Una guerra imposible de ganar

Mauricio Merino

Nada que se le oponga, nada que lo critique, nada que lo cuestione merece ser siquiera escuchado

Una guerra es imposible de ganar cuando no se identifica al enemigo, cuando no hay parque suficiente y cuando se ataca a los aliados. Es imposible de ganar cuando los mariscales de campo están distraídos con ahorrar en la jardinería, cuando nadie sabe a ciencia cierta cómo evolucionan las batallas ni cuántas armas hay. Y menos aún cuando el general que la dirige está reconcentrado en el bronce que lo eternizará y cuando celebra el caos como una oportunidad para minar a quienes se oponen a su gloria.

Estamos confiando acaso en que la guerra será ganada por la industria farmacéutica (¡mira tú por dónde!) cuando encuentre el antídoto al Coronavirus y produzca cantidades suficientes para devolvernos la tranquilidad. Pero mientras aparece el equivalente al Tamiflú que derrotó al entonces H1N1, la sucesión de despropósitos comienza a ser más preocupante que la situación que los produce. De un lado, el presidente sigue negándose a asumir la nueva realidad que lo rodea y sigue actuando como si solo se tratara de un paréntesis. Por eso se resiste a modificar un ápice los proyectos que ya había puesto en marcha y afirma, con la seguridad de un oráculo, que las transferencias que ya había diseñado bastan para contener las consecuencias económicas de la pandemia. Y tan seguro está, que incluso se ha dado el lujo de anunciar que las decisiones tomadas por su gobierno se convertirán en un modelo para el mundo.

De otro lado, ignoramos todavía la dimensión exacta del problema. Así como el gobierno federal sigue afirmando que protege a las personas que más lo necesitan (aunque no sea cierto), así también asegura que conoce con absoluta precisión el alcance de los contagios y los efectos que traerá al sistema de salud. Si algo ha convertido al doctor Lopez-Gatell en una figura nacional es su asertividad profesional: con la misma contundencia con la que el presidente López Obrador defiende sus proyectos de obra pública y sus programas de reparto de dinero, el subsecretario responsable del manejo de esta crisis modela cada día la evolución de la pandemia. Sin embargo, hasta hoy desconocemos de qué tamaño será el déficit de camas, de ventiladores y de hospitales habilitados para terapia intensiva; por Baja California, atisbamos que el momento de la saturación ya no está lejos y por los medios (esos amarillistas, conservadores) sabemos también que hay un considerable subregistro del Covid 19 en el sistema de salud, sustituido por el aumento de las neumonías atípicas que se atribuyen a la influenza.

Y como escenografía del caos, la polarización: el titular del Ejecutivo no ha dejado pasar una sola oportunidad para refrendar su estilo personal de gobernar, golpeando y descalificando. Nada que se le oponga, nada que lo critique, nada que lo cuestione merece ser siquiera escuchado. Desde su indeclinable posición (digna de las mejores páginas de Elias Canetti), cualquier rectificación solicitada a sus proyectos esconde una traición real o potencial, de modo que el mayor desafío que enfrenta no es evitar la huella de dolor que está sembrando el virus asesino en las vidas y los exiguos recursos del país sino sostenerse incólume en sus decisiones.

Y para colmo de esta guerra bufa, en lugar de proteger al cuerpo médico de México de manera prioritaria y ofrecer a cada uno de ellos los mejores medios y las más completas garantías para que desplieguen sus habilidades con seguridad, el gobierno les escatima los suministros más elementales, les oculta información y los somete al riesgo de contagio en los mismos hospitales donde actúan. Y encima, hay gente estúpida que los agrede por la calle, los discrimina y les arroja cloro con desprecio. La metáfora de la locura: no hay que destruir al virus sino a los de bata blanca. Es decir, no hay que leer el mensaje sino matar al mensajero.

Investigador del CIDE

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