A diferencia de su mentor, la presidenta Claudia Sheinbaum ha asumido las relaciones internacionales como parte principal de su tarea como jefa del Estado mexicano. Su asistencia a la IV Cumbre en Defensa de la Democracia vuelve a poner a México en el mapa de la diplomacia activa del más alto nivel, gracias a una visita llena de símbolos que no deberían pasar inadvertidos.
El más obvio está en el refrendo de la amistad con el gobierno de España, después de los tropiezos populistas (y freudianos) de López Obrador, que pusieron en vilo los vínculos diplomáticos entre ambos países. Por fortuna, la presidenta se abstuvo de repetir que el Estado español debe pedir perdón de hinojos a los pueblos originarios de la América hispana, por los abusos cometidos durante la Conquista. Tuvo la doble ventaja de saludar a Pedro Sánchez en Barcelona, que es la comunidad española más republicana, y evitarse un desencuentro madrileño con el Rey Felipe VI. Así nadie mancilló la dignidad de nadie y la buena política (la que construye en vez de destruir) volvió a ocupar su sitio.
Dijeron que no fue un encuentro “anti-Trump”, pero sí lo fue para oponerse a la dinámica de la violencia invasiva que ha encarnado y potenciado el presidente de Estados Unidos. En ese sentido, para nadie es un secreto que México forma parte de la lista corta entre los países que han sido más amenazados por el supermacho global. Así que, después de la abyecta creación del “American Shield” –en la que un puñado de jefes de Estado latinoamericanos aplaudieron como focas los excesos bélicos del presidente Trump–, el mensaje solidario de los países que se han negado a suscribir esa escalada viene a México como una bocanada de aire fresco.
Por otra parte, el mensaje respecto la importancia de volver al sistema multilateral que hoy está prácticamente arrinconado, inyecta un toque de prudencia a la necedad de seguir pateando a la ONU desde todos los frentes. Es verdad que esa organización suele incomodar a los gobiernos que confunden la soberanía con el aislamiento y que su operación podría ser mucho mejor. Pero sin ella las relaciones diplomáticas globales volverían a ser, sin más, juegos de fuerza entre países enconados. Si cabe alguna esperanza para establecer reglas internacionales capaces de garantizar la paz y de encauzar políticas afines para afrontar los grandes problemas ambientales, tecnológicos, económicos y sociales que desafían a todo el mundo, esa esperanza está en la ONU.
No hace mucho escuché a un diplomático de carrera defender la influencia que han tenido los acuerdos multilaterales en la hechura de la agenda nacional. Tiene razón y abundan los ejemplos. Tengo presente la defensa del trabajo digno que ha promovido la Organización Internacional del Trabajo en los acuerdos 164 o 189, que dieron visibilidad a los movimientos que exigían el reconocimiento del derecho a la salud y la seguridad de los trabajadores, más allá de sus condiciones contractuales básicas, o el derecho de las trabajadoras del hogar a recibir protección social sin restricciones; o el convenio 169 que anticipó con muchos años la exigencia del derecho al reconocimiento pleno de las normas internas de los pueblos originarios o, ahora mismo, la exigencia de crear garantías plenas para erradicar las desapariciones forzadas del país. Cada uno de esos avances —al lado de muchos otros, que han expandido la salvaguarda de los derechos humanos y la protección del medio ambiente— habrían sido imposibles sin los instrumentos jurídicos multilaterales.
Y lo mismo debe decirse sobre la defensa de la democracia. Ojalá los vientos internacionales vuelvan a hinchar las velas del compromiso democrático interno, que hoy está sumido en la polarización.
Investigador de la Universidad de Guadalajara

