La mañana de este domingo despertamos con el sonido de armas disparando cerca de casa. Unos minutos más tarde empezaron a llegar mensajes y llamadas de amigos y colegas, alertándonos sobre bloqueos, incendios de autos y disparos desde distintos puntos del área metropolitana de Guadalajara. Puerto Vallarta también estaba bajo fuego. Al llegar el mediodía, la ciudad ya estaba viviendo una suerte de toque de queda y ya sabíamos la razón: Nemesio Oseguera había sido abatido y la gente del Cártel Jalisco Nueva Generación había decidido desatar una ola de violencia.

Ante la violencia desatada, el gobierno del estado suspendió la operación del transporte público en toda la zona metropolitana de Guadalajara y poco después de mediodía ordenó que el lunes las escuelas se mantengan cerradas. La Universidad de Guadalajara también suspendió todas sus actividades para este lunes. Todos los eventos masivos fueron cancelados de inmediato y, en el aeropuerto de Vallarta, se cancelaron los vuelos internacionales. En las redes seguían volando los videos y las alertas sobre nuevos hechos de violencia en nuestro entorno. El teléfono no paraba de sonar: amigos, familiares y colegas intercambian información y se recomendaban (nos recomendamos) seguir los acontecimientos desde casa y mantenernos alertas y comunicados. “No salgan ni a la esquina, por favor”.

Mientras todo esto iba sucediendo, vi a la presidenta Claudia Sheinbaum saludando a sus partidarios durante una gira por Coahuila. A la pregunta de un periodista que cubría la gira, respondió que sería el gabinete de seguridad quien informaría del operativo donde se detuvo al Mencho, pero no dijo nada más. Y en efecto, unos minutos después la Defensa emitió un boletín de prensa confirmando que ese líder criminal había sido detenido después de un tiroteo en Tapalpa, y que había muerto en el avión en el que lo trasladaban a la Ciudad de México. Las fuerzas armadas dijeron que el gobierno de Estados Unidos había proporcionado “información complementaria” para lograr la captura del capo más influyente del país.

Nadie sabe a ciencia cierta qué vendrá después. No sabemos si la decisión de incendiar a la capital occidental de México (y a otros estados) seguirá vigente y tampoco si la violencia desatada es una reacción acotada o si se trata del principio de una pugna por el nuevo liderazgo de esa organización criminal. No sabemos si Guadalajara vivirá una situación semejante a la que ha padecido Culiacán. Tampoco si la captura del Mencho estuvo precedida de una estrategia financiera y militar para enfrentar con éxito las secuelas de estos hechos o si, por el contrario, se trató de una decisión tomada sobre la marcha u obligada por la presión y las labores de inteligencia de las fuerzas armadas de los Estados Unidos. No sabemos si el gobierno mexicano ha definido con claridad qué quiere hacer, más allá de generalidades, ni cuáles son los parámetros para saber si el Estado mexicano podrá imponerse al CJNG o si éste incendiará a Jalisco (y a otras entidades).

Lo que sí sabemos es que la política de abrazos y no balazos ha quedado atrás, pero también sabemos que la muerte del Mencho no equivale a la derrota definitiva del cártel que encabezaba. Sabemos que el gobierno de Estados Unidos seguirá presionando al mexicano para enfrentar a los cárteles, forzando una nueva etapa de la guerra que inició el presidente Calderón. Sabemos que las fuerzas armadas seguirán acumulando poder político. Y sabemos que, en unas semanas más, empezará el mundial de futbol en una ciudad amenazada, amedrentada y vulnerable. Sabemos, en fin, que el gobierno ya está celebrando con júbilo esta operación y que la convertirá en una pieza principal de su propaganda, mientras todos los demás vivimos bajo fuego.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

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