Hay algunos temas de la agenda internacional que, a mi juicio, habría que recalibrar. Es particularmente importante hacerlo en momentos en los que la vacación estratégica que México ha decidido tomarse (al evitar pronunciarse sobre los grandes asuntos mundiales) le confieren a los asuntos bilaterales y regionales la mayor importancia, porque se convierten, en los hechos, en la totalidad de la política exterior.
Algunos de ellos requieren un ajuste fino y otros suponen un cambio de orientación. El primero es la apuesta por la política exterior partidista en la que se han cosechado más fracasos que éxitos. La apuesta por el correísmo y el tóxico personaje de Evo Morales, por citar algunos ejemplos, dejaron muy mal parada a la diplomacia de la 4T. Tenemos, como resultado de esa herencia, pocos aliados en la región. Hoy vemos un corrimiento a la derecha en América Latina y Trump ha decidido reajustar su estrategia regional con sus aliados ideológicos, lo cual deja a México más solo que nunca en su trato con la potencia. Por otra parte, la política identitaria (que nos ha alejado de España) impide construir consensos más amplios en la defensa del multilateralismo que es una saludable tradición de nuestra diplomacia. La reorientación a una política de Estado latino e iberoamericana me parece recomendable.
El segundo tiene que ver con los órganos hemisféricos. México se enganchó en una polémica con el exsecretario general de la OEA. El tema Venezuela (y después Bolivia) envenenó la relación. Desde el 2018 México decidió apoyar al régimen de Maduro. Eso nos colocó lejos de la mayoría en la OEA y ahora tenemos que apechugar con la intervención americana en Venezuela por no haber desplegado oportunamente una diplomacia preventiva.
De particular relevancia es nuestra relación con la Corte Interamericana y otros organismos hemisféricos. México decidió ignorar el informe de la Misión de observación encabezada por Heraldo Muñoz sobre las elecciones en el Poder Judicial. Lo mismo ha hecho con los señalamientos sobre la incompatibilidad de la prisión preventiva oficiosa con las convenciones vigentes. La defensa de la soberanía y el encastillamiento en una posición dura, hoy nos impide usar al máximo la muy relevante decisión de la Corte Interamericana de pedir mayor responsabilidad a los Estados en el manejo y gestión de las armas. México pierde legitimidad cuando defiende los fallos que le son favorables y desestima aquellos que lo señalan. Tendremos que recuperar esa tradición de la diplomacia ilustrada que asume que el escrutinio externo y las convenciones son algo favorable al interés nacional, que no siempre es el interés de los gobiernos.
Y lo tercero es que tenemos que hacer un ejercicio de reflexión sobre lo que implica el nuevo escudo hemisférico y el endurecimiento de Washington para combatir a los cárteles de la droga y asegurar sus fronteras. No hay manera, a menos que uno recurra al autoengaño, de no ver que hay una nueva jerarquización de las prioridades de la potencia y que ahora estamos en el radar del Pentágono con la fuerza con la que hace 20 años aparecían las organizaciones terroristas islámicas.
Son, pues, tres temas: a) jubilar la política exterior partidista; b) volver a aceptar el escrutinio internacional con naturalidad (asumiendo que es benéfico en el largo plazo); y c) entender que nuestros vecinos han decidido que las cosas se van a hacer como y cuando ellos lo deseen, con escarnio incluido. Y si ven alguna duda o quebranto en la voluntad de avanzar con ellos, procederán como a su interés convenga. La credibilidad y la eficiencia del gobierno son los únicos antídotos para contener el intervencionismo.
Analista. @leonardocurzio

