NO

Mauricio Merino

No a la destrucción de contra- pesos al poder y a las oligar-quías. No a la opacidad

No al culto a la personalidad. No a la concentración abusiva del poder político. No al uso de los recursos del Estado para acumular las decisiones públicas en un solo individuo. No a la impunidad de quienes se burlan de la ley porque ostentan cargos públicos. No al uso patrimonial del presupuesto para comprar clientelas. No a la vulneración estratégica de la Constitución. No a la devastación de las garantías mínimas de los derechos. No a la negligencia de la administración pública en el cumplimiento de sus obligaciones básicas. No al reparto discrecional de dinero público para comprar lealtades. No a la destrucción deliberada de las reglas para la competencia electoral. No a la democracia convertida en aritmética, donde las personas solo cuentan si se cuentan. No a la idolatría al poder. No a la egolatría del poderoso. No a la obediencia ciega. No a la hipocresía de quienes defienden las mentiras del poder. No a los otros datos. No al engaño deliberado para eludir responsabilidades. No a la falta de rendición de cuentas propias culpando a otros o al pasado. No a la violencia. No al discurso de odio. No a la venganza odiosa. No a la descalificación cotidiana desde el poder. No a la provocación verbal de la violencia física desde la representación política. No a la difamación. No a la estigmatización. No a la calumnia. No a la defensa de la ilegalidad. No a la aplicación selectiva de la ley por el Estado. No a las promesas vacuas para engañar al pueblo. No a la negación de la justicia. No al uso partidista del pueblo armado. No a la corrupción política y privada en la procuración de la justicia. No al amedrentamiento a la libertad de expresión. No a las amenazas cotidianas a la libertad de pensamiento. No a la anulación de la diversidad y la pluralidad. No a la polarización. No a la ofensiva contra el pensamiento crítico. No a la imposición de una verdad única. No al uso faccioso de las creencias religiosas. No al sometimiento de la investigación a la agenda del poder. No a los energúmenos machistas. No a la violencia contra las mujeres que combaten la violencia contra las mujeres. No a la imposición de la visión moral dictada desde el altar. No a la contradicción constante entre esa moral y las decisiones tomadas por los poderosos. No a la corrupción que se origina en la captura de los puestos y los presupuestos públicos. No a los nombramientos por lealtad y cercanía política. No a la doble moral. No a la falsa descalificación de la individualidad humana mientras se dispersa dinero para dispersar conciencias. No a los privilegios de los más ricos pero obsecuentes. No a la pobreza acrecentada por la ausencia de derechos laborales y eternizada por las dádivas. No al uso del erario para consolidar un aparato de poder. No a la corrupción de las burocracias que justifican todo a cambio de un pedazo del mando. No a la creación de una verdad alternativa en contra de los hechos constatables. No a la destrucción de contrapesos a los poderes públicos y a las oligarquías. No a la opacidad de los gobiernos. No a la eliminación ni a la clasificación selectiva de la información pública. No a las adjudicaciones directas del dinero público. No a los gastos indirectos injustificables. No al uso de recursos públicos para halagar al líder. No a la transferencia de funciones civiles al ejército. No a la guerra mediática y política contra los espacios críticos. No a la fantasía sin respaldo en la verdad. No a la guerra. No a la guerra sucia. No a la guerra selectiva con disfraz de cártel. No a la exacerbación del encono y los resentimientos. No a la cancelación del diálogo en aras del monólogo. No a la intolerancia disfrazada de reivindicación. No al presidencialismo. No al regreso del partido casi único. No al país de un solo hombre.
 

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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