Recibo por tercera vez el mismo mensaje en menos de dos semanas: alguien cercano ha muerto de Covid. Repaso en mi mente lo que ha de estar viviendo la persona que me lo envió. La soledad del duelo, los muchos mensajes, los pocos abrazos. Intento llamar, no contestan. Envío un mensaje de texto con un sentimiento de profunda tristeza. Trato de transmitir lo que puedo en unas cuantas sílabas. Y recuerdo que llevamos ya un año de esta maldita pandemia. De estar escuchando ambulancias, de cubrirnos las caras, de no tocarnos con confianza. Un año que parecen diez.

Un año en donde pareciera que nada ha pasado, pero en realidad ha pasado de todo. Donde algunos nos tuvimos que detener y encerrar. Pero donde todo tuvo que seguir. Aprendimos nuevos lenguajes digitales, nos hicimos de herramientas de trabajo impensables hace unos años. The Economist calcula que en ocho semanas la tecnología de consumo y de negocios avanzó lo que se calculaba iba a progresar en cinco años. En donde el mundo se deshizo de viejos dogmas, desterró categorías inútiles. Cuestionamos nuestra forma de vivir, de trabajar, de relacionarnos los unos con los otros. Las oficinas parecen cosas del siglo pasado, pero ahora vivimos más conectados que nunca al trabajo. Si ya de por sí la vida pública y la íntima eran difíciles de separar, hoy se llegan a confundir.

También ha sido un año de personas completamente aisladas. De millones de niños “aprendiendo” por una pantalla. Ambos, adultos y niños, cuidaron su salud física, sí, pero aún desconocemos las secuelas que el confinamiento puede traer a su salud mental. Para los primeros: ansiedad, depresión, suicidios, adicciones; todas al alza. Para los segundos, dos años de escuela perdidos cuya afectación cognitiva es todavía un misterio.

Un año donde muchos –la mayoría, de hecho- simplemente no pudieron encerrarse. Y es ahí donde la tragedia ha calado más hondo y, como siempre, nuestros privilegios nos ciegan a esas realidades. Realidades de familias enteras desaparecidas por la muerte, de decenas de personas que fallecen en sus camas porque no tienen ni cómo llegar a un hospital. Bien lo predijo Judith Butler al inicio de la pandemia, “el virus por sí solo no discrimina, pero los humanos seguramente lo hacemos, modelados como estamos por los poderes entrelazados del nacionalismo, el racismo, la xenofobia y el capitalismo”. Cuánta razón. Así pasó, los datos no mienten. Son los más pobres, los migrantes y las minorías quienes más han padecido del virus y de la muerte.

A todo esto, agreguemos el desempeño de los Gobiernos, de los Estados nación. Garzón Valdés hace un tiempo distinguió entre catástrofe y calamidad. La primera es un hecho de la naturaleza que acaece, que sucede, y cuyas consecuencias son desastrosas para los seres humanos. En esta categoría entran los terremotos, los huracanes y, por supuesto, las pandemias. Las calamidades, por su parte, son hecho también desastrosos, pero que resultan de la acción humana; por ejemplo, los genocidios o las guerras.

La diferencia no es ociosa. Mientras las catástrofes no pueden ser imputadas a nadie, las calamidadessí, y sus autores serían sujetos a un reproche moral y jurídico. Ahora bien, la realidad siempre nos arroja un panorama más complejo. El ejemplo perfecto es esta maldita pandemia en donde se entremezclan tanto catástrofes como calamidades. Lo trágico es que el fresco que hoy vemos a nivel mundial nos muestra más una calamidad que una catástrofe. ¿Cómo explicar que en países con circunstancias sociales y económicas similares, tengamos resultados tan disímiles? Ya no pongamos los típicos casos de Taiwán (9 muertes) y Singapur (20 muertes). Veamos, por ejemplo, Pakistán: con una población de 220 millones de habitantes, presentaba al día de ayer 13, 013 muertos. Brasil, México y Estados Unidos presentan, todos juntos, 965 mil muertos. Así, cada Gobierno ha creado su propia pandemia. Miles de muertes evitables por el actuar de nuestros gobernantes no pueden ser llamadas de otra manera más que calamidades que rayan en lo criminal.

Ahora viene el proceso de vacunación. Ese resplandor que vemos en el horizonte. El problema es que ese horizonte también está marcado por la desigualdad y la incompetencia. Lástima que en México se combinan ambas. Una verdadera calamidad por donde se mire. Todo esto en un año.

@MartinVivanco

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