Lo mejor que leí este año

Martín Vivanco Lira

Hay libros que leemos que nos impactan tanto que nos gustaría haberlos escrito. Eso me pasó con El infinito en un junco de Irene Vallejo. Es el libro que a mí me gustaría escribir.

Es un libro sobre los libros, sobre su historia, su origen, su significado. Desmenuza ese objeto de una forma exquisita. Nos invita a verlo como lo que es: una verdadera maravilla, y en no pocas veces, un verdadero milagro. ¿Acaso nos hemos preguntado sobre todas las inundaciones, los incendios, las guerras y accidentes que han tenido que sobrevivir un cúmulo de signos plasmados en algún lado —junco de papiro, pergamino, tablillas, piedra o el propio cerebro humano— para que podamos hoy entrar a una biblioteca y leer la Odisea de Homero o la Ética de Aristóteles? ¿Nos damos cuenta de esa maravilla? Yo no había reparado en esto hasta leer a Vallejo. Ella narra cómo el libro ha superado la prueba del tiempo, “ha demostrado ser un corredor de fondo”.

El libro no es sólo libro. Es una herramienta para preservar “nuestras creaciones valiosas”, esas palabras, apenas “soplos de aire” que sedimentan las ficciones que nos inventamos para dotar de sentido al caos que nos rodea, llegan a nosotros gracias los libros. El libro también es arma. Si alcanzamos a conocer algo sobre este mundo es porque podemos echar mano de conocimiento pasado, meternos en la cabeza de seres extraordinarias, acaso sólo para darnos cuenta de que las preguntas más importantes sobre nosotros, el mundo, la vida —es decir, sobre todo— ya han sido pensadas por alguien más.

El de Vallejo no es un libro común. No sigue un orden cronológico, sino que su contenido son más bien estampas de todo tipo. Desde la historia de Alejandro Magno y la fundación de Alejandría donde se albergó la primera gran biblioteca —cuya construcción, según la autora, respondió a una ambición desmedida por parte del macedonio, ya que para él “reunir todos los libros existentes era otra forma [...] de poseer el mundo”— hasta relatos autobiográficos que conmueven al lector por su sinceridad (en una parte narra cómo ella fue víctima de bullying y la huella que dejó en su trazo vital).

La obra es algo más. Es la historia de una época, de esa primera globalización que fue el helenismo, de cómo fue ganando terreno hasta moldear la forma en que hoy nos concebimos como seres humanos. Por eso dice Manuel Atienza: todos somos griegos. En esa época en Babilonia leían a Homero, y las niñas y los niños de lo que hoy conocemos como Pakistán, Afganistán e Irán cantaban las tragedias de Sófocles y Eurípides.

Es también un recuento de la importancia del lenguaje, del papel que tiene la memoria en la constitución de lo que nos vuelve humanos. De esa necesidad que tenemos todos de trascender al instante que son nuestras vidas. Al principio fue el verbo, la oralidad, y después del alfabeto nada fue igual. El alfabeto permitió la escritura y con ella se transformó la “memoria, el acto creador, la manera de organizar el pensamiento, nuestra relación con la autoridad, con el saber y con el pasado”. Es decir, plasmar las ideas revolucionó todo lo que somos.

La obra de Vallejo destila un profundo amor por los libros, por el lenguaje, por las palabras “aladas”, pero, sobre todo, por la libertad. Cuando habla del tránsito de la lectura en voz alta a la que se da en silencio (la actual), describe este cambio como un momento de libertad. Nos dice Vallejo: salvo excepciones, los lectores antiguos no tenían la libertad de la que tú disfrutas para leer a tu gusto las ideas o las fantasías escritas en los textos para pararte a pensar o a soñar despierto cuando quieras, para elegir u ocultar lo que elijas, para interrumpir o abandonar, para crear tus propios universos. Esta libertad individual, la tuya, es una conquista del pensamiento independiente frente al pensamiento tutelado y se ha logrado paso a paso a lo largo del tiempo.

Y sí: leer libera. Además, cada libro es un mundo, pero también testigo de los tiempos adonde no llega el recuerdo vivo.

Por lo anterior, les deseo que en estas fechas y el próximo año lean, lean y lean más.

Felices fiestas y próspero año nuevo.

 

@MartinVivanco
Analista político
P.D.: esta columna regresa el jueves 6 de enero.

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