Hace unos días se viralizó un video en el que unos estudiantes preparatorianos interpretan a un comando encapuchado que ejecuta una coreografía con armas de utilería. Se trataba de una presentación en el contexto de unas jornadas académicas, culturales y cívicas organizadas por el Colegio de Bachilleres del Estado de Michoacán (Cobaem).

¿Qué hacían estos estudiantes bailando con falsas armas letales? ¿Celebraban, se divertían, protestaban, trivializaban, provocaban o denunciaban?

Para algunos resultaba inaceptable que se prestaran a normalizar la violencia y a exaltar a sus perpetradores, en tanto que, para otros, la coreografía era una expresión válida de quienes viven en un entorno violento y lo reflejan mediante una expresión artística.

Más allá de estas perspectivas y sus argumentos, la discusión abre el camino a una consideración de mayor calado: sacude y conmueve caer en la cuenta de que los jóvenes de esta coreografía nacieron alrededor de 2010, es decir, se trata de una generación que llegó cuando la violencia en su estado natal, y en otras partes del país, era ya cercana y cotidiana.

Para entonces habían pasado cuatro años desde que en diciembre de 2006 el gobierno federal envió a militares a intentar pacificar Michoacán, ante el recrudecimiento de la violencia entre cárteles. Con subidas y bajadas, la violencia ha permanecido durante 20 años, es decir, para los creadores y ejecutantes de la coreografía esta realidad forma parte de sus vidas.

Desde 2006 a la fecha, han sido asesinados 18 alcaldes en funciones en ese estado, 15 por ciento de los 122 ejecutados en el país en estas dos décadas. Además, han sido asesinados líderes sociales que han intentado oponerse a la extorsión y brutalidad de los cárteles.

Los estudiantes pudieron haber presentado otra temática en su coreografía, como lo hizo la mayoría de quienes participaron en estas jornadas, pero tan válidas son esas otras expresiones como la de quienes se disfrazaron de “comando armado”. ¿Fue esta elección una llamada de atención, una puesta en escena para reflejar lo que sucede con frecuencia en el estado? ¿O quizá era algo más, una protesta, un Ya basta?

Al parecer la presentación no tiene la intención de celebrar la violencia, porque con breves intervalos una voz va mencionando el nombre y la circunstancia en que fueron asesinados algunos alcaldes en la entidad, lo que crea un sombrío contraste con el aparentemente festivo baile de las armas.

Más que a hacer un retórico juicio sumario a los estudiantes o a sonar las alarmas para silenciar su mensaje, este hecho, con gran carga simbólica, nos lleva a asumir cabalmente que hoy todos los integrantes de la niñez y la adolescencia mexicana, unos 36 millones de personas, comparten en mayor o menor medida la constante sombra de la violencia: es su contexto, su marco, su referencia, su realidad diaria.

No hay receta para atender de manera infalible la condición en la que se encuentra esta tercera parte de la población, pero es un hecho que estamos obligados a realizar un sistemático y asertivo esfuerzo por comprender y modificar su circunstancia, caracterizada por una peculiar y violenta percepción de su país, así como de su vida presente y futura.

Especialista en derechos humanos. @mfarahg

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