La carta a Biden

Martín Vivanco Lira

Es tradición que en EE.UU el presidente saliente deje una carta a quien lo reemplaza. No creo que ayer haya sucedido. Pero imaginemos que esa carta se hubiera escrito. ¿Qué podría recomendarle una mujer u hombre de Estado a Biden en estos momentos?

Me gustaría que le dijera que lo que sintió durante todo el día de ayer -en esas primeras horas de su mandato- ese dolor en el estómago que muchos estadistas describen, tiene un nombre: se llama responsabilidad. Que toda la parafernalia que vio, toda la ceremonia, todas las formalidades, todos los detalles de ayer estuvieron pensados para que él se sintiera tan pequeño como una persona puede sentirse y vislumbrara lo que representa como institución. También. que le dijera que todo aquello tuvo otro propósito: transmutarlo en algo más que un hombre, en un símbolo. Un símbolo –como ya se vio- capaz de arrastrar a miles de personas a una sublevación interna o una guerra.

Que ese sentimiento de victoria que sintió, de éxito; pronto se diluirá, y empezará a dominar uno de preocupación por estar a la altura de lo que la gente espera de él. Asimismo, me gustaría que le recordara que una de las improntas del poder es la soledad: estará sólo, muy sólo, porque las decisiones más difíciles –inimaginables para el resto de los mortales- las tendrá que tomar consigo mismo y nadie más. Que le recuerde que toda acción de su parte modificará la realidad para miles de personas. Es decir, cada dicho, gesto, tuit, discurso, o decreto presidencial cambiará el futuro de propios y extraños. Y que a pesar de haber vivido muchos años bajo la luz pública, nada –nada- lo ha preparado para lo que se avecina (ni siquiera haber sido Vicepresidente). A nadie lo preparan para mandar en tal magnitud y eso -si no lo aquilata- puede carcomerlo por dentro. Me gustaría que le dijera también que el poder es como una lupa: enaltece las virtudes y los vicios por igual; por eso habrá de fomentar más las primeras y controlar los últimos.

Sería bueno recordarle que si tenía muy poca vida privada, ayer esa desapareció. Todo lo que hagan él, su familia y allegados, compondrá el espejo donde un país –y gran parte del mundo occidental- se mirará a sí mismo. Ellos serán un parámetro de lo bueno y malo, de lo justo o injusto, de lo propio o impropio. Que en su figura convergen 200 años de historia de la democracia más consolidada del mundo. Y que, claro, asume el poder en medio de una de las peores crisis no sólo económicas, de salud y sociales de ese país; sino en medio de una verdadera crisis moral y política que interpela la idea misma de Estados Unidos.

Me gustaría que esa mujer u hombre estadista le señalara que el reto que tiene no es sólo “sanar” y “unir” a ese país, sino dignificar sus diferencias. Que deje atrás el discurso en donde unos están en “el lado correcto de la historia” y otros no lo están, porque eso implica que hay quienes “sí entienden” de política y quienes no tienen esa capacidad. Y al decir esto, divide socialmente más. No debería caer en el lugar común de que el gran problema de la política moderna es que hay quienes viven en una realidad distinta, “alternativa”, gracias a las noticias falsas y los algoritmos de las redes sociales. Debe recordar lo básico: en todo debate político los hechos mismos están en disputa. No es cierto que el debate político comience cuando los hechos están ya definidos, sino que la definición de los hechos relevantes requieren de argumentos propiamente políticos y morales. Este es precisamente uno de los retos: hablar no sólo el lenguaje de la política pública, meramente tecnocrático, sino retomar el lenguaje moral y político para responder a las inquietudes de esos 74 millones de estadounidenses que no votaron por él.

Me gustaría que le transmitieran algo importantísimo: debe hacer algo pronto para que le gente recuerde por qué la política importa y por qué también importa quién lidere un país. Como dice Ezra Klein: debe ayudar a la gente rápido, muy rápido. El nuevo plan de vacunación y el paquete de estímulos económicos para ayudar a mitigar los estragos de la pandemia son pasos en la dirección correcta. Debe asegurarse de que estos sean eficaces y lleguen a las personas en tiempo récord.

Ojalá le dijera que no podrá hacer todo lo que quiere, ya sea por tiempo u otros obstáculos, y que tendrá que aprender a vivir con esa frustración sin amargarse ni desesperarse. Sobre todo, que le recuerde que nunca deje de escuchar a los demás. Un político que pierde esa capacidad, pierde el sentido de realidad, es decir: pierde todo. Obama, antes de irse a dormir leía y respondía decenas de cartas de personas que le expresaban sus preocupaciones más cotidianas y eso mantenía sus pies en la tierra. Algo así debe hacer Biden.

Ojalá alguien le pueda decir todo esto y más. Muchos en el mundo tenemos la expectativa de que la decencia y la concordia regresen a la vida pública y Biden es fundamental para esto.
 

@MartinVivanco
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