Hay ríos de tinta dedicados a explicar la construcción de los estados nacionales y aún más dedicados a tratar de comprender la lógica del poder político: sus orígenes, sus causas, sus consecuencias. Gracias a la lima del tiempo, algunas de esas interpretaciones se han ido esculpiendo como teorías generalmente aceptadas que, a fuerza de repetirse y confirmarse durante siglos, constituyen ya el núcleo duro de la ciencia política contemporánea. De esas ideas retomo tres que considero urgentes.

La primera está en el vínculo inexorable entre la construcción de los estados y el uso de la fuerza. Todos han nacido como consecuencia de conflictos armados que llevaron, a la postre, a la concentración y la organización del poder ganado tras la victoria. Los abrazos han venido después de los balazos, como colofón de una invasión, una conquista, una revolución, un golpe de estado o una guerra civil. Y de sobra sabemos que el poder tiende a expandirse, a menos que encuentre un obstáculo capaz de detenerlo. Limitar en todo lo posible a quienes deciden expandir sus espacios de poder cobijados por los muy variados argumentos que esgrimen es una misión vital para cualquier comunidad que aspira a convivir en libertad.

Desde las llamadas guerras Médicas y del Peloponeso, pasando por la expansión del imperio romano, las conquistas asiáticas de Gengis Kan, la Conquista de América por españoles, británicos y portugueses, las guerras Napoleónicas o, en fechas más recientes, las guerras mundiales del Siglo XX y el reparto del mapa con el régimen soviético, hasta los excesos que está cometiendo Donald Trump en nuestros días, la lógica del poder ha sido la misma: la acumulación de fuerza que tiende a expandirse para dominar a otros, hasta que encuentra su propio límite dentro y/o fuera de su territorio dominado. Tristemente, el poder no se detiene con razones, sino con otro poder equivalente de cualquier naturaleza.

La segunda idea probada una y otra vez con evidencia empírica, es que quienes concentran el poder tienden a ejercerlo desconfiando, desoyendo y vulnerando a los demás. Los poderosos padecen paranoia. Por eso, el ejercicio del poder sin contrapesos es depredador, incluso cuando se justifica con argumentos populares más o menos compartidos. Desde los escritos de Aristóteles y luego de Agustín de Hipona y poco después de Maquiavelo (entre un largo etcétera) sabemos que los poderosos que no encuentran resistencia, actúan como una banda de forajidos que se van adueñando de todo lo que pueden y justificando en función de la dominación que ejercen. La lección es inequívoca: no importa qué cosa aleguen ni cómo laven sus conciencias (si es que las tienen), pues lo fundamental es que querrán someter o eliminar a los demás y lo harán siempre que puedan.

La tercera es un poco más alentadora: a lo largo de la historia, también hemos observado que esa lógica inexorable del poder engendra sus propias debilidades; a veces de manera interna y en otras, externa, que suelen combinarse con el tiempo. A todo Napoleón, dice el refrán, le llega su Waterloo; y cada Hitler ha encontrado un Churchill. Pero ni Waterloo, ni Churchill, ni las revoluciones y revueltas que han detenido a los depredadores prosperan sin la conciencia activa de quienes encarnan esa resistencia. No es cuestión de héroes, sino de pueblos organizados.

Hoy que estamos viviendo un nuevo ciclo autoritario es urgente recordar esas lecciones de otros tiempos. No estamos condenados a optar entre emperadores que se disputan el poder (¿A quién prefieres entre Trump, Xi Jinping y Putin?), ni a elegir entre imperio y dictadura (¿Trump o Maduro?). Hay otra opción: levantar límites para resistir a la voracidad insaciable del poder, una y otra vez y a pesar de todo.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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