El gobierno simplista

Martín Vivanco Lira

El régimen actual ha sido calificado de muchas maneras. Derivado de la lectura del último libro de Anne Applebaum,1 quisiera agregar un calificativo más que permite entender mucho de lo que hemos visto en las últimas semanas. Este es, también, un gobierno simplista.

Applebaum se pregunta de dónde surge esa necesidad de la mayoría de la gente de creer casi todo lo que dice un líder fuerte. Normalmente se dice que quienes se adhieren a una posición dogmáticamente, de forma acrítica, son aquellos de “mente cerrada”. Serían personas con poca educación, a quienes el líder carismático sedujo. Aquellos que tienen una sola visión del mundo y se niegan a cambiar de opinión, aún y cuando los hechos, la realidad, contradigan lo que piensan. No es así.

La anterior, además de ser una posición elitista, no es una que se corresponda con la conducta de mayoría de la genta -es más, ni con el de esa “elite” que se siente tocada por dios. Lo que realmente detona el abrazo ciego al discurso y las acciones del líder fuerte es la búsqueda de la simpleza. No lo dice en forma despectiva y no lo asocia a un grupo social en particular. Todos, en mayor o menor medida, preferimos lo simple a lo complejo. Uno se monta en un avión sin haber estudiado cómo es que ese avión vuela. Preferimos confiar en quien lo construyó y en las habilidades del piloto. De lo contrario, la vida misma sería un calvario: las preocupaciones se multiplicarían al por mayor en casi todos los aspectos de nuestra existencia.

El problema no es esa predisposición a lo simple, sino que nuestras sociedades se han vuelto tan complejas, y por lo tanto también la manera de gobernarlas, que quien logre simplificar lo que pasa en la esfera pública tiene una ventaja enorme. En los últimos veinte años se han dado fenómenos que han tornado la cuestión social en una de enorme complejidad. Las migraciones masivas con sus inminentes choques culturales; el avance estrepitoso en materia tecnológica que así como nos asombra también abona a la ignorancia de nuestro entorno (¿cuántos de ustedes saben bien a bien cómo funciona su iphone?); la rapidez de las relaciones globales que despojan de soberanía a los estados nacionales, y un gran etcétera.

Simplificar todo esto es la gran virtud de López Obrador y de donde surgen sus mayores errores. En las mañaneras vemos al pedagogo de lo simplista. Los asuntos más complejos son resueltos en unos minutos mediante unas cuantas frases. Si se prometió vender un avión, pero no hay compradores, pues se rifa. Si no se puede rifar porque la normatividad es compleja, entonces se dice que se rifa, aunque no se rife. Así de sencillo.

Si se prometió una consulta para procesar penalmente a los expresidentes, pues se redacta la petición y se envía a la Corte. No importa que la petición sea un evidente “concierto de inconstitucionalidades”, eso es lo de menos. Si se tiene que pronunciar un discurso ante la Asamblea General de la ONU, qué caso tiene prepararlo, redactarlo, pulirlo y dar un mensaje sobre la actual crisis internacional; mejor se improvisa una clase de historia patria. Si se requiere dinero para financiar al gobierno, para qué molestarse en hacer ajustes complejos en el paquete económico, mejor se extinguen 109 fideicomisos. Y si se pregunta que por qué esos fideicomisos y no otros se contesta de manera muy sencilla: porque todo su manejo es opaco y corrupto; si no es cierto, no importa.

Digo que esta habilidad es una de las virtudes del Presidente. La mayoría de nosotros no queremos saber cómo se construye una casa, sólo queremos vivir cómodamente en ella. Esto lo entendió muy bien el inquilino de Palacio tras recorrer el país de punta a punta. Y sospecho que esa simpleza es uno de los pilares que sostienen su actual popularidad.

El problema es que la simpleza en el discurso no exime de la responsabilidad más básica de cualquier gobernante: el de hacer las cosas bien. Una cosa es comunicar de forma eficiente y simple, otra es comunicar falsedades. Una cosa es materializar un resultado de forma rápida, otra es no pensar en las consecuencias que tiene –a corto, mediano y largo plazo- esa forma de actuar.

Me temo que, en su afán de simplificar la forma de gobernar, el Presidente olvida la responsabilidad que derivará de no calcular las consecuencias de sus acciones. Ya estamos viendo estas consecuencias: una burocracia en los huesos, un presupuesto que se quedará corto para paliar la crisis actual, y un desprecio a las normas constitucionales más básicas que tienen a la mayoría de sus políticas públicas en litigio en los tribunales.

Estamos llegando al momento en donde la simpleza, en vez de virtud, será una grave irresponsabilidad.


@MartinVivanco
1 Applebaum, Anne, Twilight of Democracy. The Seductive Lure of Authoritarianism, Double Day, New York
TEMAS RELACIONADOS
Guardando favorito...

Comentarios