de lo que Trump hubiese deseado. Bajo el supuesto de que el régimen en Irán se mantiene resiliente y consigue resistir, a Estados Unidos e Israel no les quedaría alternativa sino seguir escalando para intentar conseguir los objetivos prometidos. Asumiendo que las capacidades iraníes eventualmente terminarán por agotarse, pero que Irán economizará su arsenal, el conflicto podría prolongarse aún por varias semanas más. Esto implicaría una continuación e intensificación de los ataques de Estados Unidos e Israel—potencialmente incluso con participación de tropas estadounidenses en tierra, inicialmente a través de operaciones especiales limitadas—y, al mismo tiempo, la prolongación de las tácticas asimétricas que Irán está desplegando, cada vez con menos misiles pero con un uso constante de drones, además de otras tácticas disruptivas como sabotaje, ataques a instalaciones petroleras, ciberataques y potencialmente tácticas terroristas dentro y fuera de Medio Oriente en sitios como embajadas u objetivos civiles diversos.

10. Si esto último termina por concretarse, habría que pensar en otros escenarios que van desde negociaciones entre quienes queden a cargo de Irán con Washington, hasta la caída del régimen tal como hoy lo conocemos. En ese caso existirían múltiples posibilidades: desde la toma del poder por parte de actores como las Guardias Revolucionarias, hasta choques internos entre facciones que ahora se disputarían el control, o incluso la coexistencia de algunos de esos actores con fuerzas democráticas emergentes sin que las estructuras fundamentales del régimen se transformen. El escenario de una transición democrática real e integral, por ahora, sigue siendo de baja probabilidad. Todo esto requeriría un desarrollo mucho más detallado.

Por ahora, seguimos observando.

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