A confesión de parte

Mauricio Merino

Asumo que cuando hablan ante la asamblea general de las Naciones Unidas, los jefes de Estado se esmeran en la preparación previa de las palabras que escuchará el resto del mundo. No el nuestro: Andrés Manuel López Obrador solamente tenía una tarjeta de auxilio e improvisó. Entrenado como orador invicto en asambleas populares, supongo que decidió echar mano de sus habilidades intrínsecas ante la convocatoria global de diplomáticos y líderes políticos de otros países. Además, ha dicho cien veces que la mejor política exterior es la interna. Por eso creo que ese discurso debe leerse con la mayor seriedad, pues las palabras le salieron del alma.

Se le ha criticado que haya dedicado una parte a explicar los pormenores del avión de la rifa que todavía está a la venta: como si hubiese aprovechado la oportunidad para buscar clientes entre los poderosos del mundo. También se ha escrito que no tocó los temas fundamentales a los que estaba llamada la asamblea conmemorativa de los 75 años de vida de la ONU. Se esperaba que hablara de las vacunas de acceso gratuito y universal para combatir el Coronavirus sin distinciones de raza, ingreso o región, pero no lo hizo. En cambio, optó por hablarle a sus partidarios, refrendando sus ideas y su percepción de lo que fue y debe ser México.

De aquí la importancia de los énfasis del discurso. Me alarma especialmente el elogio al Benemérito de las Américas a través del nombre de pila de Mussolini, fundador del fascismo. ¿Cuántas veces se habrá usado el nombre de ese otro Benito, en términos laudatorios, ante la asamblea general de las Naciones Unidas creada tras la Segunda Guerra Mundial? Muy al contrario de Juárez, Mussolini combatió frontalmente la pluralidad democrática y celebró el nacionalsocialismo que sobrevendría en la Alemania de Hitler, a cuya lucha se unió para combatir y conquistar a los países que habían abrazado el liberalismo como sistema de vida: la democracia liberal por que la luchó Juárez hasta su muerte.

La crítica más frecuentada sobre esa mención alude a la ignorancia sobre la historia universal del presidente de México, quien parece solamente interesado por la política mexicana del XIX, a la que busca emular denodadamente. Ojalá tengan razón quienes proponen esa interpretación. La mía es que no fue un lapsus sino una provocación. Dudo que la inteligencia política de López Obrador se haya minado a ese extremo. Creo, en cambio, que puso el nombre del fundador del fascismo para ir preparando la defensa del proyecto político que encabeza, negando, por supuesto, la muy preocupante similitud que se está revelando día a día entre aquel régimen italiano y el que sueña el presidente de México.

Hay dos giros más que me llevan a esa lectura: la muy emocionada mención de las raíces milenarias de México, doliéndose a la vez de la violencia de la Conquista, de los siglos de la Colonia y del mestizaje. Para el presidente de México, todo ese tiempo (como todo lo sucedido en la noche neoliberal) fue un oprobio digno de ser borrado. Mussolini evocaba al imperio romano. Y de otro lado, su irrenunciable vocación religiosa y la cita bíblica: “soy creyente”, dijo enfáticamente, para que quede claro que lo suyo no es una investidura civil temporal sino una misión histórica y trascendente. Tomemos en serio las palabras del presidente: a confesión de parte, relevo de pruebas.
 

Investigador del CIDE

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