No quiero hablar aquí del universo cinematográfico de Sorrentino porque no soy experto, sólo fanático. Quiero hablar, sí, de su último filme: La Grazia.
De Santis es el presidente (magistralmente interpretado por Toni Servillo) de Italia. Le faltan sólo seis meses para concluir su cargo y en lo que le resta del periodo tiene que tomar tres decisiones fundamentales: firmar una ley que permite la eutanasia, y dos indultos. Uno, a una mujer que asesinó a su marido después de años de abusos; otro, a un hombre que asesinó a su mujer presa de una enfermedad terminal. Estas tres decisiones marcarán sus últimos días en el poder.
La genialidad de Sorrentino es que nos muestra, tal y como él mismo lo ha dicho: “la historia de un político tal y como me gustaría que fueran los políticos”. (1) En una época en donde sobran los políticos frívolos y superficiales, más interesados en likes y views que en gobernar; Sorrentino se corre al otro extremo y retrata lo contrario: a un político preparado (De Santis es uno de los juristas más reconocidos en Italia), inmerso en un proceso de profunda reflexión personal y política. Dejar el poder, la pérdida de éste, el desvanecimiento del mismo por el paso del tiempo, es un proceso poco explorado, incómodo para quien lo ostenta. Dejar de ser necesario, obedecido, percibido para, al final, darse cuenta que lo que se pierde no es el poder mismo, sino la conciencia de haberlo perdido. Como alguna vez le leí a Otto Granados: los teléfonos dejan de sonar, la agenda se vacía, los aduladores y pasquines se reacomodan, y uno se tiene que enfrentar a la realidad tal cual es y ponerse a hacer algo productivo.
En la película, este proceso se acompaña del proceso sucesorio. Cada día que pasa el reloj le recuerda a De Santis que tiene que decidir. Decidir si firmar o no la ley y los indultos, y si apoya o no a su mejor amigo —el ministro de Justicia— para sucederlo. Vemos a un presidente realmente angustiado, tremendamente reflexivo, a veces hasta llevar al espectador a la exasperación. Consulta con una persona, con otra, discute con su hija (su asesora jurídica de cabecera) y, luego, claro, con el Papa (no olvidemos que estamos en Italia). Un Papa negro, extravagante, carismático, que le dice: ¿sabes qué te falta? La grazia. No le dice más. Es decir, vemos a un jurisconsulto, tremendamente católico, con el poder de cambiar miles de vidas y otras dos en particular, en eso que John Rawls calificó como “equilibrio reflexivo”. Ese ir y venir entre las convicciones personales más hondas y los principios generales para resolver un problema moral. El punto es que se retroalimenten y se modifiquen en consecuencia: algunas veces las convicciones tendrán que cambiar, otras los principios deberán adaptarse. Hay una escena que retrata bien esto. De Santis le dice a su hija sobre la eutanasia: si la prohíbo, soy un torturador; si la permito, un asesino. Ese dilema se resuelve a través de la respuesta que atraviesa la película: ¿de quién son nuestros días? Si son de Dios —como creía firmemente De Santis— no puede permitir la eutanasia; si son nuestros, no sólo debería permitirse, sino que acaso sería el más importante reducto de dignidad humana y la decisión de morir debe ser respetada sin miramientos.
Respecto a los indultos actúa de forma similar. No le basta con estudiar los expedientes de los casos. Va a visitar a las dos personas que desean ser indultados. Antes, se informa de ellos, los investiga, y, finalmente, tiene que verlos a los ojos para ver si merecen ser liberados, a pesar de que cometieron sendos homicidios. Aquí vemos al jurista enfrentando el problema epistémico más importante en el derecho, quizá más en el ámbito penal, que es el de cómo dar una respuesta correcta a un caso complejo, en donde tenemos las pruebas de que alguien hizo algo penado por la ley, pero alega que lo hizo por una razón que merecería tomarse en cuenta a efecto de ser indultado. La pregunta, claro está, es ¿cuál y cómo se puede conocer la verdad? Los solicitantes de los indultos dicen que hicieron lo que hicieron por algo, ¿les debe creer De Santis?, ¿será esa la verdad? El presidente los debe ver y platicar con ellos para averiguarlo y luego pensar y volver a pensar.
Al final es una película, como bien dice Nicolás Alvarado, sobre “entregarse a ese menos cinematográfico y más relevantes de los actos humanos: pensar.”(2) Y también sobre esa sublime belleza de reconocer el valor de cultivar la gracia, no como perdón o como don, sino como ligereza. Como esa ausencia de gravedad que busca De Santis contemplando a un astronauta en el espacio y que nos libera de lo mecánico, del determinismo que el peso de la realidad impone. No por nada decía Simone Weil, “todos los movimientos naturales del alma están regidos por las leyes análogas de la gravedad física. La única excepción es la gracia.” Es en la gracia como ligereza donde la duda no es defecto, sino un acto de portentosa belleza porque nos muestra profundamente humanos y verdaderamente sabios.
Cuenta de X: @MartinVivanco
(2) Alvarado, Nicolas, https://heraldodemexico.com.mx/opinion/2026/3/25/la-grazia-que-nos-falta-785048.html

