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Medio pan y un libro

Mauricio Merino

La FIL debe dejar atrás los fantasmas que han querido asustarla, que siga adelante como uno de los espacios más relevantes de la cultura

El sábado se inauguró la trigésima cuarta edición de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Guadalajara. Obligada por las circunstancias, en esta ocasión será completamente virtual y aún así, durante esta semana se darán cita tres centenas de autores de 38 países, entre los cuales estarán tres ganadores del Premio Nobel y una larga lista de escritores, investigadores, políticos y personas premiadas por su obra y su trayectoria en la literatura y las ciencias. Será, una vez más, la gran fiesta de la creación artística y literaria y el mejor espacio de diálogo para el pensamiento plural en idioma español. Desde la página web de la FIL (www.fil.com.mx), además, se tendrá acceso a 1,045 editoriales y librerías de 140 ciudades en 24 países, con una oferta de más de nueve millones de títulos.

Este año, la FIL de Guadalajara ganó el Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades: el galardón más importante del mundo que habla español y, además, Guadalajara fue designada por la UNESCO como la capital mundial del libro para el año 2022. Dos reconocimientos globales ganados a pulso, que enaltecen la creación académica y cultural del país. Al inaugurarse, dos espectros quisieron espantar a la FIL: el primero fue la angustia de su formato virtual, que sin embargo se irá disipando conforme pasen los días hasta confirmar que este nuevo vestido electrónico, en vez de asfixiarla, la modernizará y la expandirá.

El segundo fue la durísima crítica formulada por el presidente de la República apenas unos días antes de dar paso a esta nueva edición, buscando minar el prestigio mundial de la FIL y encajonarla en el imaginario partido de los conservadores, como suele hacerlo con cualquier persona que desatienda sus órdenes. En la ceremonia inaugural, el gobernador de Jalisco, el presidente de la FIL y el Rector General de la Universidad se sintieron forzados a hacer alusión a ese agravio, de modo que es muy probable que el poderoso agresor vuelva a la carga.

De mi parte, prefiero cederle la palabra a Federico García Lorca, quien en septiembre de 1931, al inaugurar la primera biblioteca de su pueblo natal, pronunció un discurso que describe con exactitud y belleza el significado de esa polémica. Dijo García Lorca:

“No solo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio del Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social”.

“El libro —dijo también García Lorca— deja de ser un objeto de cultura de unos pocos para convertirse en un tremendo factor social. Los efectos no se dejan esperar. A pesar de persecuciones y de servir muchas veces de pasto a las llamas, surge la Revolución francesa, primera obra social de los libros. Porque contra el libro no valen persecuciones. Ni los ejércitos, ni el oro, ni las llamas pueden contra ellos; porque podéis hacer desaparecer una obra, pero no podéis cortar las cabezas que han aprendido de ella porque son miles, y si son pocas ignoráis dónde están”.

Me gustaría que la FIL dejara atrás los fantasmas que han querido asustarla. Que no se enganche en discusiones inútiles y que siga adelante como uno de los espacios más relevantes de la cultura que se hace desde nuestro país, orgullosa de la diversidad que la alberga y nos enriquece y dispuesta a escuchar todas las voces: hasta las más amargas.

 

Investigador de la Universidad de Guadalajara.
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