Cuatro años después del terremoto

Mauricio Merino

He visto el egoísmo atroz de quienes, individual y colectivamente, medran con la tragedia

A Yessica Corral y Nathaly De la Cruz, con gratitud y admiración

He tenido el privilegio de atestiguar, desde el principio, el proceso de reconstrucción de la CDMX luego de los sismos del 19 de septiembre del 2017: fui miembro de la comisión que se formó ese año y que se fracturó tras mi renuncia (y mis denuncias) apenas al despuntar 2018; seguí participando después desde Nosotrxs, la organización que respaldó los derechos de las y los damnificados y que sigue haciéndolo; y, más tarde, en marzo del 2019, me sumé al Consejo Consultivo de la Reconstrucción que formó el nuevo gobierno de la capital. No sobra aclarar que todo lo he hecho ad honorem: sin cobrar un peso y sin escatimar mi tiempo.

A cambio he aprendido mucho. En el 2018 publiqué un libro —Transparencia y Rendición de Cuentas en la Reconstrucción, IIJUNAM/CIDE, escrito con el respaldo de un excelente equipo de investigación que estudió la experiencia mundial comparada sobre el tema y las cuestiones técnicas—, pero espero la culminación de este complejísimo proceso para escribir sobre la experiencia política y humana que no puede ponerse solo en cifras, leyes, presupuestos o procedimientos, sino que debe añadir los sentimientos encontrados, las ambiciones cruzadas y las tribulaciones de más de 25 mil 580 familias —más de 80 mil personas— que, en una sacudida trágica, perdieron vidas, paz y patrimonio. ¿Se entiende esta cifra? Es equivalente, por sus números, a la población que murió por la bomba atómica arrojada sobre Nagasaki.

Al cumplirse cuatro años de aquel día horrible muchos han recuperado el lugar que tenían para vivir: 164 edificios y 5,258 viviendas han sido reconstruidas o rehabilitadas (el 44% de los edificios y las casas); 83 edificios más están en obra y 110 están revisando o afinando sus proyectos, en tanto que 1,736 viviendas unifamiliares se están reconstruyendo ahora mismo, mientras 4,965 esperan turno para iniciar obras y otras 180 para reubicarse. Son números monumentales que se agigantan, además, por las historias que hay detrás de cada uno de ellos.

La tarea debía estar concluida, pero dos calamidades sucesivas la aplazaron: la primera fue el abuso de quienes se arrogaron la reconstrucción y el destino de sus dineros para ganar votos y poder desde el Congreso de la CDMX en pleno proceso electoral del 2018 —personajes de novela, con destinos diferentes: uno falleció, otro está prófugo y uno más fue encumbrado por su partido en la Cámara de Diputados federal—; y la segunda calamidad fue la pandemia que aletargó decisiones y procedimientos. Por eso hay que esperar otro año para levantar la bandera blanca (¿blanca o gris?) que acredite que el proceso terminó —ojalá— un lustro después de aquel día ominoso.

En el camino, he visto tantas luces como sombras: la emotiva solidaridad de los primeros días y los interminables conflictos vecinales posteriores; el método exigido para avanzar y el caos jurídico de la propiedad inmobiliaria; el pundonor y el compromiso de los visores ciudadanos que hoy cuidan, por puro amor a los demás, que las obras se hagan bien y el egoísmo atroz de quienes, individual y colectivamente, han querido medrar con la tragedia; los políticos voraces y los servidores públicos que se han dejado la piel por cumplir su cometido.

El primer comisionado de la reconstrucción, Ricardo Becerra, lo intentó hasta donde pudo; (el segundo no merece ni un recuerdo); el tercero, César Cravioto, enderezó la ruta y le devolvió honestidad y dignidad; y la cuarta, Jabnely Maldonado (premio Integrity Icon 2019, otorgado por ser la mejor servidora pública de la ciudad) llegó por méritos indiscutibles. La reconstrucción está cerca de su culminación. Hay que conservar la fuerza para las últimas brazadas.

Investigador de la Universidad de Guadalajara

 

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