Así les decíamos en la universidad: los ultritas, porque iban haciendo la revolución por todas partes, todo el tiempo: en cada conversación, en todas las clases, en el puesto de las tortas, en la explanada, en el bar de enfrente. Alguien les había inoculado la doctrina y ellos la adoptaron –con sinceridad y convicción– para repetirla en todas las oportunidades. Vivían, a un tiempo, felices y furiosos: eran dichosos por su heroísmo, pero debían ser intransigentes e inflexibles para cumplir con su misión.
Contaban con un pequeño arsenal de frases e ideas prefabricadas, que utilizaban siempre. Su tarea era exacerbar las contradicciones del capitalismo, llevando cada interacción entre proletarios y burgueses hasta el límite. Algunos eran hijos e hijas de familias muy bien acomodadas (así se decía: acomodadas) que, sin embargo, habían hecho votos de frugalidad para la lucha de clases. Otros habían llegado a la universidad gracias al esfuerzo tenaz de sus progenitores, pero la mayoría tenía padres o madres académicas o servidoras públicas: eran parte de la clase media emergente.
Dejé de escuchar ese lenguaje típico de los setenta cuando salí de la universidad. Con el paso de los años, aprendí a distinguir otros léxicos entre los militantes de los partidos que protagonizaron la transición hacia la pluralidad. En los noventa era capaz de detectar las preferencias partidarias de mis interlocutores tras intercambiar apenas cuatro frases. Sabía quiénes eran del PRI, del PAN o del PRD por lo que decían y por lo que defendían.
Paradójicamente, los más parecidos a los ultritas eran los priistas. Muchos hablaban todavía de su origen revolucionario, de la justicia social, del nacionalismo y de la democracia popular. Poco después abandonarían ese lenguaje para volverse defensores del neoliberalismo. Pero antes seguían hablando de la alianza histórica entre los sectores campesino, obrero y popular. El líder sempiterno de la CTM, Fidel Velázquez, lo fraseó mejor que nadie: “a balazos llegamos al poder y sólo con balazos nos lo quitarán”.
Los panistas hablaban, en cambio, de libertades y estado de derecho. Defendían el libre mercado, la educación privada, el municipalismo, el federalismo, la división de poderes y los valores patrios, simbólicos, como factores de unidad. Eran los más firmes defensores de la democracia liberal y se decían herederos de Francisco I. Madero.
De su parte, los perredistas se decían de izquierdas (pues entre ellos había muchas diferencias) y se asumían como voceros de las clases populares y de los sectores marginados del acelerado desarrollo urbano de esa época, que incluía a los trabajadores informales, a los estudiantes universitarios, a los primeros feminismos y al sindicalismo independiente. Habían renunciado explícitamente al comunismo y a la lucha armada que algunos abrazaron antes y se decantaban por la sociedad organizada, por la libertad de culto, por los derechos de las minorías y por la conquista democrática y pacífica de los poderes públicos.
Hoy es difícil identificar esas identidades, excepto por los partidarios de Morena: su iracundia, su heroísmo de cafetería y su capacidad de difamar a todos los demás me recuerda a los ultritas de los setenta. Los actuales también están viviendo su revolución y construyendo su dictadura del proletariado, aunque ahora lo hagan desde los poderes públicos. Se niegan a dialogar con nadie que no comparta el credo obradorista, niegan cualquier hecho que los contradiga y reaccionan con furia a cualquier crítica, insultando sin matices a sus interlocutores. Y como aquéllos, los ultritas nuevos no descansan, no dan tregua, no transigen, no toleran. La diferencia es que los setenteros soñaban con la revolución, mientras que los actuales gobiernan el país.

