Gracias al artículo publicado el jueves pasado por Jorge Javier Romero (en “sinembargo” del 23 de abril) volví a leer El Ogro Filantrópico, de Octavio Paz, y caí en cuenta de una obviedad: la así llamada 4T nos ha llevado de regreso al país patrimonialista y violento que siempre hemos sido, salvo por los muy breves intervalos de la República Restaurada (1867-1876) y de la Transición Democrática (1996-2006): dos paréntesis que sumaron apenas 20 años entre los 205 que ha vivido México.
Hemos regresado, por así decir, a la normalidad colonial, de modo que los estudios de los años sesenta y setenta del siglo pasado han vuelto a ser tan pertinentes como lo fueron, en su momento, los de finales del XIX y principios del XX para comprender el régimen que vendría tras la revolución. No es que los clásicos hayan anticipado el futuro; lo que sucedió es que ese futuro nunca llegó. “Los mexicanos hemos vivido a la sombra de gobiernos alternativamente despóticos o paternales, pero siempre fuertes: el rey-sacerdote azteca, el virrey, el dictador, el señor presidente” (escribió Octavio Paz).
“En un régimen de ese tipo (sigue Paz en el texto publicado en marzo de 1978) el jefe de Gobierno -el Príncipe o el Presidente- consideran al Estado como su patrimonio personal. Por tal razón. el cuerpo de los funcionarios y empleados gubernamentales, de los ministros a los ujieres y de los magistrados y senadores a los porteros, lejos de constituir una burocracia impersonal, forman una gran familia política ligada por vínculos de parentesco, amistad, compadrazgo, paisanaje y otros factores de orden personal. El patrimonialismo es la vida privada incrustada en la vida pública. (…) En el régimen patrimonial son más bien vagas y fluctuantes las fronteras entre la esfera pública y la privada, la familia y el Estado. Si cada uno es el rey de su casa, el reino es como una casa y la nación como una familia. Si el Estado es el patrimonio del Rey, ¿cómo no va a serlo también de sus parientes, sus amigos, sus servidores y sus favoritos?”.
El ogro filantrópico se gestiona con dos burocracias: “la primera está compuesta por administradores y es la heredera histórica de la burocracia novohispana y la porfirista”; la segunda está formada por “profesionales de la política y es la que dirige, en sus diversos niveles y escalones, al (partido). Las dos burocracias viven en continua ósmosis y pasan incesantemente del Partido al Gobierno y viceversa”. No es una anomalía, pues en ese régimen patrimonialista “lo que cuenta en último término es la voluntad del Príncipe y de sus allegados”. Ese régimen, añado yo, siempre ha visto al pueblo como un menor de edad al que ha de cuidarse y dirigirse sin concederle la más mínima autonomía. El padre les dice a sus hijos: si los castigo y les exijo obediencia es por su propio bien: por eso es filantrópico. Y los hijos agradecidos responden: ¡Gracias, padre, toda mi vida depende de ti!
En esa reflexión de 1978, Octavio Paz titubeaba: “La cuestión que la historia ha planteado a México desde 1968 no consiste únicamente en saber si el Estado podrá gobernar sin el PRI, sino si los mexicanos nos dejaremos gobernar sin un PRI”. Hoy conocemos ya la respuesta al dilema: No. Los mexicanos preferimos, por mayoría, ungir a otro salvador de la Patria y optamos por volver a las prácticas paternalistas, patrimonialistas y violentas tan arraigadas en nuestra historia. La regeneración encabezada por Morena no ofrece nada que no hayamos visto y vivido antes.
Gracias al nuevo partido hegemónico, he ido desempolvando mis libros y mis viejos apuntes previos como si los hubiera leído y escrito ayer. Me siento rejuvenecido: he perdido treinta y ocho años de vida y he vuelto a pelear por las mismas causas que creíamos superadas.
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