El cuento del sexenio

Mauricio Merino

La gente no juzga al presidente por el éxito de su gestión sino por las emociones que despierta

Al cumplirse la mitad de su mandato, no hay duda del amplísimo respaldo popular que mantiene el presidente López Obrador. No coincido con quienes aseguran que su popularidad es falsa o frágil ni, tampoco, con quienes sostienen que decaerá en picada cuando la gente empiece a cobrar conciencia sobre los exiguos resultados que está entregando. Por el contrario, creo que la mejor prueba de la solidez de ese respaldo es que se sostiene —y aún crece— a pesar de la evidencia sobre los múltiples fracasos de su gobierno.

La gente no está juzgando al presidente López Obrador por el éxito de su gestión sino por las emociones que despierta. Su cimiento no está en las buenas cuentas ni en la implementación de soluciones, cuanto en el abismo de la profunda asimetría social de México. Lo que potencia al presidente no son las buenas sino las malas razones: el resentimiento, la venganza y la marginación. Tiene razón cuando insiste en que no debe abandonar el discurso más extremo y radical posible, porque ahí reside el corazón de la fuerza política que le da vida.

Cada vez que anuncia la destrucción o la sumisión de otro órgano del Estado mexicano o cada vez que rompe una nueva regla constitucional y acumula más poder, la multitud aplaude porque el presidente presenta esas decisiones como una revancha histórica. Lo dijo con nitidez el 1 de diciembre: “Decían que  si llovía arriba, goteaba abajo, como si la riqueza fuese permeable o contagiosa. ¡Que se vayan al carajo con ese cuento!”. El mensaje corre como el agua porque toca la emoción de quienes perciben el liderazgo del jefe del Estado como una reivindicación de clase largamente demorada. No necesitan pruebas de sus dichos: bastan las palabras, porque la huella de dolor es gigantesca.

La evidencia lo contradice, pero no importa, porque la única que necesita para persuadir a la mayor parte de la población —población, subrayo, no ciudadanos— es la que le ofrece la realidad tangible e indiscutible de la pobreza y la desigualdad. Por eso el presidente puede darse el lujo de tener siempre otros datos, pues para quienes nunca han tenido nada o casi nada —que no es lo mismo, pero es igual, diría mi clásico— lo que importa es derrotar a las élites que produjeron y se beneficiaron de esa herida que rompe a la nación. Y al mismo tiempo, su discurso justiciero (con tintes cristianos innegables) está obligado a destruir reputaciones y trayectorias personales o institucionales con el propósito de situar con claridad a los enemigos directos o indirectos de los pobres.

Algunos sabemos que el presidente miente y difama impunemente y que el respaldo popular que lo acompaña está basado en una trampa. Sabemos que su política social no está modificando las causas de la desigualdad y la pobreza sino ahondándolas, pues repartir migajas del erario mientras se desmantelan los derechos es la ruta exactamente opuesta a la construcción de una sociedad igualitaria; sabemos que las decisiones que ha venido tomando para sufragar esos programas paliativos han minado la administración pública de toda la república, en la misma medida en que se han incrementado las tareas y las facultades de las fuerzas armadas del país; sabemos que esa estrategia ya está dejando secuelas graves para la seguridad pública, social y laboral de México. Pero eso lo sabemos pocos y quienes lo sabemos, somos estigmatizados y atacados si nos atrevemos a decirlo. La mayoría, en cambio, sólo advierte la potencia retórica y política de un líder que habla por ella.

Recuerdo que durante la crisis de los 80, alguien escribió en una barda: “Señor presidente: ya no queremos realidades; queremos promesas”. Esa es la fórmula del gobierno de López Obrador: hacer promesas, sacudir las emociones y soñar despierto.

 

Investigador de la Universidad de Guadalajara

 

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