Decía Alejandro Rossi “si veo a un perro moviendo la cola, infiero su alegría; si me lame la mano, su ternura. Si me encuentro frente a un ataúd, pienso en un muerto… cuando los bomberos se precipitan por las calles, entiendo que se dirigen a un incendio”. Bueno, cuando leo reforma electoral a cargo del oficialismo actual, pienso en el ocaso de la democracia mexicana.

No es casualidad que piense así. El proceso que estamos viendo de reforma electoral es tan sólo el colofón de otros dos: el Plan A y el Plan B. Ambos intentos fallidos. El primero porque no tuvieron los votos necesarios en el Congreso, el segundo porque la Corte lo invalidó. Lo que vemos hoy es el intento de aprobar el Plan C. El común denominador de todos esto planes de reforma ha sido claro: sepultar a la democracia mexicana. No exagero. Después de hacerse ilegalmente de las mayorías calificadas en el Congreso, de destruir la independencia del Poder Judicial, de hacer inatacables las reformas constitucionales, de eliminar los órganos constitucionales autónomos, de acotar los efectos del amparo, lo único que le falta al régimen es enterrar la posibilidad de que la oposición le pueda ganar en las urnas. Esto es lo que quieren y por eso quieren aprobar cuanto antes la reforma electoral.

No hay sorpresa alguna: están siguiendo al dedillo el guion de los gobiernos con tintes populistas. Se hacen del poder mediante procesos democráticos para luego ir desactivando uno a uno los dispositivos que permitan a otras fuerzas llegar al poder. No cancelan las elecciones, porque precisan de algo de oposición y de simular que podría ganar alguien más. El populismo requiere del antagonismo y necesita hacer campaña electoral de forma continua. Por eso dice Nadia Urbinati que no hay populismo sin algo de democracia. Es parasitario de ella, si ésta muere; muere también el populismo. Sin embargo, van creando las condiciones para perpetuarse en el poder y lucir esa pátina de legitimidad que sólo las elecciones otorgan. Es un equilibrio complejo: de sobrepasarse y tornarse en una dictadura, entonces cometerían suicidio político (véase lo que le pasó al chavismo en Venezuela).

En eso andan hoy en MORENA. Todo apunta en la dirección que ya conocemos: reducir plurinominales y espacios de representación, acotar la autonomía del INE (al tiempo que reducen su presupuesto año con año), hacer que coincida la revocación de mandato con las elecciones intermedias, y, sobre todo, reducir el financiamiento público. Todos estos ingredientes harían prácticamente imposible que otra fuerza política ganara en el futuro. La cancha estaría tan amañada que el juego democrático perdería todo sentido.

Vale la pena tener todo esto en mente para cuando circule la propuesta oficial de reforma para no caer en la mentira oficialista: no buscan democratizar, sino todo lo contrario. A las pruebas me remito.

@MartinVivanco

Rossi, Alejandro, Manual del distraído, Fondo de Cultura Económica, 2007, p. 137.

Estas ideas las tomo de la excelente entrevista que le hizo Carlos Bravo Regidor a Nadia Urbinati en su libro Mar de dudas, Grano de Sal, 2025, pp. 49-66.

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