La guerra en Medio Oriente tiene que monitorearse y evaluarse desde la asimetría de las fuerzas de los actores que combaten, desde las tácticas que está empleando el actor más débil y desde los múltiples efectos que esas tácticas producen. El problema mayor es que, cuando los actores más poderosos, en este caso Israel y especialmente EU, estiman el monto del daño material infligido al actor más débil (Irán) y evalúan que debido a esos daños ese actor modificará sus cálculos respecto a continuar resistiendo, podrían estar omitiendo un factor central: En la medida en que para el régimen en Teherán esta es una guerra existencial, y en la medida en que las tácticas asimétricas empleadas por ese actor le produzcan pequeños triunfos simbólicos o políticos, se generan incentivos para seguir adelante en aras de su único objetivo: sobrevivir y resistir sin tenerse que doblegar ante los términos de Washington. Así, el análisis de lo que está haciendo Irán se encuentra mucho menos en la esfera de las guerras tradicionales y mucho más en una lógica de guerra de resistencia asimétrica, la cual emplea la violencia en contra de objetivos directos meramente como instrumento a fin de impactar indirectamente a terceros. Esos terceros actores incluyen a actores políticos y también a múltiples audiencias en quienes se busca afectar actitudes, opiniones, comportamientos y decisiones. Así, la medida del éxito, por poner un caso, no está en cuántos misiles, barcos o drones conserva Irán, sino en cuántos de esos recursos son estrictamente necesarios para producir efectos financieros, económicos, psicológicos y/o políticos.

Considere esta sucesión de eventos del 11 de marzo:

1. Tras el anuncio de Estados Unidos de que está eliminando la capacidad naval de Irán y de que Washington protegerá la navegación por el Estrecho de Ormuz, Teherán declara que ya ha colocado doce minas en la zona. Inmediatamente Trump señala que “no piensan” que eso haya ocurrido. No obstante, el daño ya está hecho, debido al uso estratégico de la amenaza como herramienta psicológica dirigida a las compañías que ahora deben elegir si transitar o dejar de transitar por ese estrecho.

2. Mientras eso ocurre, el mismo día, Irán se mantiene bombardeando instalaciones de Estados Unidos y de otros países en la región, usando (cada vez menos, pues se le están agotando) misiles balísticos, misiles crucero y principalmente drones. Entre otros países, Irán bombardea incluso a Omán, un estado que no solo mantiene relaciones cordiales con Teherán, sino que además ha actuado como mediador en las negociaciones con Washington.

3. Ese mismo día aparecen notas del Jerusalem Post señalando que Irán ha agotado su capacidad misilística en un 92%, lo que estaría resultando en una considerable reducción de los ataques contra países como Israel. Poco después de publicada esa nota, sin embargo, se anuncia que el norte y el centro de Israel permanecen bajo el sonido continuo de las alarmas durante horas, debido a ataques coordinados entre Teherán y Hezbollah. Además de una cantidad indeterminada de misiles balísticos lanzados desde Irán, los ataques incluyen misiles menos poderosos lanzados desde Líbano, pero sí lo suficientemente peligrosos como para mantener a la población israelí en vilo durante horas y, sobre todo, para exhibir que Teherán sigue teniendo capacidad de coordinación con Hezbollah a pesar de los múltiples golpes que ambos actores han sufrido.

4. Ese mismo día, en una retórica destinada a mostrar determinación para seguir escalando todo lo necesario hasta conseguir sus metas, Washington anuncia que ahora bombardeará los puertos iraníes. La respuesta de Teherán llega de inmediato: si eso ocurre, cualquier puerto en la región será blanco de sus ataques. En palabras simples: Irán es atacado y su respuesta consiste en devolver el golpe contra todos los blancos posibles, generando daños o la amenaza de cometerlos contra países que (a) habían practicado durante años una estrategia de distensión y acercamiento con Teherán, (b) se oponían a esta guerra y a que las bases en su territorio fueran empleadas para atacar a Irán, y (c) hasta ese día al menos, se habían abstenido de responder contra Teherán.

5. En todos estos eventos, lo relevante no es la cantidad de misiles que Irán lance ni el número de minas colocadas o de barcos o puertos atacados. Lo relevante son las emociones colectivas que estas tácticas producen. En una típica lógica de combate asimétrico, la violencia contra actores inocentes o no combatientes se usa como instrumento para producir efectos psicológicos en terceros, buscando instalar la idea de que ninguna parte de esa región es segura. El objetivo es generar presiones políticas —que pueden venir desde varios gobiernos de la región o desde la propia opinión pública en Estados Unidos— para impactar los cálculos y decisiones acerca de continuar o ya detener la guerra.

6. En esa misma lógica, ese mismo día el FBI advierte que Irán podría emplear drones para atacar California, territorio estadounidense. Nuevamente, al margen de la veracidad material de esa amenaza o de la probabilidad de que se concrete, el efecto psicológico es enormemente disruptivo: tan solo pensar en la posibilidad de que el territorio estadounidense podría ser golpeado produce miedo y, potencialmente, fortalece la oposición a esta guerra en un sector importante de la sociedad, oposición que ya es considerable.

7. Finalmente, ese mismo día Reuters reporta que la inteligencia estadounidense no observa un colapso evidente en Irán. “Una multitud de reportes de inteligencia provee análisis consistente de que el régimen no está en peligro de colapsar” y que “retiene el control del público iraní”, dice Reuters.

Este recuento corresponde apenas a los sucesos de un solo día, y debe leerse en conjunto y en conexión con todo lo que continúa ocurriendo a diario. Acá lo esencial consiste en lo siguiente:

A. Esta guerra parece estar menos determinada por los daños materiales ocasionados contra Irán o —como suele ocurrir en otros combates asimétricos— por la cantidad de líderes o miembros de élite asesinados, que por los efectos que esos daños materiales y esas decapitaciones consigan producir en términos de fracturar la voluntad de Irán para seguir resistiendo. En su esfuerzo por contrarrestarlo, Teherán podría seguir empleando cualquier instrumento que esté a su disposición: sus decenas de miles de drones, los misiles que le queden, las alianzas que aún quieran o puedan respaldarlo, sus ciberataques, ataques terroristas contra civiles o no combatientes efectuados directa o indirectamente a través de células asociadas, o actos de sabotaje que eventualmente podrían incluir el corte de cables submarinos entre muchas otras tácticas. El propósito para Irán será seguir produciendo la percepción de amenazas creíbles, impactar las finanzas y las economías globales—mientras más dure el conflicto, mayor será ese impacto—y, sobre todo, afectar la mente de sus enemigos en términos de sus decisiones y su trato con el régimen en Teherán.

B. Así, la carrera está, como lo dijimos desde un inicio, entre la voluntad de Trump para seguir adelante el tiempo que haga falta, escalando todo lo necesario —incluido el uso de operaciones terrestres si se requieren— y su disposición a pagar costos políticos que solo seguirán aumentando, además de asegurarse de que no sea Netanyahu quien esté dictando las acciones. Todo ello versus las capacidades de Irán, que seguirán disminuyendo con cada día y cada semana que pase, pero sobre todo frente a la determinación del régimen en Teherán para sostener la resistencia a pesar de los costos crecientes que ello implica para su país.

C. En esa competencia de voluntades, las herramientas que Estados Unidos e Israel están empleando consisten esencialmente en despliegues de fuerza material sin precedentes en la región, al mismo tiempo que se sigue escalando en una espiral sin pausa con el objetivo de quebrar la voluntad de Irán y forzarle a negociar bajo los términos que la Casa Blanca imponga.

D. El eslabón más débil de esta cadena parece estar en Trump: en ocasiones muestra determinación absoluta para persistir el tiempo que haga falta hasta la “rendición incondicional” de Teherán, pero en otras ocasiones manifiesta públicamente su agotamiento por la guerra, habla de una victoria que “ya se obtuvo” o de que Estados Unidos va muy por delante de su calendario inicial de cuatro a seis semanas, enviando así la señal de que el conflicto podría terminar más pronto de lo que pensamos.

E. Por su parte, las herramientas de Irán para competir estratégicamente se encuentran en cualquier despliegue material o no material que permita proyectar su capacidad de resiliencia y adaptación, exhibir hacia afuera que no hay fracturas en el régimen y que de hecho, el haber lanzado una guerra de esta magnitud en su contra fue un error de cálculo pues solo ha producido el endurecimiento de las posturas de una dirigencia que no se ha quebrado, sumado todo ello al uso psicológico de sus (muchas o pocas) capacidades militares con el objeto de producir afectaciones financieras, económicas y políticas en su región, en todo el planeta, y en especial en Estados Unidos.

F. Como ya lo comentamos, todo esto conduce a varios escenarios hacia adelante. En esencia, el escenario base sigue siendo que, tarde o temprano, Trump tendrá que conformarse con los puntos acumulados: el asesinato del Ayatola Khamenei y de una buena parte del liderazgo iraní responsable del asesinato de miles de manifestantes (que es como inició todo este episodio), la degradación muy considerable de los proyectos nuclear y de misiles iraníes, así como de su fuerza naval y de su capacidad de amenazar a otros actores de la región. Bajo este escenario, Trump encuadra la situación dentro de una narrativa que le permita acotar sus objetivos y retirarse, incluso sin reanudar negociaciones con Irán. Ello ocurriría porque el régimen que queda a cargo en Teherán no muestra mayor disposición a ceder en puntos en los que hasta hace poco tampoco estaba cediendo. Si esto sucede, lo que probablemente veremos es a Trump cambiar rápidamente la conversación y dirigirla hacia otros temas, como tantas veces lo ha hecho. De este escenario también se desprenden otras posibilidades, aunque con menor probabilidad: la apertura de nuevas rondas de negociaciones semanas o meses después del conflicto, o bien dos o más fases de negociación, una primera destinada únicamente a sostener el cese al fuego y asegurar la no agresión entre las partes, y otra posterior enfocada en negociaciones de fondo.

G. El otro escenario, que por ahora sigue manteniendo una probabilidad menor que el escenario base, pero aún debe considerarse de probabilidad media a alta, parte de que Trump no encuentra una ruta de salida fácil. En ese caso se mantiene con objetivos amplios como la “rendición incondicional” del régimen, y estima que retirarse en este punto dañaría su credibilidad y su capacidad de disuasión frente a otros actores. Bajo esa lógica, continúa escalando ante cada respuesta que lanza Irán. Si a ello se suma la presión de Netanyahu, el conflicto podría prolongarse hasta un punto en el que —si el régimen en Teherán mantiene la misma postura— la situación empuje a Estados Unidos a introducir fuerzas terrestres, comenzando con operaciones especiales limitadas destinadas a afectar la infraestructura política y militar del país, e incluso, potencialmente, aunque con menor probabilidad, a un mayor despliegue de tropas de tierra.

Aunque lo que finalmente ocurra podría ser una combinación de estos escenarios, lo más importante que seguiremos observando será la carrera ya señalada: una competencia que se libra mucho más en el terreno de las voluntades, la determinación y los cálculos, que en el de los daños materiales producidos.

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